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En 2006, cuando Fundación ONCE organizó en Madrid su primera Bienal, la idea era reconocer a artistas con discapacidad y abrirles una puerta al mercado del arte. Veinte años más tarde, la décima edición ya no se presenta como una bienal de artistas con discapacidad. Porque es mucho más.

Hasta el 11 de octubre, CentroCentro reúne en Madrid, bajo el título El encanto de la ilusión: un puente entre realidad y percepción, el trabajo de más de 30 artistas, con y sin discapacidad, y evita señalar quién es quién.

“La misión de la Fundación ONCE es involucrar a personas con discapacidad en el mercado laboral. Muchos creen que solo pueden hacer determinados trabajos y, aunque principalmente se fomentan las artes plásticas también hay artes escénicas, cine o, en otras ediciones, bailaoras de flamenco sordas. No es una bienal en la que solo participan artistas con discapacidad, sería poco inclusivo”, sostiene Antonella Montinaro, comisaria de la exposición vinculada a la bienal desde su cuarta edición.

La propia Fundación ONCE es un archivo vivo de estas dos décadas: a raíz de la Bienal cuenta con su propia colección de arte contemporáneo, que ha recorrido más de 60 centros culturales de toda España. “Al principio se creía que eran dibujos de talleres ocupacionales, pero hay obras de artistas como el fotógrafo Rafael Sanz Lobato”, recuerda Montinaro.

En las primeras ediciones “había mucha discriminación, y la sigue habiendo, pero cada vez menos. Es una labor de sensibilizar a programadores culturales, a directores de museos, y de entender que tienen que incluir las buenas prácticas de accesibilidad dentro de la programación habitual”.

La comisaria Antonella Montinaro explica la pieza de Itziar Martín durante la visita inaugural. Fundación ONCE

También ha cambiado la forma de entender el arte y su relación con la accesibilidad. Hace tres décadas, recuerda la comisaria, “buscaba sorprender con temáticas más violentas. Hoy, sin embargo, la reflexión se ha desplazado hacia la ecología, la sostenibilidad, el pensamiento crítico y la accesibilidad”.

Ese desplazamiento se observa también en la sala. Las cartelas de la exposición están impresas en braille y colocadas a una altura adecuada para personas en silla de ruedas o de talla baja, y una aplicación ofrece la información de las obras en distintos formatos. “No se trata únicamente de poner rampas, también es el contenido”, reconoce Montinaro.

De ahí las audiodescripciones, que no son una audioguía sino que describen lo que se ve a quien no puede verlo. En todo ello, el avance y desarrollo de la tecnología ha tenido un gran impacto porque, como recuerda Montinaro, una página entera en braille puede alojar una sola frase, lo que conlleva un alto coste de impresión.

A partir de la ilusión

Bajo el título El encanto de la ilusión: un puente entre realidad y percepción, la exposición gira en torno a la palabra ilusión entendida como una herramienta crítica, sensorial y poética que abre espacios de posibilidad.

“Es un tema más alegre que en otras ediciones, que han sido más neutros como el paisaje, la palabra, la enfermedad mental o la mujer. La ilusión tiene muchos matices, se puede entender como un engaño de la percepción, como subjetividad o como la percepción, que en algunos casos tiene el filtro de la discapacidad o el filtro del artista. También puede ser entendida como esperanza hacia la vida”, explica.

Esa palabra ocupa el centro de la sala: Ilusión, una pieza de BoaMistura realizada de forma participativa con trabajadores de Fundación ONCE. El colectivo, que interviene en lugares desfavorecidos de todo el mundo junto a sus habitantes, ideó la estructura, pero la ejecutó junto al personal de la organización. “El futuro del arte es cada vez más participativo”, asegura Montinaro.

Antonella Montinaro frente a la pieza de Costa Badia. Fundación ONCE

La selección de artistas tuvo un reto añadido: la dirección de CentroCentro pidió artistas vivos y del tejido artístico madrileño, a diferencia de otras ediciones que reunieron obras procedentes de colecciones intercontinentales. Finalmente, la selección se amplió al contexto español y, así, junto a nombres como Daniel Canogar, Cristina García Rodero, Joan Fontcuberta, Carlos Garaicoa, Marina Vargas e Isidro López Aparicio, figuran creadores vinculados a Debajo del Sombrero y Tu Casa del Arte, artistas que repiten y otros que debutan. El objetivo es “promocionar artistas y para ello es importante que repitan con obras vinculadas a la temática y a la Fundación”.

El resultado busca abrir diálogos sobre memoria, verdad y representación. Sus propuestas, desde los universos gráficos de Jaime Martínez Alonso hasta las metamorfosis de José Manuel Egea o la sensibilidad textil de Marina Solana, “muestran cómo la ilusión permite habitar la realidad, ordenar la experiencia y construir mundos propios desde la diversidad estética y funcional”, apunta la comisaria.

Algunas de las piezas que conforman la exposición ya existían y otras se han producido expresamente. Es el caso de Costa Badia, cuya instalación está compuesta por más de 70 piezas de zapatos, o Miriam Garlo, ganadora del Goya a mejor actriz revelación por Sorda, que ha creado para esta edición una serie de cuatro cajas de luz. Producir es, precisamente, una de las grandes barreras de todos los artistas y la Fundación ha hecho un trabajo de producción, enmarcado y profesionalización.

Sobre el mercado, Montinaro cita a Marina Vargas como “ejemplo perfecto” de un artista con un discurso claro y obra reconocible, y subraya el papel de galerías implicadas en la discapacidad, como Ponce+Robles. También hay museos como el CA2M o el IVAM, que cede una pieza de Daniel Canogar. La Bienal, dice Montinaro, se ha consolidado y artistas como David Escalona, presente en la primera edición y en esta, son prueba de que “todo suma”.

Fuera de las salas, el departamento de mediación organiza talleres y visitas guiadas abiertas a todos los públicos. El objetivo es que participen cuantas más personas con discapacidad sea posible y lo hagan con el resto del público.

Todo ello encaja con el lema de la muestra, Romper el marco, que tiene algo de visual, el del cuadro, pero sobre todo, “los límites que nosotros mismos o la sociedad nos quiere hacer creer que tenemos”.