Image: Francesco Bonami

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Arte

Francesco Bonami

“La historia de la Bienal ha excluido a grandes pintores”

12 junio, 2003 02:00

Francesco Bonami. Foto: Santi Cogolludo

Aunque la inauguración oficial es el 14 de junio, los periodistas ya pueden perderse desde hoy por los Jardines de la Bienal de Venecia. Francesco Bonami se ha propuesto, desde la dirección, acercar al público una bienal que cumple 50 años y que reúne a más de 30 países. España, en su pabellón oficial, está representada por el polémico Santiago Sierra, cuya figura analiza José Jiménez en estas páginas.

Su llegada a la Bienal ya es todo un reto: Francesco Bonami aterriza en la ciudad de los canales cuando la Bienal de Venecia celebra su 50 aniversario. Ha cambiado, además, la concepción de gran exposición universal rodeándose de un equipo de doce comisarios que han pensado la gran muestra a modo de pequeñas exposiciones, como si fuera un archipiélago donde cada una de ellas es una isla. Y por si fuera poco su atrevimiento, llega sustituyendo a uno de los popes del arte contemporáneo: Harald Szeemann.

-Harald Szeemann ha dejado una fuerte huella en Venecia, ¿qué ha mantenido de su antecesor?
-Szeemann ha cambiado la Bienal. Ha realizado una auténtica modernización creando un organismo verdaderamente vivo. él la comparó con una anciana señora que se ha hecho un lifting. Yo la concibo en su fase adolescente, con energías renovadas; no en fase de rejuvenecimiento sino de crecimiento.

Otra visión del mundo
-Usted ya trabajó con Bonito Oliva en la edición de 1993, ¿qué hay de diferente en la Bienal de hoy?
-Indudablemente, la Bienal ha crecido como institución. Su condición está en continua transformación. Desde la edición de Bonito Oliva de 1993, han pasado 10 años y es evidente que ha habido cambios. Lo que ha evolucionado realmente es la visión del mundo: el territorio en el que buscamos el arte es cada vez más amplio. Por lo tanto, he concebido una exposición única, pero que refleja toda la fragmentación y la contradicción de hoy.

-Han sido 50 años de compromiso con el arte actual, ¿cuáles son ahora los retos?
-El desafío de hoy es crear una gran exposición que sea tanto una visión del mundo como la visión particular del individuo, que refleje tanto la individualidad como el continuo ensanche de los confines virtuales de nuestras relaciones.

-Esta edición se titula Sueños y conflictos. La dictadura del espectador. ¿Cómo se ha propuesto recuperar el papel activo del público?
-El fenómeno de las grandes exposiciones ha transformado la experiencia individual en una experiencia de masas y grandes números, una experiencia que ya no considera al individuo en relación con el artista. Me gustaría devolver al espectador la posibilidad de hallar su propio tiempo y su propia imaginación. Que volviera a ser dictador, no de la exposición, sino de su tiempo.

-El año pasado la Documenta fue tachada de política o comprometida socialmente, el público entonces se queja de que eso tampoco es arte, de que es política... ¿Dónde está el límite?
-La Documenta 11 ha sido fundamental, una exposición que ha definido una época, la última gran exposición del siglo XX, una exposición documento, una exposición mensaje en la que los confines entre el mundo metafórico del arte y la realidad no existían. El espectador no era capaz de encontrar el umbral que le separa del mundo del que viene. Creo que hay que implicar al espectador, que debe encontrar una realidad a través de las metáforas y no de los documentos. Creo que esto es muy importante, tiene que implicarse intelectualmente, visualmente, a través las ideas y de la imaginación de los artistas. Lo importante es crear estos umbrales por los que nosotros entramos en el mundo del arte. El arte no puede ser el mundo. Yo he intentado crear distintos umbrales; el espectador tiene que ser consciente de que está en una exposición de arte.

Un patrimonio de 108 años
-En cambio, con bienales como la de Valencia (que se celebra simultáneamente), por ejemplo, otros opinan que el arte se ha convertido en mero espectáculo y que no aporta nada. ¿Cómo ve usted el planteamiento de Luigi Settembrini?
-Settembrini no se ocupa del arte, es un gran hombre de marketing. La Bienal de Valencia es un hallazgo del marketing, de la imagen y el entretenimiento, que no tiene nada que ver con una gran exposición de contenido que reflexiona sobre la situación del mundo y la función del arte dentro de este mundo. Soy muy crítico respecto a estos monstruos que emplean grandes medios económicos sin construir una visión. La gran diferencia es que la Bienal de Venecia de 1895 no sólo hizo grandes exposiciones, sino que construyó un patrimonio que ha durado 108 años y que ha presentado siempre grandes contenidos. Creo que es fundamental entender esto. No es sólo un parque de atracciones que se presenta cada dos años y luego desaparece. Intentamos que haya un hilo conductor, una continuidad. La gran equivocación es llamar a personas que no están ligadas al mundo del arte y crean manifestaciones que no son ni de arte ni de entretenimiento, acontecimientos en los que se dispersan muchos fondos y que, sin embargo, no construyen una identidad en la ciudad en la que se celebran.

-Una de las exposiciones de esta edición se dedica a repasar la pintura y los artistas que mejor la representan desde la Bienal de 1964 (con Robert Rauschenberg) hasta hoy, ¿se trata de reivindicar la pintura o más bien de analizar un soporte para muchos acabado?
-Mi análisis sobre la pintura surge del hecho de querer celebrar los 50 años de la Bienal. Es una exposición que parte de un período en que el arte en general y el arte europeo en concreto entran en crisis en 1964, cuando Rauschenberg gana el premio de pintura. Es una exposición sobre la pintura como ausencia y presencia en el interior de la Bienal. Se ha excluido de la Bienal a grandes pintores. La pintura en Italia es algo totalmente anacrónico. Mientras en Europa se realizaba una búsqueda más dura y conceptual, en Italia nos hemos quedado atrapados, por una parte, en un formalismo abstracto como el de Castellani y, por otra, en un neorrealismo pasado de moda como el de Guttuso.

-¿Puede valorar la presencia de España en estos años? ¿Cómo ve el panorama del arte español?
-El panorama del arte español presenta los mismos problemas que el arte italiano: librarse del pasado y del formalismo que lo aprisionan. Sin duda, hay artistas españoles importantes en este momento. Vivimos un momento de transformación para el arte de los países del Mediterráneo como zona cultural que sufre cambios constantes. Es un momento de transición difícil de valorar.

Una nueva energía italiana
-El arte joven italiano también está presente en Venecia: ¿cómo ve el futuro del arte en Italia?
-Es muy interesante. Existe una nueva energía, una energía oficial que está contribuyendo a hacer de Italia uno de los países más interesantes desde el punto de vista de los proyectos y del espacio ligado al arte contemporáneo.

-Y, por último, desde su posición de curator en el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago, ¿que diferencias encuentra con Europa?
-Mi experiencia en Chicago ha hecho que entienda qué quiere decir estar en contacto con un espectador. A pesar de que en Estados Unidos los museos son privados, es fundamental proporcionar un óptimo servicio a la comunidad y creo que ésta es la diferencia con los museos europeos, estructuras culturales a veces más elitistas que los estadounidenses, cajas fuertes que contienen grandes tesoros del pasado. Los museos estadounidenses, por el contrario, viven el presente, no sólo conservan la cultura del pasado, sino que sienten la exigencia de promocionarla. ésta es la diferencia básica.


Francesco Bonami
Francesco Bonami nació en Florencia en 1955 y vive, desde 1987, en Estados Unidos. En la actualidad es comisario del Museo de Arte Contemporáneo de Chicago, miembro del comité del proximo Carnegie Internacional de 2004 y miembro permanente del comité de Manifesta. Antes de dirigir esta 50 Bienal de Venecia, ya había participado como comisario del Aperto en el 93 y formó parte del comité científico de la Trienal de Yokohama en 2001.