Paul Sharits: Filmstrip collage, 1972

CaixaForum. Avenida Francesc Ferrer i Guàrdia, 6-8. Barcelona. Hasta el 26 de marzo de 2017

Cine y arte: una cuestión que inspira una especial curiosidad intelectual y a la que, a pesar de la cuantiosa bibliografía y las importantes contribuciones, no se ha dado respuesta satisfactoria. Existe la conciencia generalizada de que entre cine y artes plásticas hay una suerte de diálogo -a veces en sintonía, otras en chirriante fricción-, pero la mayoría de los análisis se limitan a constatar citas o préstamos entre uno y otro medio. No abundan las aproximaciones -acaso la de Jacques Aumont sea una de las más audaces- que exploren la estructura profunda de las relaciones entre pintura y cine. Y esto es así porque reflexionar sobre ello significa indagar en la misma naturaleza de la imagen y en la base de nuestra cultura, lo que desborda cualquier intento.



La presente exposición, que lleva por título Arte y cine: 120 años de intercambios, se articula cronológicamente desde los hermanos Lumière hasta nuestros días. Se trata de un itinerario que busca los paralelismos entre el cine y artes plásticas en la línea que antes aludíamos. Así, para poner un ejemplo diáfano, las vistas de los Lumière de Las rocas de la Virgen (1896) de Biarritz se comparan con la pintura de Monet Las rocas de Belle-Îlle, la costa salvaje (1886). Ambas representan el mismo motivo: el batir de las olas contra la costa. El mensaje es claro: la preocupación impresionista por la captación del instante y el movimiento se asocia a los orígenes del cine y el registro del tiempo. Para el comisario Dominique Païne -ex director de la Cinémathèque Française- hay una idea fundamental que ilumina la exposición: las inquietudes que están en la base de las artes plásticas y del cine son las mismas, puesto que responden a un mismo entorno cultural, a una misma sociedad, aunque se desarrollen con procedimientos diferentes y en contextos dispares. Un criterio que puede ser discutible, pero que articula y justifica los paralelismos entre ambos ámbitos en el itinerario de la exposición. Hay que señalar, no obstante, que, a partir de los años 40 y 50, el relato de la exposición no resulta tan transparente: el mundo se ha hecho más complejo y los referentes más ambiguos.



Alain Fleischer: Autant en emporte le vente, 1979. A la derecha, Etienne-Jules Marey: Photographies de courants de fumée pour étude des mouvements de l'air, 1899-1902

Para bien y para mal, el comisario incorpora aspectos personales o subjetivos en este juego de asociaciones que acaso puedan pasar desapercibidos si no se poseen las claves. Y otro aspecto a tener en cuenta: esta es una exposición con multitud de materiales diversos, densa y dilatada, en el que las imágenes fluyen hipnóticamente solapándose unas con otras. Se trata, sin duda, de una exposición collage. Y el collage es también el procedimiento que utiliza Godard en Histoire(s) du cinéma, una suerte de Atlas Mnemosyne a lo Warburg, una historia del siglo XX a partir de textos e imágenes de la historia del arte y del cine, proyecto imposible y tremendamente melancólico, pero también una de las obras más sugerentes del siglo XX.



Como era de esperar, la exposición Arte y cine: 120 años de intercambios, y tal desmesurado proyecto, no alcanza a cumplir con las expectativas que sugiere el título. Realizada fundamentalmente a partir de los fondos de la Cinémathèque Française, no representa todo el cine y todo el arte, sino una manera de entenderlos: como una expresión de alta cultura y además con un cierto aire chauvinista. Significativamente, el cine de Hollywood está simplemente ignorado. Ni siquiera el comisario ha tenido en cuenta hablar de baja cultura que, seguramente, hubiera introducido nuevas perspectivas.



La exposición se inicia con unos dioramas que muestran vistas de ciudades iluminadas en el tránsito del día a la noche. Son los primeros pasos del cine: la introducción del tiempo en la imagen. Y se cierra con una pieza, Condensación (2013-14), del artista plástico Tadzio que consiste en un ataúd sobre el que se proyectan películas que, sometidas a un proceso de compresión, dan lugar a una pantalla blanca. Una melancólica reflexión sobre el tiempo, la muerte y el cine en la era del postcine y de la cultura del simulacro.