Sebastián Piñera, presidente electo de Chile.

Sebastián Piñera, presidente electo de Chile. Rodrigo Garrido Reuters

Elecciones en Chile

Piñera, la apuesta de los chilenos por el crecimiento económico

Hace 15 días, Sebastián Piñera Echenique (Santiago de Chile, 1949) me invitó a subir unos minutos a la camioneta que lo trasladaba en sus actos de campaña.

-¿Cómo es posible que en agosto, cuando llegué a Chile, el gobierno socialista tuviera su popularidad en el suelo, usted apareciera como el claro favorito para ganar la presidencia y ahora parezca que el legado de Michelle Bachelet le va a permitir a su rival ganar la elección?- pregunté.

-Lo ignoro. Pero así son las cosas- me contestó encogiéndose de hombros y mostrándose tan atónito como sus seguidores cuando conocieron los resultados electorales de la primera vuelta presidencial, el pasado 19 de noviembre. Entonces Piñera, a quien las encuestas le asignaban entre el 46% y el 48% de los votos, apenas alcanzó el 36,6%. Fue un jarro de agua fría para el ex presidente que competía con otros siete candidatos, de los cuales sólo uno -José Antonio Kast- era de su sector político y le quitó en torno al 8% de los votos.

La pobre performance de la primera vuelta dejó en estado de shock al comando de Piñera que acariciaba la idea de que lograra el 50% de los votos y zanjara la elección en primera vuelta. Pero el empresario es un tipo muy perseverante. “Así son las cosas”, no es una frase que en su caso signifique resignación, sino que la usa para constatar la realidad y tomar impulso para tratar de cambiarla.

Con ancestros asturianos y vascos, es famosa su tozudez (otros la llaman inspiración) que le llevó a insistir en la búsqueda de los 33 mineros que quedaron atrapados por un derrumbe en la mina San José en agosto de 2010. Insistió en buscarlos, los encontró y los arrancó con vida de las entrañas de la Tierra con una proeza de la ingeniería de minas.

Segunda victoria en 53 años

Piñera logró el domingo conquistar en las urnas por segunda vez en 53 años la Presidencia de Chile para la derecha. Para ello ha contado con la invaluable cooperación de la socialista Michelle Bachelet, cuyo segundo gobierno emprendió reformas maximalistas que sembraron la desconfianza en la economía chilena. En 2016, la inversión extranjera en Chile cayó más de un 40% y la tasa de crecimiento bajó del 5,4% en 2013 al 1,7% en 2016. Es verdad que el crecimiento sufrió por la caída de los precios del cobre, la principal exportación de Chile, pero también por una reforma tributaria de corte antiempresarial.

Tras el fiasco de la primera vuelta, se vaticinaba un balotaje muy reñido entre Piñera y el senador y ex periodista Alejandro Guillier, candidato del oficialismo. Pero el nuevo presidente hizo saltar la banca con una victoria muy holgada: obtuvo el 54,6% de los votos frente al 45,4% de su rival. Si la primera vuelta dejó en la cuneta a los profesionales de las encuestas (algo que ya empieza a ser demasiado habitual), la segunda arruinó el crédito de politólogos y periodistas que esperaban que la victoria se zanjara con apenas 20.000 votos. Al final, Piñera le sacó una ventaja de 630.000 sufragios a su competidor.

Sebastián Piñera tras ganar las elecciones en Chile.

Sebastián Piñera tras ganar las elecciones en Chile. Ivan Alvarado Reuters

Sin mayoría en el Congreso

El resultado, sin embargo, es un país dividido. Piñera, que procede de una familia de corte socialcristiano, lleva meses empeñado en centrar a la derecha chilena. Sabe, además, que en las recientes elecciones legislativas los partidos de su coalición se quedaron a cuatro escaños de la mayoría en la Cámara de Diputados, pero muy lejos de la mayoría en el Senado, así que necesitará buscar apoyos en el centro y la izquierda para gobernar.

Esto lo aleja de la imagen que la izquierda quiere vender de él, la de un empresario insensible que se ha beneficiado del neoliberalismo de los Chicago boys. En su primer gobierno, Piñera subió los impuestos a las ganancias empresariales y rompió un tabú por el que luego se coló la reforma tributaria de Bachelet. Aquella administración también estuvo lejos de afrontar las reformas que Chile necesitaba para mejorar su competitividad y su productividad.

Las cosas, sin embargo, se torcieron definitivamente con Bachelet. Empeñada en satisfacer las demandas de los estudiantes universitarios que exigían la gratuidad de la matrícula, realizó una reforma tributaria que penalizó la inversión y que nunca llegó a recaudar lo que pensaba. El Estado triplicó su deuda para atender al déficit de las cuentas públicas. Al mismo tiempo hizo una reforma laboral para dar más poder a los sindicatos y alentó un debate sobre una asamblea constituyente que creó más incertidumbre.

El Podemos chileno

La elevada desigualdad de rentas que hay en Chile (Gini de Chile: 0,495. España: 0,350) impulsó un discurso crítico por parte de una nueva izquierda radical que se formó en torno al lobby de dirigentes universitarios que había arrancado de Bachelet la gratuidad. Esta coalición, llamada Frente Amplio, es muy parecida al Podemos español y obtuvo el 16,5% de los votos en las elecciones legislativas.

Sin embargo, el trade-off entre el reparto y el crecimiento se hizo muy patente en Chile. El crecimiento y la inversión se desplomaron. Muchos chilenos pensaron que la prosperidad conseguida en 29 años de democracia estaba en peligro. Se habló de “Chilezuela”, un término que evocaba el camino al infierno de Venezuela con el chavismo. Esto provocó una formidable movilización de votantes que ha descubierto que el voto de derecha en Chile es más numeroso de lo que se pensaba. Piñera les prometió crecimiento económico y ganó.

"Si recuperamos la posibilidad de hacer políticas públicas de calidad, de conversar, generar consensos, confianza y reducir la incertidumbre podemos avanzar. No va a ser fácil, pero es factible", dijo ayer Felipe Larraín, el ex ministro de Hacienda del primer gobierno de Piñera y uno de sus hombres de confianza.

Un escenario difícil

La Bolsa saludó con subidas del 7% la victoria de Piñera y el peso chileno se fortaleció ante el dólar, pero la situación no es sencilla para el nuevo presidente que tomará posesión en marzo de 2018. Ha prometido que no tocará las reformas de Bachelet (gratuidad educativa, reforma tributaria y laboral), salvo para mejorarlas. Eso supone que el gasto público seguirá disparado durante los próximos ejercicios. La deuda no se estabilizará hasta dentro de cuatro o cinco años. Los expertos auguran un incremento del crecimiento cíclico hasta el 3-3,5% a partir del próximo año gracias a la mejora del precio del cobre.

Su programa electoral tiene un costo de 14.000 millones en cuatro años. Siete mil millones corresponden a nuevos ingresos fiscales y otros siete mil a recortes de gasto en programas ineficientes del Estado. Eso significa que tendrá que reformar el Estado, que Bachelet ha dejado trufado con miles de nuevos empleos para paliar el deterioro del mercado laboral.

Chile es el segundo país de Latinoamérica con menos pobreza según la Comisión Económica para América Latina (detrás de Uruguay). Redujo este indicador del 50% de su población en 1976 al 7,8% en 2014. Pese a ello, con una tasa de crecimiento del 1,7% es difícil que el país pueda seguir reduciendo la pobreza de manera eficiente como hizo en las últimas tres décadas.

“El puro crecimiento económico en un país tan desigual como este no será suficiente para mejorar las condiciones de vida de la mayoría”, advirtió ayer en twitter Claudia Sanhueza, la portavoz económica de la candidatura presidencial del Frente Amplio. Lo que es seguro es que ni la desigualdad se corregirá ni las condiciones mejorarán si no hay crecimiento económico. Los chilenos parecen haber apostado por esto último.

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