Montaje de Deschamps en su época como jugador y entrenador.

Montaje de Deschamps en su época como jugador y entrenador. REUTERS

Mundial de fútbol 2026

Deschamps, contra el dolor y la lección de 1998: el viaje del líder de las estrellas galas para romper el muro de Paraguay

En pleno luto por el fallecimiento de su madre, el seleccionador galo busca guiar a sus estrellas hacia los cuartos de final del Mundial.

Más información: Olise pone el espectáculo y Mbappé los goles: Francia deja en el camino a Suecia y se cuela en octavos de final

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El Lincoln Financial Field de Filadelfia ruge con el eco ensordecedor de los días grandes. Las cámaras de televisión persiguen las acciones de Kylian Mbappé y Michael Olise y el andar aristocrático de una selección francesa que se desplaza por el mundo con el estatus de una multinacional del talento.

Hay música en los pasillos, destellos de diamantes en los pendientes de los futbolistas y una opulencia futbolística que asusta al planeta. Sin embargo, en el ojo de este huracán de flashes y millones, habita un silencio sepulcral. Lo lleva consigo Didier Deschamps.

El seleccionador galo, el hombre que ha convertido el banquillo de en su propio feudo, camina estos días con una armadura invisible pero pesadísima: la del luto riguroso por el reciente fallecimiento de su madre.

Para él, este cruce de octavos de final del Mundial no es solo una batalla táctica; es un refugio psicológico, el único territorio donde el orden de la pizarra puede adormecer, al menos durante 90 minutos, el desgarro de una ausencia irreparable.

Lección viva

Gestionar una constelación de egos planetarios requiere una autoridad moral incuestionable, pero liderarla mientras se procesa el dolor más profundo exige una condición humana sobrehumana.

Deschamps siempre ha sido un militar del fútbol: un tipo hermético, criado en el rigor de Bayona, poco dado a las concesiones sentimentales ante la galería.

En Francia, esa frialdad le ha costado cara. A pesar de haber encadenado dos finales de la Copa del Mundo consecutivas -la gloria eterna de Rusia 2018 y la agonía plateada de Catar 2022-, un sector de la crítica de su país jamás le ha perdonado su pragmatismo.

Deschamps, durante el Mundial 1998.

Deschamps, durante el Mundial 1998. EFE

Se le acusa de encorsetar el talento, de preferir el cemento al violín, de ser un resultadista rácano en un país que exige la belleza estética como una prolongación de la República.

Frente a esa presión asfixiante y el juicio constante de la prensa de París, Deschamps ha respondido con lo único que conoce: trabajo, orden y una resiliencia de hierro que ahora aplica a su propia vida.

Sus jugadores lo miran con un respeto reverencial; nadie se atreve a levantar la voz en un vestuario donde el jefe da el ejemplo manteniéndose en pie cuando su mundo íntimo se ha tambaleado.

Esa fortaleza mental será indispensable para afrontar el partido de Filadelfia, porque si hay alguien que comprende el peligro que entraña el rival, es él. Para Deschamps, Paraguay no es un nombre en un sorteo, sino un recuerdo grabado a fuego en su propia piel.

Hay que rebobinar la cinta hasta el 28 de junio de 1998, en el Stade Félix Bollaert de Lens. Aquel día, Didier capitaneaba a la Francia que terminaría siendo campeona del mundo, y frente a él se plantó una de las murallas más indomables de la historia del fútbol: la Paraguay de José Luis Chilavert, Carlos Gamarra y Celso Ayala.

Francia atacó por tierra, mar y aire durante 114 minutos agónicos de impotencia y frustración, chocando una y otra vez contra el orgullo de la estirpe guaraní. Solo un milagro en forma de Gol de Oro de Laurent Blanc evitó los penaltis y la tragedia nacional gala.

De aquella tarde bajo el sol de Lens, Deschamps extrajo una lección de vida que hoy intenta inocular en las venas de sus jóvenes estrellas: contra Paraguay, no vale con la camiseta. Al bloque sudamericano se le gana con la paciencia de un cirujano y el cuero duro de quien está dispuesto a sufrir hasta las últimas consecuencias.

El muro de la tierra colorada

El escenario deportivo actual de este Mundial plantea un choque de identidades tan violento como fascinante. Por un lado aparece Francia, que llega al duelo mostrando una versión futbolística sencillamente demoledora.

El equipo galo asusta por su voracidad física y su pegada. Kylian Mbappé cabalga el torneo con la mirada fija en el trono histórico, secundado por la irrupción deslumbrante de Michael Olise, un futbolista que le ha devuelto a Francia la fantasía del regate improvisado y la pausa estética.

El engranaje de Deschamps fluye con una facilidad pasmosa, castigando los errores ajenos con transiciones que parecen ejecutadas a la velocidad de la luz. Son los favoritos unánimes, la aristocracia del torneo.

Sin embargo, enfrente estará el enemigo público número uno de las potencias: la Albirroja. Paraguay ha desembarcado en los octavos de final envuelta en el misticismo de los elegidos tras firmar la gran epopeya del Mundial en Foxborough, donde eliminó a Alemania en la ronda anterior.

Aquella noche en Boston fue un monumento a la resistencia paraguaya: un empate 1-1 rascado con apenas un 24% de posesión de balón, defendiendo cada metro de césped como si fuera el último trozo de tierra sagrada del planeta, para terminar ajusticiando a los germanos en una tanda de penaltis inolvidable.

Paraguay llega con la moral por las nubes, sin complejos, sabiendo que su fútbol de trincheras e intensidad extrema es la kriptonita perfecta para cualquier constelación de estrellas que se aburguese antes de tiempo.

El partido se decidirá en esa frontera invisible donde el talento supersónico de Mbappé choque contra el alma de un equipo paraguayo que se alimenta del menosprecio externo.

Esta noche, cuando ruede el balón, en la penumbra del banquillo francés, un hombre menudo de mirada cansada buscará en las lecciones de 1998 la fórmula para derribar el muro paraguayo, mientras mira de reojo al cielo, intentando ganar la batalla más difícil de todas: la de honrar a su madre ganando el derecho a seguir soñando.