El dibujante noruego Jason (Molde, 1965) es un falso amable. Sus personajes antropomórficos, su blanco y negro, sus silencios y su templanza hasta para acabar con el Führer (Yo maté a Adolf Hitler, Astiberri, 2008), son una trampa sarcástica que se repite en cada publicación de una de las trayectorias más proteínicas del mercado del cómic. Pero nunca había expuesto su vida en viñetas sin un personaje que le camuflara. Hasta ahora, con Un noruego en el Camino de Santiago (Astiberri) se desnuda. Hace dos años cubrió el Camino y cuenta su experiencia, nada religiosa y muy distante con la experiencia peregrina. Su vehemencia silenciosa desmitifica el éxtasis místico que suele reunir a los caminantes.

Noticias relacionadas

Como siempre, el relato avanza sin gaseosa, sin estridencias, sin ocurrencias. El viaje no descubre nada nuevo sobre el viaje al lector español, su interés radica en el choque cultural (si es que podemos entender el Camino como algo propiamente español y no como un itinerario universal, atravesado por miles de ciudadanos de todo el mundo). Lo más llamativo es cómo ha logrado colar sus marionetas en busca de un papel en la vida en el relato, como personas reales que confirman los temas en los que ha insistido una y otra vez: amor, soledad, tristeza, alienación, muerte.

tres

Y en ese tránsito ausente del observador con libreta, que anota cada esquina, paisaje y charla, Jason se detiene una madrugada, a oscuras, en una calle de un pueblo burgalés, en la etapa 18 de su andadura, llueve: “De madrugada bajo la lluvia buscando las putas flechas amarillas”. Y las encuentra y sigue su camino. Un leve gesto, un pequeño carraspeo de quien no se altera, del que expone sin prejuicios, ni juzgar. Es un maestro de la presentación de los problemas y su solución en cuatro viñetas. Nadie tira la piedra y esconde la mano mejor que Jason.

Experiencia laica

Ha hecho de sus viñetas silenciosas y limpias, de su línea clara, fría y minimalista, la mejor herramienta de su particular ironía con la que descubre a todos estos tipos inexpresivos y solitarios con los que se va cruzando. Nadie ríe. De hecho, cuesta encontrar un rasgo de felicidad o alegría en el pelotón de caminantes. Aunque ironía le sobra: al llegar a Santiago descubre dos cosas, que un bastón le habría facilitado la marcha y que no le gustan los monumentos en honor al Papa. Le parece una “monstruosidad”. Sin embargo, se siente atraído por las iglesias y los ritos católicos más humildes.

Jason subraya sus relaciones durante el Camino. Astiberri

Sólo sale de sus casillas con las chinches en los albergues, los ronquidos de los compañeros peregrinos, los calcetines a precio de billete de avión en Ryanair, los bares con televisión a todo volumen y las ampollas de 800 kilómetros en los pies. Lo mejor, el café y la tortilla de patatas para desayunar cada día. Y el espíritu de camaradería entre todos ellos, aunque Jason el huraño prefirió caminar a solas y tener tiempo para pensar, hablar con la gente por la noche.

Cuando empezó la ruta tenía un objetivo: ser un poco más extrovertido. Un dibujante que se dedica a comunicarse, incapaz de hablar con alguien. Llega al camino sin expectativas religiosas, “pero no sé si me ha cambiado la vida”. “Nadie le da un giro de 180 grados a su vida en el camino. Has hablado con una monja, has iniciado conversaciones. Eso es como poco un grado, ¿no? Un grado ya es un cambio”, le dice a Jason un policía del camino. El dibujante le pide un consejo y le responde: “No te comas el tarro”. Pero es Jason, eso es imposible. Al menos, llegó a Finisterre y se bañó al atardecer.