Cuarenta chelines. Eso cobraba un escritor por sus panfletos en época isabelina. Los autores se quejaban, pero teniendo en cuenta que 40 chelines eran dos libras, y una libra del siglo XVI equivaldría a más de 500 euros, los plumillas isabelinos vivían mejor que, por ejemplo, los traductores españoles de hoy en día.

Shakespeare fue aún más afortunado y desde que entró a formar parte del negocio literario, disfrutó de una holgura económica que mantuvo hasta su muerte. El dinero aparece constantemente en sus textos y en su vida. Harold Bloom dice que era “duro en sus tratos comerciales”; Stanley Kells que “mostraba mucho interés por sus asuntos financieros” y Stephen Greenblatt que “trató el dinero, al menos el suyo, con notable seriedad.”

Entre los siglos XVI y XVII, Isabel I concedía monopolios e inventó las sociedades anónimas; se empezó a consumir más carne que nunca en Inglaterra pero la inflación obligó a los asalariados a trabajar más por menos dinero. El crítico Frank Kermode habla de “los primeros tiempos del capitalismo”. Un tiempo al que Shakespeare supo sacarle partido.

Para el pueblo, sin el pueblo

“Creo que lo que le interesó a Marx de Timón de Atenas fue el tema del dinero y de la riqueza, su reparto y su fragilidad”, apuntó el traductor Salvador Oliva. Karl Marx fue un enamorado de la obra shakesperiana aunque la lucha de clases no estuviera muy presente en ella. El enfrentamiento más claro está en Coriolano, que arranca con una revuelta contra unos mandatarios que viven en la opulencia. El planteamiento es revolucionario, pero el desenlace castiga por igual a ricos, pobres, mujeres, hombres, ejército y nobles.

Desfile de personas de Shakespeare, obra de artista desconocido.

En Shakespeare’s England, se explica que la sociedad isabelina crecía pero presentaba síntomas de decadencia. “Pobres cada vez más pobres” es la fórmula que lo resume y a pesar de que Víctor Hugo escribió que “el drama de Shakespeare es pueblo”, el poeta apenas reflejó en sus escritos la situación de los espectadores que tanto lo aplaudían.

Autorretrato de un joven anticapitalista, Ruz-Bárcenas o Ejecución hipotecaria son obras en las que España ha visto representada sobre las tablas su realidad económica y social durante la crisis. Shakespeare optó por temas menos circunstanciales y más universales y Bloom tiene una teoría sobre porqué de vez en cuando, miró a la plebe: “Los levantamientos populares horrorizaban a Shakespeare pero liberaban su imaginación.”

Conservador

Algunos estudiosos del siglo XXI se agarran a estos datos para decir que Shakespeare era conservador. Emma Smith, de la Universidad de Oxford, aporta que su vida es la historia de un ascenso social que no reflejó en sus escritos. No aparece en las tramas, tampoco en sus protagonistas, siempre nobles. Pobres hay pocos y cuando aparecen, Shakespeare los castiga. Se ve en el criado Malvolio de Noche de Reyes o en el pretendiente de Porcia de El mercader de Venecia.

“Pone más cuidado en agradar que en instruir”, escribió Samuel Johnson en Prefacio a Shakespeare. Hay quien duda de si lo que aparece en sus obras es lo que el autor pensaba. Por ejemplo, Greenblatt cree que su libertad creativa era estética, no de contenido, pues trabajó primero para un mecenas, después protegido por un rey. Razones que explicarían por qué en sus obras mantiene el statu quo.

Shakespeare vistió a las mujeres de hombres y les dio autoridad en una época en la que suponía un verdadero desafío al orden social

Smith coincide en que Shakespeare se veía obligado a sostener las rígidas estructuras isabelinas. Pero recuerda que también fue quien vistió a las mujeres de hombres y les dio autoridad en una época en la que suponía un verdadero desafío al orden social.

Codicioso

Su interés por el vil metal le trajo problemas. Uno fue la usura. En su época, sin sistema bancario y con una población necesitada de crédito, las leyes controlaban a los prestamistas marcando en un 10% el interés máximo legal. William conoció el delito en casa: su padre fue condenado en dos ocasiones por cometerlo y él mismo fue acusado al menos una vez por dar dinero a un vecino de Stratford a un interés superior al permitido.

También evadió impuestos y en 1598 fue procesado por acaparar grano en tiempo de carestía. Durante 15 años compró y almacenó malta y cebada para revenderla a precios inflados entre sus vecinos y la ley actuó cuando se negó a abrir las puertas para combatir una de las hambrunas que asolaban Inglaterra en esos tiempos.

Pero esos escándalos no afectaron a su reputación artística. A falta de prensa, ni seria, ni amarilla, ni rosa que cotizara al alza su talento como hace hoy el Hola con Mario Vargas Llosa, Shakespeare siguió contando con el favor del público. Y también de los mecenas.

Subvencionado

El empuje de la imprenta en tiempos de Eduardo VI aumentó el valor de la literatura en el mercado. Fue así como muchos tuvieron la escritura como principal ocupación, aunque pocos podían vivir de ella. Shakespeare sí, y desde que conoció al conde de Southampton pudo incluso permitirse no salir de gira.

Hoy, el recorte en subvenciones, el IVA cultural y la falta de poder adquisitivo del espectador dificultan que las compañías lleven sus obras por provincias, pero en época isabelina era la forma de que la rueda teatral no parara ni en días de peste. Si Londres cerraba un teatro por epidemia, la compañía salía de gira, algo que no entusiasmaba a los actores porque cobraban menos, pero lo preferían a quedarse parados.

Antes de empezar una de esas tournées, Shakespeare recibió mil libras del conde de Southampton y decidió quedarse y escribir Venus y Adonis y La violación de Lucrecia. La cifra es única. Ni el primer traductor de Montaigne al inglés consiguió algo así: John Florio tuvo que recurrir a seis señoras nobles con las que inauguró una suerte de crowdfunding avant la lettre.

Hoy el dinero se le pide a un igual, no a la condesa de Bedford y aunque no se conocen las cantidades, seguro que Florio recibió más de sus mecenas que los 34,19 euros que la Asociación Española de Crowdfunding calculó que daba cada donante de media a proyectos en España.

Retrato de Shakespeare.

Privilegiado

Si en 1590 pagaban por una obra de teatro entre cinco y seis libras, en 1616, año de la muerte de Shakespeare, los precios ascendían a diez. Pero lo más común, es que quien quería publicar, lo pagara de su bolsillo. Hoy lo llaman autoedición, fórmula ya tan extendida que en septiembre de 2015 se celebró en España el primer Congreso sobre este negocio.

Hay otra cosa que emparenta al panorama literario español con el de Shakespeare: la racanería editorial. En épocas isabelina y jacobina, la política de reducción de costes hacía que los impresores se decantaran por publicar y promocionar a valores seguros y por eso la mayoría de escritores se autoeditaba. Para ahorrar, las imprentas empleaban las mismas ilustraciones para libros muy distintos, a veces con temáticas opuestas.

Hoy pasa algo parecido en promoción, diseño y corrección y no es raro ver libros con portadas casi idénticas y errores tipográficos y ortográficos. Por no hablar de la precariedad de fotógrafos, ilustradores y correctores que ven como las editoriales creen que sus trabajos los puede hacer cualquiera.

Empresario

Shakespeare no tenía esos problemas. Y eso que para que una compañía fuera rentable debía estrenar veinte obras al año y enfrentarse a la peste. Precisamente fue el cese de actividad por una plaga lo que llevó a la formación de los Hombres de Lord Chambelán, compañía con la que se convirtió en actor-partícipe, es decir, en empresario. Pero con Isabel I el teatro se profesionalizó y como explica Kermode, fue la primera vez en la historia que un titiritero podía ganar mucho dinero con su actividad.

En tiempos de Shakespeare no existía, que se sepa, el 2x1 y el espectador pagaba un penique para entrar, otro para resguardarse de la lluvia, y otro para tener un asiento almohadillado.

En 1576, los propietarios alquilaban sus salas a las compañías y los actores pasaban la gorra al final de la función. Shakespeare lo hizo en sus inicios pero en 1580 ya estaba extendido el cobro de entrada en la puerta de la taberna. Fue el origen de la taquilla.

Las fórmulas de negocio recuerdan a algunas de las modalidades que compañías y músicos han tenido que abordar con la crisis: alquilar salas y quedarse lo recaudado o cobrar después del acto lo que cada espectador considere que vale lo presenciado. En tiempos de Shakespeare no existía, que se sepa, el 2x1 y el espectador pagaba un penique para entrar, otro para resguardarse de la lluvia, y otro para tener un asiento almohadillado. El primero era para pagar a los actores, el segundo y el tercero, para los maestresalas, es decir, los que gestionaban el teatro. Shakespeare pasó a quedarse con las tres monedas en cuanto se hizo empresario.

Jubilación y testamento

Al dramaturgo no le pasó en su retiro como a los escritores jubilados españoles, a quienes les quitan la pensión si los pillan publicando. En el siglo XVI y XVII no había en Inglaterra seguridad social pero existían los “pactos de manutención”, por los que los descendientes tenían la obligación de hacerse cargo de sus padres en la vejez. Dice Greenblatt que Shakespeare temía depender de sus hijas y por eso ahorró y pagó alquileres baratos en Londres. Con lo que no gastó todos esos años pudo comprar New-Place, la segunda casa más grande de Stratford-Upon-Avon.

Representación pictórica de 'La Tempestad' de William Hogarth.

Bloom indaga en el retiro, producido tres años antes de su muerte en pleno esplendor creativo. “El abandono de Shakespeare de su arte es prácticamente único en los anales de la Literatura Occidental.” La teoría más plausible para el crítico es que lo relegaran a favor de un autor más joven sin que el bardo hubiera cumplido aún los 50.

El último texto de William fue su testamento. Tres hojas en las que se ve lo rentable que le resultaron las letras y el resto de sus negocios. Dejó 150 libras a cada una de sus hijas, Susanna y Judith, casi medio millón de euros actuales.

A falta de datos sobre su vida, los biógrafos usan la obra shakesperiana para determinar cómo era el bardo. Johnson escribió algo que invita a la cautela: “En las obras de otros poetas un personaje es sólo un individuo; por lo general en las de Shakespeare, es una especie.” Quizás sea eso lo que complica determinar si fue el déspota Coriolano, el revoltoso Timón o el bromista Falstaff quien redactó una herencia en la que no dejó ni un chelín a su mujer, pero sí 10 libras (unos 5.000 euros) a los pobres de Stratford.

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