A finales de otoño de 1937, Edward Wood, tercer vizconde de Halifax y el lord presidente del Consejo Privado británico, viajó a Alemania para reunirse con varios altos cargos nazis. Su misión consistía en poner en marcha el proceso para intentar "cuadrar a Hitler" y contener sus anhelos expansionistas. La primera parada del tour diplomático fue la más importante, en Berghof, el "nido del águila" en los Alpes bávaros, donde conversó tres horas con el führer, a quien, vestido con pantalones negros, calcetines de seda y zapatos de charol, había confundido a su llegada con un sirviente. La dantesca escena fue resuelta en el último segundo con un susurro del ministro de Asuntos Exteriores del Reich.

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En los días siguientes, Halifax charló más amistosamente con Hermann Göring en su casa de campo y en Berlín con Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda nazi. A su regreso, redactó un memorando para el primer ministro británico Neville Chamberlain sobre el contenido de las reuniones. "A menos que esté completamente engañado", escribió, los alemanes "desde Hitler hasta el hombre de a pie, desean una relación amistosa con Reino Unido". Además, se mostró "seguro de que Hitler era sincero cuando dijo que no quería la guerra". El viaje, concluyeron en Londres, había sido "un gran éxito". 

Sin embargo, al otro lado de la mesa las sensaciones eran completamente diferentes. "Hitler admiraba a los británicos y a su Imperio, le hubiera encantado tener una alianza con ellos. Pero en otoño de 1937 se había dado cuenta de que eso no iba a ocurrir. Le dijo a sus generales que había que preparase para una guerra contra Francia y Reino Unido. Y aquí se registra una ironía trágica: en el momento en que Hitler decide que una alianza con Occidente es imposible, Chamberlain va en sentido contrario, confiando en un acuerdo con Alemania. Los británicos adolecieron de una falta crítica de percepción hacia dónde iba la política exterior nazi", explica Tim Bouverie.

Las tropas alemanas entrando en Renania el 7 de marzo de 1936. Debate

En su primera obra, Apaciguar a Hitler, que ha recibido elogios de los Beevor, Kershaw, Hastings y compañía y editada ahora en español por Debate, el joven historiador reconstruye de forma brillante, armando un relato cautivador, los entresijos de la política del apaciguamiento, es decir, los intentos de los sucesivos gobiernos británicos —también de Francia, aunque en menor medida— por evitar que Europa volviese a las trincheras haciendo concesiones "razonables" a Alemania —y a la Italia de Mussolini—.

Bouverie, basándose en cartas, despachos diplomáticos, artículos periodísticos y diarios —algunos de ellos inéditos—, ofrece un análisis cronológico amplio, despegando con el nombramiento de Hitler como canciller, de las posiciones y la evolución de los políticos ingleses, la opinión pública y los aristócratas que viajaron por el Tercer Reich promoviendo una alianza angloalemana, lo que él llama "diplomáticos aficionados".

Mussolini, Hitler, su intérprete y Chamberlain durante las negociaciones del Acuerdo de Múnich. Wikimedia Commons

La estrategia del apaciguamiento sería un auténtico fracaso. "Por sí misma, no era una política mala, pero Hitler no podía ser apaciguado, sus ansias no iban a ser satisfechas", explica el historiador a este periódico. Se permitió al führer la remilitarización de Alemania —Reino Unido incluso vendió motores para los aviones de la Luftwaffe—, incumpliendo las cláusulas del Tratado de Versalles, y se dejó vía libre para la invasión de Renania y el Anschluss, la anexión de Austria. Efectos secundarios aceptables para "que Europa recuperara la calma", en palabras Chamberlain. Pero todo se derrumbó cuando los nazis rompieron el "infame" Acuerdo de Múnich de 1938, ese que según el premier británico había logrado "la paz para nuestra era", y entraron en Checoslovaquia.

Todos los acontecimientos que se registraron en esos años están guiados por una terrible paradoja: lo único que consiguieron los esfuerzos por contener a Alemania fue reforzar su poder. Ya lo avisó en noviembre de 1936 Wiston Churchill, el líder de los antiapaciguadores y que desde marzo de 1933 clamaba por el rearme de Reino Unido ante el apocalipsis que se avecinaba: "Seguiremos decididos únicamente a mantenernos en la indecisión, resueltos a ser irresolutos, firmes en nuestra deriva, sólidos en nuestra fluidez, todopoderosos en nuestra impotencia. De modo que dispondremos de más meses y más años —meses y años de los que depende, quizá, la grandeza de Reino Unido— para dar de comer a la langosta".

Tim Bouverie, firmando ejemplares de su libro. Debate

El entonces primer ministro Stanley Baldwin le respondió que habría sido imposible iniciar un rearme a gran escala antes de las elecciones generales de 1935. En ese momento, el recuerdo de la Gran Guerra era todavía muy vívido y los sentimientos del pueblo británico pacíficos. Las urnas le hubieran dado la espalda. "La democracia va siempre dos años por detrás del dictador", dijo. Pero eso no justifica ni exime la ceguera de los responsables que miraron para otro lado cuando los nazis encadenaban atrocidades y que tan nítidamente se manifiesta en el relato de Tim Bouverie.

Responsabilidades

Neville Chamberlain fue el principal derrotado por el fracaso del apaciguamiento, el guilty man. Para el diputado conservador y detractor de esta política, Vyvyan Adams, "la incapacidad del primer ministro para comprender el hitlerismo, para no ver su verdadera cara durante tanto tiempo" fue como "un milagro del infierno". Bouverie, no obstante, amplía el abanico de la responsabilidad: "Hubo una serie enorme de factores que contribuyeron al apaciguamiento, como la opinión publica, el rechazo del partido laborista y la izquierda al rearme, las ilusiones que se hizo el Gobierno británico, la falta de asesoramiento adecuado del ministro de Exteriores o el papel desempeñado la prensa conservadora"

Magnates de los medios como lord Rothermere, fundador del Daily Mail y el Daily Mirror, el primer extranjero en ser invitado a una cena organizada por el partido nazi —"no tenemos razones para pelearnos con esta gente", le dijo a sus lectores—, simpatizaron con el régimen de Hitler. Los periódicos críticos se enfrentaron a presiones inverosímiles: Nevile Henderson, embajador británico en Alemania, aseguró al regreso del encuentro de lord Halifax con el führer y los demás jerarcas nazis que "hay que impedir que la prensa la cierre [la puerta de las negociaciones que creían haber reabierto] de golpe otra vez".

Portada de 'Apaciguar a Hitler'. Debate

El apaciguamiento es un "periodo desastroso que provocó una pérdida enorme del prestigio británico", asegura el historiador, pero no cree que otro tipo de estrategia más agresiva hubiese evitado la contienda mundial: "Hitler estaba decidido a rehabilitar el poder alemán y sus territorios y a llevar a cabo una guerra de venganza por el resultado de la Gran Guerra". Las conjeturas, no obstante, se pueden hacer en torno a las dimensiones trágicas que alcanzó el conflicto. Como mínimo, Reino Unido y Francia deberían haber abanderado una respuesta más contundente cuando los nazis invadieron Checoslovaquia en marzo de 1938 y pocos meses después dieron rienda suelta a su fanatismo en la Noche de los Cristales Rotos.

Y por advertencias no fue. En junio de 1938, Oliver Stanley, el presidente de la Junta de Comercio, escribía en su diario que a Chamberlain "le gustaría darle a Alemania todo lo que quiere, y no ve que si se rinde ahora no seremos capaces de resistir en las próximas exigencias. Si aplacamos al cocodrilo alemán con peces de otros estanques, engordará tanto que exigirá nuevos peces, y de nuestros propios estanques. Y no tendremos para poder plantarle cara". Unas semanas más tarde, un diputado laborista lanzó en la Cámara de los Comunes una de las críticas más impactantes: "Cada vez que sacrificamos a un posible aliado por el patético deseo de aplacar a los tiranos, más nos estamos acercando a esa guerra que supuestamente tratamos de evitar". Otra vez la paradoja.

Los defensores del apaciguamiento, incluso después de constatar su fracaso, justificaron que ese año extra hasta septiembre de 1939 contribuyó al rearme de Reino Unido. "Pero los alemanes también se beneficiaron: si nos fijamos en las cifras, se rearmaron más que británicos y franceses", discute Bouverie. "Y otra cosa importante: la situación diplomática empeoró. En 1938, Stalin apoyaba a los checoslovacos, pero un año después, las potencias occidentales no gozaban de la ayuda de la URSS, que se pasó al bando alemán. Chamberlain no firmó el acuerdo de Múnich para ganar un año, sino porque creía que había evitado la guerra". Craso error. El apaciguamiento había sido aplastado por los panzer y la Luftwaffe.

Inauguración de los JJOO de Berlín, el 1 de agosto de 1936. Debate