La voz de José María Pérez (Cabezón de Liébana, Cantabria, 1941), más conocido como Peridis por sus viñetas diarias, suena robusta al otro lado del teléfono. "Me encuentro bastante estupendamente", dice después de haber superado el Covid-19 con ingreso hospitalario incluido. Fueron seis días de largas sesiones de música clásica y mucho apetito. El escritor, arquitecto y dibujante derrotó al virus, y ahora presenta por fin la obra con la que ganó el Premio Primavera de Novela, El corazón con que vivo (Espasa), una historia de reconciliación con la Guerra Civil como eje vertebrador y con un curioso personaje: el abuelo republicano de Pablo Casado.

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¿Qué ha sido lo más duro?

La incertidumbre: saber si te mueres o no. Esto afecta a todas las edades, pero yo estoy en zona de alto riesgo: 78 años y operado del corazón hace tres. Hay un momento en que te da canguelo.

¿De dónde se sacan las fuerzas para derrotar al bicho?

En la vida siempre he tenido un ánimo de lucha. Soy un luchador. Hice la carrera de arquitecto trabajando, no dejé de hacer caricaturas, siempre pensé que tendría que publicar en un periódico… Ahora me he hecho novelista. Y diré como Neruda: "Confieso que he vivido". He currado, he abierto camino para mí y para más gente, y eso me da una sensación de estar satisfecho con la vida que he llevado. En esta tesitura, me lo planteé enseguida con esperanza. "De esta salimos, José María", me dije. Y me hice a esta idea: aquí me van a devolver la salud, tengo soledad y silencio.

Me imaginé que estaba en una cartuja, y con el teléfono me puse a escuchar al viejo Bach. Me ha hecho una compañía… y al final le dije: "Tócame la Tocata y fuga que ya me toca salir de aquí". Es fundamental en todas las circunstancias de la vida hacer de la necesidad virtud y sacarle partido para reflexionar, pensar en la sociedad y los privilegios que tenemos ciertas personas.

¿En qué nos puede hacer mejores esta pandemia?

Pensando que aparte de yo mismo hay más personas y ver cómo podemos ayudar a otros a ser más felices, cómo podemos hacer una sociedad más justa o menos desigual, más solidaria; y cómo miramos con otros ojos a la gente, al patrimonio, a la ciudad… Si nos devolviera una mirada más generosa y solidaria, habríamos ganado muchísimo.

Después de una tragedia, no puedes con el tiempo, te tumba, pero tienes que llenarlo de contenido

Su novela también es una oda al positivismo en situaciones críticas. Es usted optimista por naturaleza.

Yo soy vitalista, y del vitalismo que tengo saco energía para acometer empresas. Eso me ha dado mucho aliento en la vida para superar tragedias. Perdí a mis padres, a dos hermanos y luego he perdido dos hijos en un espacio corto de tiempo. Estas cosas las tienes que superar porque la vida sigue. Son unos palos terribles y bueno, cuando estás en el hospital piensas que habrías dado tu vida, ya cumplida, por que vivieran tus hijos. Pero es la que tienes, y ellos viven en tu recuerdo. Mientras hay vida te debes a los tuyos y puedes serles útil todavía. Yo trabajo, hago la tira de El País, voy a la tele, la radio… y escribo. Eso me da fuerza para seguir tirando.

Otra persona con esos antecedentes no hubiera demostrado semejante fuerza…

La he sacado de donde no la tenía. Es una cuestión de seguir: tienes que seguir dando pasos. Pensar en hoy, ahora, en cómo lleno la mañana. Después de una tragedia, no puedes con el tiempo, te tumba, pero tienes que llenarlo de contenido, distraerte, leer… La vida es movimiento.

Portada de 'El corazón con que vivo'. Espasa

¿Cuál es el primer recuerdo que tiene de la guerra?

Mi padre era guardia forestal en Liébana y en 1942-1943 ya veía que estaba poco en casa. Mi madre estaba un poco angustiada porque había maquis en los montes y corría peligro su vida. Son los recuerdos de la posguerra, de cómo era España entonces: pobre, triste, había vencedores y vencidos, pero eres niño, juegas, y esas ideas no te preocupan… Mi padre era de los ganadores, había apoyado a los nacionales, su familia eran agricultores-ganaderos siempre de derechas.

Luego se iba uno enterando de lo de los rojos, y lo de Rusia, de los vivas a Stalin. Mi madre me decía: "Hijo, nos querían quitar la religión y cantaban 'si los curas y frailes supieran la paliza que les vamos a dar, subirían al coro cantando: ¡Libertad, libertad, libertad!'". Y luego en el colegio que Fulano era huérfano, pero no te decían que a su padre le habían fusilado. La guerra estaba muy presente, lo impregnaba todo. Estaba ahí como un nublado que tardaba de alejarse, pero los niños éramos niños.

Un panorama como el que describe en el libro.

En esta novela lo que he hecho es, a través de la historia de dos familias de médicos, unos republicanos y otros falangistas, contar lo tremenda que es una guerra civil en un pueblo, porque lo divide en afectos y desafectos, en rojos y azules. Esa era una división que estaba allí, y una vez terminada la guerra, la gente tenía que convivir; y claro, estaban los odios, los agravios y el alineamiento, la etiqueta.

En España hacen falta más partidos y personalidades puente

La novela está vertebrada por testimonios de familiares y amigos que vivieron la guerra. ¿Cómo de necesario es recoger todos estos testimonios sobre la guerra antes de que desaparezcan?

Los médicos protagonistas fueron mis médicos en la infancia: uno me salvó la vida y otro me quitó las anginas. Es muy importante, sobre todo para las nuevas generaciones, porque uno no se hace a la idea de la guerra viendo un bombardeo… La guerra no es la gran batalla, el Desembarco de Normandía… en el pueblo hay uno que dice este: "Es de los otros y le vamos a matar". La novela empieza con un acto de gran generosidad, de dos mineros que el 18 de julio avisan a un médico falangista de que van a por su familia. También es muy generoso el abuelo de Pablo Casado, que hace de médico, enfermero, anima a la gente… lo que llamamos un héroe diario ahora que están tan de moda. Eso era él. Se trata de una historia de esperanza, de reconciliación real.

¿Es posible hablar o escribir de la Guerra Civil sin hacerlo de forma maniquea?

Lo de buenos y malos, pues depende. Que eras cura, pues hay que matar al cura del pueblo; que eras el rico, pues hay que matar a don Salustio… Por el otro lado, consejos de guerra porque había que hacer una limpia. Esta era casi una guerra de ocupación en el sentido de que tomabas el poder pero había unas instituciones electas. Y ser diputado te podía costar la vida. Terrible, mucho peor que el coronavirus porque era el virus del odio.

Usted se refiere al maniqueismo de la propia guerra, pero ahora mismo parece que no ha desaparecido, sobre todo al hablar de ella…

El espíritu de la guerra se mantiene. En ese sentido, creo que la novela puede aportar una cierta visión en perspectiva hacia atrás. Es como mirar por el retrovisor, pero no el humo o las bombas, sino a las personas: dónde estás, cómo se relacionan, cómo lo sufren, cómo lo viven… Todos con miedo del otro, a los confidentes… Horrible.

Los españoles debemos ser más intensos y acalorados en la solidaridad y la generosidad

¿A quién cabe achacarle que sigamos hablando así de la contienda?

La responsabilidad es de los que sobre todo agitan estos fantasmas. Ciertamente no están cerradas todas las heridas porque no hubo perdón. Ha habido amnistía —cuestionada también— y la democracia vino a través de la reconciliación, que la hubo. Pero vuelven los demonios familiares, a veces veo que vuelve el odio. Y a los adversarios o a los rivales políticos se les trata muchas veces como enemigos. Faltan puentes en esta sociedad. Creo que hacen falta más partidos y más personalidades puente.

Está todo muy polarizado.

Todo lo que sea acercarse a posiciones extremas similares a las que había en la anteguerra será horrible. Las circunstancias internacionales fueron tremendas: por un lado estaba la revolución y por otro el fascismo; los demócratas no tenían sitio.

Y ahora los nacionalismos.

En muy buena medida han resucitado y creo que son un gran peligro porque se acervan las posiciones.

¿Los españoles llevamos el cainismo en el ADN?

Unas ciertas dosis sí, pero también la generosidad. Se dan los dos extremos: los españoles, cuando hace falta, somos enormemente generosos. Con el atentado del 11-M fue ejemplar la respuesta, somos los mayores donantes de órganos… Somos extremos, y discutimos con acaloramiento; y cuando el otro te habla no estás pensando en sus argumentos, sino en cómo rebatirle. Debemos ser más intensos y acalorados en la solidaridad y la generosidad, y más cautos, prudentes y reflexivos.