En enero de 1544, Carlos V y Enrique VIII acordaron invadir Francia y marchar hacia París ante la escandalosa alianza que Francisco I había firmado con los otomanos. El emperador atacaría desde el este, recuperando todas las plazas de Luxemburgo que había perdido el año anterior, mientras que el rey inglés desembarcaría en Calais y se uniría a las tropas que tenían sitiadas las localidades de Montreuil y Boulogne. Cada uno de ellos debía marchar a la cabeza de sendos ejércitos de unos 40.000 hombres.

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Y así lo hizo un debilitado y enfermizo Enrique VIII, entonces de 53 años, convaleciente todavía por una úlcera que se le había agravado en una pierna, para sorpresa de sus consejeros. Le acompañó una imponente y ostentosa flota que transportaba miles de caballos, abundantes suministros alimenticios y un incalculable número de sirvientes. Pero sus barcos escondían en las bodegas algo más, un armatoste realmente sorprendente: las piezas de un 'castillo portátil' de madera.

Al monarca inglés le fascinaba la suntuosidad, los palacios gigantescos y completamente decorados; no concebía dormir bajo la lona de una tienda de campaña, ni aun teniendo en cuenta el contexto de campaña militar en el que se encontraba. Sin ninguna fortaleza en las cercanías en la que poder descansar, ordenó llevar consigo una residencia desarmable "extraordinaria". Así lo acaba de documentar Alden Gregory, conservador de edificios históricos de la Historic Royal Palaces, en base a una información de los inventarios reales que ha pasado desapercibida hasta ahora.

Este cuartel general manejable de Enrique VIII, que mezclaba la arquitectura gótica con la clásica, requería unos 30 carros para ser transportado y dos días y una noche para montarse. Cada lado del castillo medía una decena de metros de largo, aunque según otras fuentes las dimensiones serían el doble. Los registros reales describen cuatro torres en las esquinas, almenas y un techo de tejas onduladas de metal blanco. Tenía pórticos clásicos y "grandes columnas" que sostenían frontones en donde lucían los escudos del rey y de su hijo, el príncipe Eduardo. El techo estaba salpicado de bestias heráldicas y veletas doradas.

En el interior del castillo había al menos cinco estancias: el salón principal y cuatro habitaciones. Las vigas estaban ocultas tras un falso techo moldeado de pasta, las columnas interiores fueron pintadas para parecerse al mármol blanco y un friso tenía grabadas letras de "oro fino", que posiblemente recogiesen el lema del rey: "Dieu et mon droit" (Dios y mi derecho). Las paredes habrían sido cubiertas con tapices de hasta veinte metros y contarían con ventanas empotradas hechas de cuerno animal y no de vidrio. Por último, el exterior se habría pintado para crear un cierto parecido con los edificios de piedra.

Carlos V, Enrique VIII y Francisco I.

El historiador Alden Gregory, que ha publicado su estudio en la revista The Antiquaries Journal, según informa The Times, cree que la residencia portátil no es más que una "expresión exagerada de autoestima masculina y éxito dinástico". Además, define la campaña de invasión de Francia como "un intento de revivir las glorias del pasado" y opina que Enrique VIII pudo recurrir a este inusual refugio para ocultar sus miserias bélicas: "Quizás el rey, envejecido, dolorido y que ya no era capaz de desplegar en el campo de batalla la magnífica figura guerrera —ni personal ni físicamente— que tenía tres décadas atrás, compensó su debilidad con un alojamiento en madera".

No fue la única vez que el icónico monarca inglés de las seis esposas se guareció en una estructura similar durante una de las campañas en las que se enfundó la armadura. En 1513, cuando asedió Thérouanne y Tournait durante otro intento de invasión de Francia, se resguardó en otro edificio similar de madera, pintado con el objetivo de parecerse al ladrillo, que se calentaba con chimeneas de hierro. Con cuatro habitaciones, se necesitaron una docena de carros para transportarlo.

Las tropas de Enrique VIII rindieron Boulogne en septiembre de 1544 y Francisco I, viéndose cercado y desesperado, accedió a todos los requisitos que Carlos V le pedía a cambio de una paz independiente y sin tener en cuenta a su esporádico aliado. Al emperador le preocupaban los importantes gastos de la campaña y desconfiaba del compromiso y el pacto con el rey inglés, a quien le remitió un últimatum: a menos que "estuviera preparado para llevar a cabo la invasión inmediata, me veré obligado a retirar mi ejército y aceptar los términos ofrecidos por los franceses". Enrique VIII no movió un dedo en su castillo portátil.