Hacia finales del mes de septiembre de 1554, María Tudor, conocida como María I reina de Inglaterra e Irlanda, dejó de menstruar, ganó peso y experimentó náuseas matutinas. Todo indicaba que la segunda esposa de Felipe II iba a dar a luz a un hijo que vería cómo sus padres reinaban un territorio que sería sin duda alguna la potencia mundial de los siglos venideros.

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Cuando el monarca español viajó a Inglaterra era la segunda vez que abandonaba la Península Ibérica —visitó los Países Bajos y el Imperio en 1549—. Para el rey, vivir en Inglaterra resultaba toda una incomodidad. Si había decidido establecerse allí durante un tiempo fue por su matrimonio con María y para asegurar la continuación del linaje de los Austria. Tal y como explica el escritor John Julius Norwich en Cuatro príncipes (Ático de los Libos), a Felipe no le gustaba nada el norte de Europa: "Odiaba el frío, la cerveza, el protestantismo, las lenguas de los bárbaros, que no lograba entender, y aborrecía particularmente que casi todo el mundo a su alrededor estuviera siempre borracho".

Además, a todo esto se sumaba que al rey español no le atrajera especialmente la hija de Enrique VIII. El aristócrata portugués Ruy Gómez de Silva llegó a escribir que aunque la reina era "muy buena cosa, mucho Dios es menester para tragar este cáliz". Finalmente, tras varios problemas administrativos entre el monarca español y el séquito británico, Felipe supo mejorar su imagen en el país norteño. Al fin y al cabo, tenía un gran encanto y su mujer María estaba embarazada.

O eso parecía. Ya desde el principio del embarazo, el rey Felipe II dudó de su británica esposa. Escribió a su primo —y cuñado— Maximiliano de Austria sobre su preocupación por el asunto. Al final, en julio de 1555 el bulto comenzó a reducirse. "Fue el clásico ejemplo de un falso embarazo, probablemente provocado por el enorme deseo de María de tener un hijo", considera Norwich.

Un "castigo divino"

María lo tenía claro. Aquella desgracia era un "castigo divino". Su respuesta ante tal humillación fue recurrir a la violencia. Inmersa en una severa depresión, aumentó el número de condenados a la hoguera.

La tristeza de María se agravó cuando Felipe le comunicó que se marchaba de Inglaterra para reunirse con su padre. El rey, una vez abandonada la fría Gran Bretaña, tenía ganas de aventuras. Este ansia de conquista también afectó negativamente a la reina y al país británico.

El 4 de julio de 1557, Felipe desembarcó con un ejército compuesto en su mayor parte de mercenarios alemanes, aunque también incluía un contingente inglés, "más bien mediocre" según Norwich, bajo el mando del conde de Pembroke. "La expedición fue un clamoroso fracaso. Lo único que consiguió fue perder, en enero de 1558, el puerto de Calais. que había sido inglés durante más de 200 años". La reina, ante tal terrible suceso, solo se pronunció una vez: "Descubriréis, cuando esté muerta y me abran, que en mi corazón están Felipe y Calais".

El escritor revela que la reina había sufrido recientemente un segundo embarazo psicológico y que le quedaban pocas fuerzas para soportar este nuevo golpe. Moriría el 17 de noviembre de 1558 por un cáncer uterino, si las especulaciones de los historiadores son correctas. Su marido, que estaba en esos momentos en Bruselas, escribió a su hermana Juana de Austria que sentía "un pesar razonable" por su muerte.