La campaña kamikaze de invasión del norte de África que organizó el rey don Sebastián de Portugal en el verano de 1578 fue un estreptioso fracaso. En apenas una mañana, el ejército cristiano de 20.000 hombres, que había partido de Lisboa en una flota de ochocientas naves y contaba con refuerzos españoles y tropas enviadas por el papa, sucumbió en Alcazarquivir ante el poderoso contingente de Muley Abd al-Malik, el sultán saadí de Marruecos. Al joven monarca se le dio por desaparecido porque su cuerpo no pudo ser encontrado.

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Dos años más tarde y ante el vacío de poder en el trono luso provocado por la muerte del cardenal Enrique I el Casto, el tío abuelo de don Sebastián y que actuaba como regente desde la trágica empresa marroquí, Felipe II, uno de los pretendientes a la corona —era hijo de Isabel de Portugal—, decidió acabar por lo bruto con la crisis de sucesión: invadió y anexionó Portugal a la Corona castellana.

De forma oficial, los "despojos irreconocibles, calcinados" del rey portugués habían sido rescatados por la intervención de su homólogo, que al mismo tiempo era su tío: el 11 de noviembre de 1578, tres meses después de la derrota, fueron conducidos a Ceuta y en 1582, el duque de Medina Sidonia, por orden de Felipe II, condujo las cenizas a la iglesia de Belem, en Lisboa.

No obstante, algunos soldados supervivientes de la fatídica batalla aseguraron haber visto a su rey con vida y alentaron la leyenda de que no había caído. Estos rumores fueron el caldo del cultivo del sebastianismo, una serie de suplantaciones del monarca de Portugal que se encadenaron en las últimas décadas del siglo XVI. La más famosa de todas es la de un pastelero de Madrigal, de nombre Gabriel de Espinosa, que orquestó con un fraile luso una trama que verdaderamente llegó a inquietar a Felipe II: si su sobrino resucitaba, se iba a convertir en un verdadero problema de Estado. ¿A quién le correspondería entonces el gobierno de Portugal?

La rocambolesca aventura en la que también se vio implicada Ana de Austria, otra sobrina del conocido como rey Prudente, y que generó una reseñable tradición literaria —la obra de teatro de Zorrilla Traidor, inconfeso y mártir (1849) o la extensa novela de Manuel Fernández y González—, la rescata ahora la Editorial Renacimiento con Historia de Gabriel Espinosa, una reedición de la crónica del proceso que el impresor Juan Antonio de Tarazona publicó en Jerez de la Frontera en 1683.

El proceso judicial

La conspiración, que pretendía colocar en el trono luso a Antonio de Portugal, prior de Crato y el mayor enemigo de Felipe II en esta empresa, se descubrió en los primeros días de octubre de 1594. Un chivatazo le llegó a don Rodrigo de Santillana, alcalde del pueblo, de que un hombre "vil y baxo" tenía en su poder unas joyas exquisitas que podían ser robadas: un vaso de unicornio, una taza de oro, piedras preciosas, una sortija con el retrato del monarca castellano o un medallón con la imagen de Ana de Austria, hija de Juan de Austria, célebre héroe de Lepanto. Además, se le confiscaron unas cartas en las que se le trataba de "su Magestad (sic)".

Gabriel de Espinosa, natural de Toledo, abandonado por sus padres en una iglesia y que había sido pastelero por diversos pueblos de España, aseguró tras ser detenido que las reliquias se las había regalado doña Ana, enviada con tan solo seis años al monasterio de Nuestra Señora de Gracia la Real de Madrigal, perteneciente a la Orden de San Agustín. Ambos se habían conocido en la villa abulense en junio de 1594, cuando el misterioso y elegante hombre que supuestamente se parecía al difunto rey de Portugal y se desenvolvía en seis idiomas les cobró personalmente a ella y a fray Miguel de los Santos unos pasteles que le habían encargado.

Portada de 'Historia de Gabriel de Espinosa'. Editorial Renacimiento

Fue precisamente este personaje el azuzador de toda la intriga: embaucó a Espinosa e hizo que interiorizara a la perfección su papel de rey en la sombra, prometiéndole un enlace matrimonial con Ana de Austria. Durante el proceso judicial que se extendería un año, el agustino terminó confesando (bajo tortura) que fue él quien persuadió a su títere y que la trama de la resurrección del rey don Sebastián, con la complicidad del prior de Crato, se explicaba en el disgusto que le produjo ver cómo el reino de Portugal había sido anexionado a la Corona española.

Sus engaños los pagó fray Miguel de los Santos con la horca el 19 de octubre de 1595, cumpliéndose una sentencia ratificada por Felipe II. Su cómplice, Gabriel de Espinosa, sufrió el mismo castigo; además, su cabeza fue colgada de una pica en la muralla de Madrigal y sus miembros descuartizados y expuestos en los caminos como advertencia ante los nuevos embusteros. 

Paradójicamente, la inocente Ana de Austria, que llegó a creerse la película de que el suplantador era en realidad el rey portugués, su primo, con quien podría casarse tras recibir el beneplácito del Vaticano, como se lo prometió el fraile, no se libró de las represalias: fue desposeída de todas sus pertenencias y condenada a una vida de absoluta incomunicación en un convento de Ávila. Por suerte, la historia tiene un final feliz para ella: con Felipe III en el trono, sus bienes le fueron restituidos y pudo volver al monasterio de Madrigal, donde la eligieron priora.