El 8 de enero de 1634, el pueblo de Barcelona se congregó para presenciar el ahorcamiento de Joan Sala i Ferrer, a quien todos conocían como Serrallonga. A sus 39 años, había sido condenado por bandolero, por robo, por asesinato y, probablemente lo que más pesó, por haberse apropiado de los envíos al rey Felipe IV del dinero recaudado en impuestos en Cataluña. Dicen las crónicas que la mayor parte de los que se congregaron le recibieron con vítores e insultos a la autoridad, y que la impartición de justicia fue más dramática de lo habitual: al parecer, la horca falló, y Serrallonga tuvo que ser rematado a cuchillo. Según la leyenda, en ese justo momento se le paró el corazón a uno de sus hijos, que contemplaba el macabro espectáculo, y se dijo que aquel cuchillo había conseguido segar dos vidas con un solo tajo.

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Fue el final de la vida de Serrallonga, pero su leyenda no hizo más que empezar. Tanto fue así, que pronto lo que no dejaba de ser la historia de un delincuente que medraba a partir del asalto a las masías, para lo que no dudaba en recurrir al secuestro y al asesinato, se terminó convirtiendo en la crónica de un Robin Hood patrio. Se decía que todo lo que robaba a los ricos lo repartía luego entre los pobres (falso), e incluso se llegó a decir que Joana Massissa, la joven a la que había secuestrado en 1633 y que terminó convirtiéndose en una más de su partida, era una rica noble: en realidad, era una campesina pero, eso sí, capaz de desenvolverse como el más aguerrido de los miembros de su banda.

Imagen de la serie Serrallonga, coproducida por TVE y TV3.

A finales del siglo XVI y principios del XVII, el bandolerismo era un fenómeno muy arraigado en Cataluña, como demuestra su aparición en la segunda parte del Quijote. Y, como no podía ser menos, era también un reflejo de la convulsa situación política del momento, en el que la élite de la nobleza catalana se encontraba dividida en dos bandos: los más cercanos a Francia y los que preferían reforzar sus relaciones con la monarquía hispánica. Los primeros recibían el nombre de "nyerros" (por Nyer, una localidad en los Pirineos orientales), y recibían el apoyo de los nobles; los segundos, conocidos como "cadells" (cachorros), y localizados sobre todo en las zonas del litoral, contaban con la simpatía de la incipiente burguesía. La particular guerra que vivieron ambos bandos fue un estupendo caldo de cultivo para atraer a buscafortunas, hombres que huían de la justicia y buscaban desaparecer, y simples aventureros.

Serrallonga era un nyerro; de hecho, era hijo de un noble, y había recibido el sobrenombre cuando casó con Margarida Tallades, heredera de la masía Serrallonga en Querós, cerca de Sant Hilari. Un incidente oscuro, del que no se sabe demasiado, en el que mató a varios hombres que le habrían reconocido como la persona que les había robado, le llevó a tirarse al monte y emprender su carrera de bandolero. Reunió a una banda que pronto fue famosa en toda la comarca, asaltando masías y alimentando cada vez más su leyenda por la facilidad con la que se escapaba cada vez que era apresado, algo que probablemente tuviera mucho que ver con sus lazos familiares y los importantes sobornos que era capaz de pagar.

Grabado romántico de Serrallonga.

Sin embargo, en 1627, con la complicidad de muchos campesinos, tuvo que refugiarse durante un año en el Rosellón, donde fue acogido como un héroe. Aún continuaría sus andanzas hasta que, en 1633, fue apresado en Santa Coloma de Farners (Girona) y llevado a Barcelona. Esta vez, el virrey venía dispuesto a utilizarlo de manera ejemplarizante: le fue imposible escapar, fue cruelmente torturado y sus restos repartidos entre las distintas poblaciones que habían acogido sus andanzas.

Cuando la situación catalana se agravó, lo que acabaría desembocando en la sublevación de 1640, creció en toda España el interés por conocer la realidad de lo que sucedía allí, y Serrallonga se convirtió en el nombre perfecto. Así, tres autores de la talla de Antonio Coello, Francisco de Rozas Zorrilla y Luis Vélez de Guevara estrenaron en 1635 una obra escrita en colaboración, El catalán Serrallonga. Fue tan solo el pistoletazo de salida de toda una catarata de títulos que no hicieron más que crecer con el Romanticismo y la Renaixença. Novelas, poemas, zarzuelas, bailes populares y, más modernamente, películas y series de televisión... El mito Serrallonga, desde luego, no murió un día como hoy de hace 383 años.