El cine ha visto enésimas adaptaciones de las aventuras de Sherlock Holmes. Es normal, las trasma e intrigas del detective más avispado y divertido que existe triunfa tan bien en las páginas de las novelas de Arthur Conan Doyle como en las versiones cinematográficas. Hay un poco de todo: intriga, giros, acción y hasta un punto romántico.

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Mientras que las primeras versiones fueron más elegantes e ‘inglesas’, ya las últimas, las protagonizadas por Robert Downey Jr, bajaron al personaje al barro, a la calle. Tenía un toque más canalla. Mantenía la brillantez y la inteligencia, pero tenía algo de los personajes del cine de Guy Ritchie. Su Holmes podría haber estado perfectamente en Snatch.

Quizás la inspiración de Ritchie para darle ese toque no estaba sólo en su cine, sino en el detective que comenzó todo, el primero y el único real, el francés Eugène-François Vidocq, que desde comienzos del siglo XIX comenzó su ascenso desde los barrios y los delitos hasta convertirse en el primer director de la ‘Seguridad Nacional’ y en uno de los primeros investigadores privados.

Fotograma de El emperador de París.

A Vidocq se le atribuyen avances en el campo de la investigación criminal, como la creación de expedientes con las pesquisas de los casos, y fue el primero en utilizar moldes para recoger huellas de la escena del crimen. Sus andanzas y aventuras llegan a oídos de los literatos, y siempre se ha pensado que Edgar Allan Poe coge mucho de Vidocq para su Auguste Dupin, en 1841, y que también inspiraría a Víctor Hugo para crear tanto a su Jean Valjean como al inspector Javert en Los miserables. Ni que decir tiene que Vidocq es el comienzo indudable de Sherlock Holmes.

Lo raro es que con una historia tan potente (Vidocq comenzó como ladrón, escapó de varias prisiones y acabó siendo una autoridad contra el crimen), haya sido llevado en escasas ocasiones al cine. La más relevante llegó en 2001 protagonizada por Gerard Depardieu como Vidocq y con Pitof a los mandos. Un filme que se vendió como el primero rodado íntegramente en digital y que sólo era una apuesta visual recargada y delirante que ahondaba poco en el espíritu del personaje. Podría haberse llamado de otra forma que hubiera dado igual. Pitof acabaría hipotecando su carrera poco después con su terrible versión de Catwoman que casi acaba con la carrera de Halle Berry.

Fotograma de El emperador de París.

Ahora llega El emperador de París, una nueva película con Vidocq como protagonista, y aunque no se pueda decir que el resultado es brillante y redondo, sí que al menos muestra interés por contar quién era este señor y sus orígenes antes de convertirse en jefe de la seguridad nacional. El emperador de París tiene, cómo no, una historia de suspense que desentrañar, pero mantiene como centro la peculiar personalidad del investigador al que da vida el siempre carismático Vincent Cassel.

Puede que Jean-François Richet no fuera la persona más adecuada para realizar este filme. Está más centrado en lucir el altísimo nivel de producción que en encontrar el corazón de su personaje y de su historia, pero cumple en mantener el ritmo y el interés durante las dos horas de película. Todo se ve con gusto, aunque sin apasionamiento, y uno se deja engatusar por un filme que es un gusto en cada apartado técnico.

A Richet se le ven las costuras, su paso por Hollywood -dirigió el remake de Asalto al distrito 13- y su gusto por el cine de acción, y lo muestra en escenas a las que quiere dotar de épica y espectacularidad pero que son parches violentos que convierten al filme en otro blockbuster francés en vez de en la película que un personaje como Vidocq necesita. Es un paso adelante, un Progresa Adecuadamente, como dicen en los colegios, mientras se busca a alguien que le haga justicia y le de a conocer en todo el mundo.