Bilbao

Alejandro Amenábar (Santiago de Chile, 1972), cuya familia salió del país huyendo de Pinochet cuando él apenas contaba un año, se ha sentado este lunes frente a un auditorio con 300 estudiantes que quieren ser cineastas y ha dicho que estaba “cagado”. Lo han citado en el Guggenheim de Bilbao para dar una master class, de la mano de SundanceTV, pero Amenábar, que huye de esos términos, en realidad, se ha sentado a hablarle a su yo de hace 20 años.

En 1996 era un chaval cansado del “mal programa” que le daba su Facultad -la de Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid- y estaba deseando hacer cine. Hizo lo único que tenía a mano: cortos. Antes de que José Luis Cuerda lo adoptase pretendía especializarse en técnico de sonido pero le tocó la suerte e hizo su primera película basándose en sus compañeros de clase. La cinta se titulaba Tesis (1996) y de repente se convirtió en el niño prodigio del cine español.

“En mi primera película me fui con mis amigos detrás de una marquesina del autobús enfrente del cine donde se pasaba a ver si había cola, pero no había nadie”, cuenta Amenábar. Ahora dice que procura no obsesionarse tanto, lo dice serio como quien ha aprendido que el cine es un negocio y que no siempre se gana. El director sentencia que lo suyo no son los números, pero afirma “que al final siempre tienes que acabar hablando de dinero”. Amenábar conoce la industria y habla de un mercado cambiante, de nuevas plataformas que dan acceso al cine: “Llegaremos a un modelo como Spotify donde pagas diez euros y puedes escuchar toda la música pero en el cine”. Habla de la “travesía del desierto” que él se ha visto obligado a hacer para conseguir financiación y desmitifica a los chavales que lo escuchan la idea utópica del séptimo arte. Amenábar pisa en tierra.

20 años y 6 películas

“Me gustaría hacer más películas, pero no me da para más”, afirma señalándose la cabeza. Se para a pensar y sentencia que “después de 20 años y 6 películas creía que haría más”. Habla al público -chicos de entre 15 y 20 años que le preguntan si necesita actrices- y cuenta que cuando rodaba su primera película “tenía miedo que nadie me hiciera caso”. Entonces tenía 24 años e hizo uno de los grandes thrillers españoles. La película ganó siete premios Goya, incluidos los de mejor película y mejor director novel. Un año más tarde rodó Abre los ojos (1997) y hoy afirma que es lo peor de su carrera: “Está escrita por adolescentes, no sabíamos nada de la vida, hay una sensación muy teenager”. Los estudiantes no se andan con rodeos y le preguntan sobre la versión -Vanilla Sky- que hizo Cameron Crowe: “Hicieron el típico remake, hay un fallo de tono pero ya lo había en mi película. ¿Es un thriller? ¿Es una peli de amor? Es una mezcla. Hay muchos errores en mi cinta y los copiaron todos”.

"Hay muchos errores en 'Abre los ojos' y en el remake de 'Vanilla Sky' me los copiaron todos"

Se enorgullece de Mar adentro (2004), la declaración política que hizo sobre la vida de Ramón Sampedro, y la pone como ejemplo sobre lo que es buscar una historia: “Una idea es una mina que vas cavando, Mar adentro es una veta que llevaba picando desde hace tiempo. Hay algo que de repente te hace click”. El año pasado estrenó su último trabajo hasta la fecha, Regresión, y después cuenta que se encerró en la mina pero ya “he encontrado una historia y tengo un guion”. Se declara un director capaz de trabajar con los textos de otros, parece que se pone el casco, coge el pico y se pone a buscar, aunque no siempre encuentre porque “para mi hacer una película es una manera de expresarme aunque a veces me lleve tiempo”.

El humor de Amenábar

Amenábar afirma que le “encantaría rodar Ocho apellidos vascos 3” porque cree que sus mejores películas son las que “tienen algo de humor”. Entonces, se da cuenta que público está atónito y rectifica medio riéndose “bueno, algo, algo”. Cuenta que lo que, de verdad, tienen en común sus películas es “la razón. Juego mucho con el engaño como modo de despertar nuestra conciencia” y -ahora sí- la sala asiente. Los 300 chavales que quieren ser Amenábar le dicen que cuando ven algunas de sus películas se sienten engañados, le preguntan por planos que hace 12 años que les interrogan y les cuentan que ellos también están cansados de sus planes de estudio. El director les recuerda lo que le dijo a él un profesor: “Una película es una obra colectiva”. “No os obsesionéis con ser directores”.

"Mis películas tienen en común un recorrido sobre la razón. Juego mucho con el engaño como modo de despertar nuestra conciencia"

Amenábar es consciente de lo que se espera de él y también de sus limitaciones: “Me dicen mucho que tengo que hacer otra historia como Los otros y les digo que sí, que también”. El director no engaña y afirma que “hay veces que me siento a escribir y no se qué coño hago”, pero que otras “parece que me lo están dictando porque no me cuesta". Entre Regresión y su anterior trabajo pasaron seis años y aunque admira a Woody Allen él trabaja como un artesano, va creando, picando y buscando la historia que le permita levantar a la gente del sofá para ir al cine. Y en eso "te la juegas y es muy gordo".

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