Históricamente el poder siempre ha tratado de controlar el arte. Aunque también existe arte marginal que lucha contra los estándares de una época concreta, la Iglesia rápidamente encontró en la arquitectura, escultura y la pintura una herramienta para enseñar al pueblo analfabeto la palabra de dios. Lo mismo hicieron las monarquías absolutas para engrandecer su influencia real.

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Casi de manera foucaultiana, este discurso basado en el poder es observable en diferentes aspectos del arte que poco a poco el siglo XXI ha ido desenmascarando. Lo hizo el Museo del Prado exponiendo obras de mujeres pintoras por su bicentenario mientras que la mayoría de cuadros representaban figuras femeninas solo había seis lienzos de mujeres en 2018—. Ahora, el Museo Thyssen descubre la relación del arte con la comunidad LGTBI, vinculación histórica a priori desconocida.

"En Amor diverso, una nueva mirada, diferente a la aportada hasta ahora por la historiografía tradicional, se posa sobre las obras", dice el museo en un comunicado. Así, el recorrido temático se divide en dos: la primera parte se centra en los maestros del Renacimiento hasta el final del siglo XIX. La segunda explora el arte de las sociedades modernas y el nacimiento de la concepción actual de la homosexualidad. En definitiva, el propósito de la visita pretende poner sobre la mesa "iconos y personales relacionados con la sensibilidad, la cultura y las vivencias del colectivo LGTBI (lesbianas, gays, transexuales, bisexuales e intersexuales) que han estado siempre presentes en el arte pero que han sido invisibles a lo largo del tiempo".

Retrato de un joven como san Sebastián (1533) Bronzino Museo Thyssen

San Sebastián siempre ha estado ligado a la comunidad gay —de ahí que Thomas Mann lo calificara como un "nuevo tipo de héroe" en la novela Muerte en Venecia—. "Si relevantes pensadores religiosos victorianos intentaron masculinizar al santo, un ejército de artistas decadentes estaban dispuestos a convertirlo en un icono del vicio y la corrupción", describe el museo. De esta forma, artistas como "Gustave Moreau, Odilon Redon, Oscar Wilde y Aubrey Beardsley subrayan su elegancia disoluta, su sensualidad morbosa y crean con sus flechas y su postura sinuosa una cierta estética de lo 'homosexual sublime'". De esta manera, Retrato de un joven como san Sebastián de Bronzino está expuesta en la sala número siete.

Deseo de penetración

En esta línea, el psicoanalista Sigmund Freud también profundizó en la simbología de San Sebastián. Según el austríaco, muy dado a las teorías sexuales, "la actitud receptiva y hasta llena de felicidad con que el santo recibe las saetas estaría vinculada con el deseo de penetración y hablaría de las vetas sadomasoquistas o narcisistas del mito".

No obstante, la asociación del santo con la homosexualidad no se debe únicamente a las palabras de Freud. El mártir es visto metafóricamente como un ente más de lo reprimido que se puede encontrar el colectivo LGTBI. Su historia no es la de una pasión compartida, sino la de un martirio individual: "Un martirio causado por una confesión, la de su fe, que enlaza muy bien con el modo contemporáneo de pensar la homosexualidad, no como un hecho inmoral o punible, sino como un acto de reafirmación de la identidad."

David con la cabeza de Goliat y dos soldados (1620). Valentin de Boulogne Museo Thyssen

El David y Goliat más cariñoso

La pintura de Valentin de Boulogne, aunque actualmente no se encuentre expuesta, representa de forma majestuosa la mirada andrógina de David tras matar a Goliat, y resaltan sus dedos de la mano derecha y cómo "se enredan sensualmente en los cabellos del filisteo en una suerte de caricia que contrasta con el acto que acaba de cometer". Y es que David también ha sido relacionado con el colectivo homosexual. Según los textos bíblicos, cuando David llora la muerte de Jonatán, íntimo a él, exclama: “Tu amor me era más dulce que el amor de las mujeres”.

Con el paso de los siglos, el recorrido del Thyssen ofrece obras que se alejan de la mera simbología para ahondar en la temática homosexual de forma clara. Marc Chagall había llegado a París en 1911 y quedó prendido por la capital cultural y su vida nocturna. No pasaría mucho tiempo hasta que frecuentara los Ballets Rusos, donde mantuvo contacto con el fundador de la compañía. Por otro lado, conoció a Vaslav Nijinsky, bailarín estrella de los Ballets Rusos. Los historiadores del arte han llegado a la conclusión de que la figura de Desnudo, pintada en 1913, se trata precisamente de Nijinsky.

Desnudo (1913). Marc Chagall Museo Thyssen

El bailarín siempre se consideró abiertamente homosexual y lo reflejaba, de forma consciente, en sus coreografías; "estas liberaban una carga sexual que a menudo se tornaba casi en violencia, alejándose genuinamente de la fluidez del ballet francés coetáneo y causando grandes revuelos en cada estreno". La polémica que más impactó a la sociedad francesa fue la vez que representó Preludio a la siesta de un fauno, con coreografía propia y música de Claude Debussy. El diario Le Figaro llegó a criticar duramente al artista, dudando de la calidad "moral" de su actuación.

Otra de las joyas por las que apuesta el museo madrileño en Amor diverso es Retrato de George Dyer en un espejo de Francis Bacon. El pintor irlandés se marchó a vivir a Berlín en 1925. Su padre buscaba que allí pudieran "hacer de él un hombre". El sueño paterno no pudo salir peor parado, pues Bacon llegó a una Berlín donde imperaba la libertad sexual europea —desde principios de siglo se distribuían revistas con desnudos masculinos y se estrenaban películas de cine gay—. La homosexualidad estaba vista como "chic, vanguardista". Dos años después se mudó a Londres, donde conoció a su futuro amante Roy de Maistre. A partir de ese momento, sus relaciones se centrarían en hombres mayores "con los que establecía unas relaciones de poder altamente tóxicas cuyo componente dramático queda plasmado de forma contundente en los copiosos retratos que hizo de sus amantes".

Retrato de George Dyer en un espejo (1968). Francis Bacon Museo Thyssen

Sin embargo, hubo un joven del que Bacon se quedó prendido. Su nombre era George Dyer, "un ratero prácticamente analfabeto". La nueva pareja del pintor abandonó el mundo criminal pero cayó en el alcoholismo y terminó suicidándose en 1971. Tres años antes lo retrató frente a un espejo con los rasgos artísticos más representativos del dublinés. "Yo no deformo por el placer de deformar; (los personajes) no están sometidos a tortura. Pruebo, intento transmitir una realidad de la imagen en su fase más desgarradora", decía. 

Tal y como detalla el comunicado del Thyssen, la salpicadura de pintura al óleo ubicada a la altura de la entrepierna de Dyer podría "considerarse una alusión a la eyaculación y por tanto al carácter eminentemente sexual de la relación entre ambos".

Aparte de los lienzos mencionados también están disponibles cuadros como El nacimiento de Venus (Rodin), Retrato de Millicent (John Singer Sargent) o El griego de Esmirna (Ronald B. Kitaj) y se trata un homenaje complejo que tiene como hilo conductor el colectivo LGTBI. Cabe matizar que esta iniciativa coordinada por Ignacio Moreno Segarra y María Bastarós no es una exposición en sí misma, sino que es un "recorrido temático" en el que se disponer de una audioguía que se adquiere junto a la entrada al museo.