Una escuela en Bastipur, una experiencia dura, un entorno bello, una población feliz. Nepal sigue en ruinas. Los pueblos están embarrados, todo. Los restos de las casas todavía, un año después, siguen en medio de la calle. En las poblaciones han emergido grandes solares y tiendas de campaña de la Cruz Roja China.

“Pero nadie se lamenta. Todos siguen con sus vidas. Los niños juegan en las plazas y ríen. Las mujeres hacen la colada o se lavan el pelo en la calle. Es sábado, día de lavar la ropa. Los hombres están tumbados en los porches”. La artista Paula Bonet, que acaba de inaugurar la exposición Y llegas a perforarme en el blanco de mi sed (en la galería Pepita Lumier de Valencia), ha viajado hasta allí para dejar algo: un mural en la escuela.

Paula Bonet en un momento de su viaje a Nepal. Noemí Elías

En el trayecto le acompañan la ilustradora María Herreros y la fotógrafa Noemí Elías. La ONG Nepal Sonríe ha hecho el resto. “La idea de la ONG surgió cuando María habló de pintar un mural. Contacté con Nepal Sonríe y en tres días estábamos en Bastipur. Casi pegados a la India, con un calor y una humedad excesivos. Recorrer 260 km nos llevó 10 horas, a pesar del privilegio de llevar conductor”, explica Bonet a este periódico. Éste es su viaje.

Temblores

“Me atraía la idea de conocer un lugar donde la tierra tiembla igual de fuerte que en Chile. La penúltima vez que estuve no viví un temblor, viví un terremoto de 8.5. Sin embargo, aquí todo está lleno de campos de refugiados, en medio de Katmandhu y alrededores. Hace más de un año del terremoto. En Nepal la catástrofe sobrecoge”.

Ruinas

“En el centro de Katmandhu hay varios templos convertidos en escombro. Allí siguen: todo tirado por el suelo o apuntalado. Parece que estará mucho más tiempo así, la reconstrucción necesita un capital muy elevado. Muchos de esos edificios ya estaban muy deteriorados antes del terremoto, no tenían medios para restaurarlos”.

Paula Bonet y María Herreros, fotografiadas por Noemí Elías.

Alegres

“Pensaba que encontraría un pueblo triste y devastado. Polvo y pesimismo. Encontré la gente más alegre, honesta y buena que he visto nunca. No tienen nada y te lo dan todo. En Katmandhu nadie intenta timar a tres tías guiris que se ve de lejos que son muy guiris. Podíamos caminar tranquilamente por cualquier calle. Da la impresión de que no están afectados por lo que han perdido (hablo sólo de cuestiones materiales), porque ya no tienen nada. Es tristísimo”.

Familiares

“Nos quedamos a dormir en casa de una familia de Batispur. Vivían los abuelos, los padres y los tres hijos. Era una de las casas más limpias del pueblo y tenían alquiladas dos habitaciones a las chicas de la ONG. Cenamos con ellos, compartimos la comida de la escuela y la que ellos tenían. Todo muy sencillo y muy sabroso. Dormimos en unas camas durísimas e intentamos ducharnos en un lavabo extremadamente hediondo. Apenas tienen agua y las heces nunca acaban de desaparecer. Si te descuidas no puedes ducharte, porque el agua se acaba rápidamente”.

María Herreros toma unos apuntes antes de empezar su trabajo en la escuela. Noemí Elías

Contratiempos

“De repente caía una lluvia densa y dura y apedreaba la pared en la que estábamos pintando. Toda la pintura resbalaba por el muro, el dibujo a la mierda. Con la humedad no se había secado. Vuelta a empezar. Sin saber si iba a caer otro chaparrón en 15 minutos. Cortes de luz a todas horas. Un calor achicharrante, desde las ocho de la mañana hasta que bajaba el sol. Empezábamos a pintar a las 6 de la mañana. Las chicas de la ONG nos decían que si superábamos eso ya podíamos pintar en cualquier sitio. Y creo que tenían razón”.

Pinceles

“La calidad de las pinturas dejaba mucho que desear. El negro era morado. No teníamos agua ¡Limpiar los pinceles era algo complicadísimo! Y tienen que limpiarse con mucha frecuencia. Nos decían que bajáramos al río. ¿Cómo iba a limpiar los pinceles en el río? Nos subían agua del río, limpiábamos allí los pinceles, y después la echaban al río de vuelta. Al final, bajamos a limpiarlos al río. Hay basura por todos lados: en el campo, en las calles, en el agua”.

Niños

“Me molestaba no haber tenido tiempo de preparar el mural. Me gusta planear los trabajos que hago, hacer bocetos, desarrollar una idea. Controlarlo absolutamente todo. Allí no pudimos controlar absolutamente nada. Al final, nos dejamos de ideas, de autorías, de querer hacer la mejor pintura, y nos pusimos con los niños y a pensar en los niños. Nos ayudaron a pintar, nos metimos en su cultura. María pintó la botella de agua potable que los había salvado de ciertas enfermedades, pintamos toda la fauna que pudimos, también algunos símbolos. Venían, se iban, miraban, preguntaban, querían coger los pinceles. Jugamos con ellos a pintar la mayor parte del tiempo. Me sentía realmente afortunada. Cuando preguntabas: “How are you today?”. Contestaban eufóricos: “Happy!!”. Lo recuerdo y me sigo emocionando.

Cadáveres

“¿Hay belleza en medio de la tragedia? Mucha. Lo poco que he visto de Nepal (Katmandhu, Bhaktapur, Patan y Bastipur) es bellísimo. Decadente, vivo, entrañas fuera del cuerpo y al sol. A pesar de que el río sagrado esté lleno de mierda, sus aguas purifican y los niños entran en él mientras un muerto está acabando de reducirse a cenizas en la misma orilla. Un muerto o tres muertos. Nos dijeron que hay días que queman más de 30 cadáveres”.

Aprendizajes

“Sinceramente, creo que me llevo mucho más de lo que dejo. Es bonito pensar que el mural que hemos pintado María y yo será la imagen que verán esos niños preciosos durante su infancia, cada día. Quedará guardada en sus retinas y estará llena de significados que recordarán cuando sean mayores, en un ejercicio de nostalgia. Pero eso es muy poco comparado con todo lo que he aprendido. Por cómo vuelvo: rota pero más firme que nunca. No hay desgarro ni melodrama, sólo hay vida: la vida misma, dura cuando es dura, complaciente cuando es complaciente. Fácil a veces, otras veces difícil”.