Jaime Gil de Biedma decía en Pandémica y Celeste que no pudo desnudarse nunca, que jamás pudo entrar en unos brazos "sin sentir -anque sea nada más que un momento- igual deslumbramiento que a los veinte años": nuestro gran concupiscente, nuestro hedonista de guardia. Sabía también que "para saber de amor, para aprenderle, haber estado solo es necesario": "Y es necesario en cuatrocientas noches -con cuatrocientos cuerpos diferentes- haber hecho el amor. Que sus misterios, como dijo el poeta, son del alma, pero un cuerpo es el libro en que se leen". 

Celebró -"alegres como fiesta entre semana"- las experiencias de la promiscuidad pero aclaró que de nada le valdrían "trabajos de amor disperso" si no existiese el verdadero amor. Sobre este poema que lo contiene todo -las enormes dudas, los pavores, las tensiones, el paso del tiempo, las grotescas excitaciones, la ternura, la curiosidad, la biología, la filosofía, el afecto- se construye la nueva novela del brillante Luisgé Martín, Cien Noches (Anagrama), que le ha valido el Premio Herralde.

Es la historia de Irene, que empieza ahondando en trabajos de laboratorio sobre el comportamiento sexual de las ratas -que dan ciertas claves sobre la fidelidad o promiscuidad de los mamíferos según su sexo- y acaba obsesionándose por investigar la misma pulsión en los humanos. Lo hace ella misma, en su intimidad y en su observación. Lo hace ella misma con sus hombres cobaya. Hasta que se pilla: claro. Es ahí donde acaba el juego del sexo y empieza la vida, la verdadera tragedia de la vida: en el amor.

Luisgé piensa, como el propio Gil de Biedma, que el sexo no es meramente sexo -esto no va de sudor ni de cuerpos chocando, no va de penetración ni de saliva-: entiende el erotismo como una manera de acercarse a los grandes enigmas del ser humano. El sexo para quitarse las máscaras. El sexo para entender quiénes somos cuando caen las máscaras, cuando cae la urbanidad, cuando nos dejamos quitar la piel del civismo, de la cultura y de la mirada de los otros. 

Así que cien noches es lo que dura la mecánica del deseo. Qué vértigo, ¿no?

Es un número redondo que no corresponde del todo con la realidad, suelen ser algunas más. Sí, da vértigo porque nos hemos acostumbrado a pensar en el amor de una manera demasiado ligada al deseo, pero si consiguiéramos desligarlos podríamos ser algo más felices. El amor es algo que tiene que ver con compartir la vida en un sentido mucho más ancho, más amplio, y es insustituible; el deseo sí es sustituible. Deberíamos tender a una moral o a una ética en la que el deseo no fuera ni el obstáculo ni el único ingrediente del amor.

Es curioso. Se desea más lo que no se conoce, pero se ama más lo que se conoce. Un concepto expulsa al otro.

Sin duda hay un cruce. El deseo va disminuyendo a medida que uno conoce a su pareja, tanto por la repetición como por la mecánica, como por lo que tiene el deseo de búsqueda de lo novedoso, mientras que en el amor, si todo va como tiene que ir, todo funciona en sentido creciente: van desapareciendo zonas de duda, vas acumulando recuerdos, lazos, va contando a favor el tiempo… que en el deseo, sin embargo, juega en contra. Uno va para arriba y otro para abajo.

Hay que enfrentarse a las relaciones sin momentos de pánico: “¿Qué hago? Pensé que toda mi vida me iba a gustar Angelina Jolie, pero no era para tanto, después de cinco años ya me la sé… ahora me gusta esta otra chica que no tiene demasiados seguidores pero me da juego…”. Ese es el juego del deseo.

¿Hasta dónde se puede ser imaginativo el deseo? ¿Puede el deseo regenerarse, tiene ciclos?

Yo tengo la sensación de que no puede regenerarse. Pienso en Lunas de hiel, un libro malo pero una peli buena de Polanski que habla justo de eso. La pareja va buscando distintas etapas de descubrimiento erótico y subiendo la apuesta, pasan por el sadomasoquismo y ya no sé si llegan al asesinato, pero sin duda sí a las lesiones múltiples. El deseo tiene fecha de caducidad pero no creo que por eso desaparezca el sexo. En este momento de mi vida un beso, una caricia o un coito tranquilo me es mucho más interesante y me apetece más que una orgía desenfrenada, creo que le pasa un poco a todo el mundo. 

Claro: como que esto no es una competición a ver quién es más vanguardista o más salvaje, y que eso no es proporcional a la satisfacción.

Eso creo. De hecho, en el caso de Irene, la protagonista de la novela, y en mi caso, hay incompatibilidad de ciertas prácticas eróticas con los afectos y la ternura. Hay cosas que me pueden excitar sexualmente pero no con alguien a quien amo o hacia quien siento ternura. Pienso también que el deseo puede regenerarse con la ausencia: parejas que se separan en un estado de deseo light, flojito, y se reencuentran con una pasión renovada en esa segunda etapa.

¿Tiene algún tipo de sentido la monogamia en el contexto de una vida donde somos seres eróticos hasta el final?

La monogamia entendida desde un sentido afectivo, para mí, totalmente. Soy un hombre en pareja y creo en la vida compartida, en ese algo que me aferra a la tierra y a la vida. No podría tener dos relaciones paralelas. Ahora bien, la monogamia entendida como fidelidad sexual eterna es un disparate religioso, es la Iglesia católica metiéndose en nuestras alcobas. Bueno, todas las iglesias, supongo.

Y es el miedo: miedo a ser abandonados. Mira, en mi primera relación seria hubo más adulterio espiritual que sexual. Era muy celoso, me vigilaba… pero a la vez me traicionaba en cosas que para mí eran más importantes: tenía con algunas personas una confianza íntima que conmigo no tenía, y eso me parece mucho más grave que la infidelidad sexual.

El libro tiene esa cosa detectivesca de amigos tuyos escribiendo sobre infidelidades reales… ¿cómo de grande es la tentación de espiar al otro? ¿Cómo podremos sacar adelante la confianza, ese acto enorme de fe, especialmente para los que somos ateos? Y algo más: ¿el escritor es un mirón?

Yo soy un mirón convencido, confeso, antiguo y reincidente. En 1994 hice un experimento sociológico que consistía en escribir anuncios por palabras en periódicos y revistas porno haciéndome pasar por todo tipo de perfiles y esperando recibir cartas. A cambio de sexo, buscaba alguien que me convenciera epistolarmente de sus virtudes sexuales. Reuní todas las respuestas en un libro: Amante del sexo busca pareja morbosa, ya está descatalogadísimo.

¡Me escribieron más de tres mil…! Todo era clandestino, en un apartado postal… la mayoría de la gente tenía fantasías sexuales bastante vulgares, pero hubo cosas interesantes: gente con posturas sexuales de acróbata, gente que se metía en esto para putear a los demás, timarlos y enterarse de su identidad... un hombre masoquista que lo pasaba mal porque no encontraba a ninguna mujer masoquista… recuerdo que se veía “obligado”, entre comillas, a acudir a prostitutas porque no lograba encontrar a su igual, a su correspondiente, pero a la vez sufría porque sabía que la prostituta sólo disfrutaba de eso falsamente. Me enviaron pobrecitos con semen dentro..

Vaya.

Pues sí.

Yo también me he preguntado mucho, como tú en Cien noches, si la sociedad que hemos creado tiene alguna lógica. Estamos organizados en parejas que se presuponen cerradas y monógamas pero que se engañan continuamente, que se son infieles, o, al menos, alguna de las dos partes. ¿Por qué no cambiar de modelo?

Es una buena pregunta para la que no tengo respuesta: esa idea de la religión que comentábamos… pero cualquiera mínimamente ilustrado sabe que el sexo va mucho más allá de la función reproductiva, que el sexo homosexual no es reproductivo y que el erotismo es un juego cultural que no tiene que ver con la procreación. Los métodos anticonceptivos liberaron a la mujer en ese sentido… creo que es todo ese miedo al abandono que mencionábamos, la idea de que si mi pareja se acuesta con otra persona, de esa unión azarosa puede surgir la destrucción de mi amor con ella.

Pienso en parejas abiertas que tienen pactos internos, como: oye, podemos acostarnos con otras personas pero prohibido seguir teniendo relación con ellas, o darnos el teléfono, o hablar en más ocasiones… eso me hace preguntarme: ¿dónde surge realmente el amor? ¿En la palabra, en el contacto físico…? ¿Qué zona es la más peligrosa?

Bueno puede surgir un encoñamiento o empollamiento de alguien por su belleza, su sonrisa, su gesto… feromonas… fascinación… pero el salto entre el enamoramiento y el amor requiere de algo más profundo, como la diferencia entre acostarse con alguien y dormir que creo que estableció Milan Kundera. El amor se basa, en realidad, en compartir una mirada semejante del mundo. Hay gente a la que empotraría pero con la que jamás podría vivir, porque son personas completamente alejadas de lo que yo necesito. Y con los años cada vez tenemos más manías, somos más dogmáticos, más enfocados y más precisos en esas pruebas.

¿Hay más tabúes en el mundo hetero a la hora de abrir las relaciones? No tengo datos, pero sí la sensación de que las parejas gays son más progresistas en eso.

Sí, es más fácil en el mundo homosexual, aunque hay diferencia entre hombres y mujeres: las lesbianas no suelen tener parejas abiertas. Y luego hay una cosa muy instrumental y muy banal que hace que sea más fácil tener una pareja abierta en el mundo gay, y es que es más fácil hacer un trío cuando a los dos hombres de la pareja le gustan los hombres. O dos mujeres con una tercera mujer.

Pero en la pareja heterosexual se complica el triángulo. Las relaciones homosexuales están recientemente bendecidas: toda mi juventud viví la sexualidad en los márgenes, en la exclusión… por eso esas relaciones están más entrenas en el desarraigo, en la promiscuidad y en la búsqueda del sexo a través de canales más oscuros. Quiero decir: si eres heterosexual ligas en el colegio y ya está, si eres homosexual tienes que recurrir a otros circuitos y a otro tipo de intercambios.

¿Cómo se relacionan con la infidelidad la mujer y el hombre? ¿Crees que hay alguna diferencia?

Sí, aunque existe cierta resistencia a admitir algunas desigualdades de comportamiento entre géneros, esto es pura biología. Como cuento en el libro con ciertos experimentos zoológicos, está demostrado que la necesidad de expulsar espermatozoides en el hombre es mayor que el uso de la fecundación de los óvulos de la mujer, y esto conlleva unos comportamientos determinados. Es la mecánica de la especie. Además, la mujer ha vivido constreñida, aplastada: era más complicado que fuera libertina.

Yo sí creo que en la mujer hay una mayor prudencia a la hora de ser infiel. De hecho, si le preguntas a tus amigos y amigas en una cena que se fijen en la gente cuando van por Gran Vía o en el metro y que digan con cuántas de esas personas se acostarían, verás que la respuesta de los hombres siempre es mayor que la de las mujeres. Hay mujeres que revierten la pregunta o dicen: “¿Pero me puedo tomar una cerveza antes?”. Esas son las causas.

Decías en alguna entrevista que tu vida ha tenido tres etapas sexuales. Castidad y represión sexual en la primera, ruptura y promiscuidad en la segunda, y estabilidad y afectos en la tercera. ¿Cuándo has sido más feliz?

Por ser fiel a mi pensamiento de escritor, nunca (ríe). En la tercera he sido más feliz, aunque la segunda es muy provechosa y uno se conoce mucho a uno mismo, no sólo por el sexo… es que gracias al sexo ves cómo se comporta la gente en la intimidad. La tercera tiene que ver con la edad, con la serenidad. La pulsión sexual deja de controlarte del todo. Lo decía Luis Buñuel en su biografía, cuando tenía setenta y pico años… “por fin el sexo ha dejado de ser mi cadena, mi encierro, y ahora puedo levantarme y pensar en una película”.

Es un “por fin soy libre”.

Sí. El sexo es una fuente de absoluto goce y esclavitud. Creo que uno puede prescindir de él sin censura, sin traumas, sin castración… y alcanzar un punto más zen, de control sobre uno mismo.

¿Qué grandes verdades has extraído del sexo en todos estos años? ¿Qué consejos le podrías dar a alguien de 18?

Lo primero que he aprendido es que follamos muy mal. La capacidad erótica es bastante limitada, no creo que sea una cosa nacional, pero visto en perspectiva a uno le sorprende: me recuerdo a mí mismo con 20 o 25 años, y a las personas con las que estaba y me avergüenzo de las cosas que no hacía, o de cómo reaccionaba o me enfrentaba a las situaciones.

Lo que es seguro es que hay dos tipos de sexo: el sexo ligado al afecto, que tiene un funcionamiento, y el sexo anónimo y brutal, que tiene otras virtudes que jamás tendrá el sexo conyugal: desinhibición, fortaleza, salvajismo. En sí es valioso. Y daría el consejo a los hombres de que cesen en la ansiedad. La ansiedad por estar a la altura que causa tantas veces disfunciones: a la altura, muchas veces, se está acariciando. La genitalidad hay que aprender a reconstruirla dentro del espacio erótico y hay mil maneras de sexualidad que desconocemos.

Abres el libro con el poema maravilloso de Gil de Biedma, que siempre fue un promiscuo militante. ¿Qué grandes razones hay para defender la promiscuidad?

Las mismas que para defender la lectura o el viaje. Son experiencias vitales de placer y yo soy hedonista hasta donde puedo serlo, pero además es un conocimiento del género humano que tiene que ver con lo que sentimos, con lo que somos en la muerte o en el amor.

Me he preguntado mucho si un escritor puede ser realmente monógamo, o, al menos, monógamo sucesivo. Como dices, el sexo es un gran conector con las cosas, con las historias de los otros… con una parte enigmática de nosotros mismos.

Yo sí que conozco a algún escritor monógamo… bueno, monógamo sucesivo (ríe). Sí creo que la historia de la literatura ha tenido vidas muy mediocres, como la de Kavafis o la de Kafka. Vidas sexuales bastante arruinadas que han desarrollado obras prodigiosas. El escritor muchas veces saca lo mejor de él gracias a la frustración, a la angustia de no poder hacer, a la capacidad de imaginar. Lo que es mucho más difícil es un escritor sordo. Un escritor sordo que no sea el confesor de los demás, que no observe, que no mire nunca por el ojo de la cerradura… eso es lo imposible.

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