Nuevo episodio de la guerra de símbolos en el hemiciclo. Si en la anterior —y brevísima— legislatura todos los partidos políticos se enfundaron la camiseta universal de Antonio Machado —incluso el exdiputado Juan Carlos Girauta llegó a retar a sus rivales del PSOE con "un debate público" sobre el autor de Campos de Castilla—, el protagonista de esta tercera y bronca jornada de investidura ha sido un contemporáneo del poeta: el presidente de la Segunda República, Manuel Azaña.

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Fue el candidato y ya investido presidente Pedro Sánchez el primero en rescatar al líder republicano, fallecido en Montauban (Francia) un año después del término de la Guerra Civil. Y lo hizo recogiendo un extracto de uno de los discursos más famosos de Azaña, aquel titulado Paz, piedad y perdón y que pronunció el 18 de julio de 1938 en el Ayuntamiento de Barcelona, en el segundo aniversario del golpe de Estado de Franco y el resto de militares.

"Se comprobará una vez más lo que nunca debió ser desconocido por los que lo desconocieron: que todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo río", citó Sánchez ante el murmullo de la bancada popular; para cerrar seguidamente su intervención con otra frase célebre del presidente de la República, esta de mayo de 1932 en su defensa del Estatuto de Cataluña en el Congreso: "Nadie tiene el derecho de monopolizar el patriotismo".

Una máxima que no es nueva en la escena política y que ya fue usada por personajes antagónicos como José Luis Rodríguez Zapatero o Mariano Rajoy, y que completa sigue así: "(...) y nadie tiene el derecho, en una polémica, de decir que su solución es la mejor porque es patriótica; se necesita que, además de patriótica, sea la correcta".

Sánchez abrió la caja azañiana y toda la oposición se lanzó en masa a contestarle con más reflexiones del presidente republicano. Pablo Casado disparó al socialista con otra cita ilustre, aunque ligeramente retorcida. Si las palabras exactas de Azaña fueron "os permito, tolero, admito, que no os importe la República, pero no que no os importe España. El sentido de la Patria no es un mito"; las del líder del PP, más acorde a sus postulados: "Yo les tolero que ataque a la República, pero nunca les toleraré que ataque a España".

Santiago Abascal, por su parte, le ha reprochado a Sánchez que no hubiese leído con suficiente atención a Azaña —recuerden lo que decía de él Unamuno: "Azaña es un escritor sin lectores. Sería capaz de hacer la revolución sólo para que le leyeran"— y le ha tildado de ser "más de Largo Caballero y de Negrín". También se ha sumado a la reyerta Inés Arrimadas, parafraseando al presidente de la República cuando en 1937 dijo que "la Generalitat ha vivido en franca rebelión e insubordinación", lamentando la escasa colaboración del gobierno catalán con el central durante la Guerra Civil.

Pensamiento azañiano

El debate de investidura ha recalcado la función bisagra del pensamiento de Azaña, figura que hoy en día recuperan sin recelo tanto la izquierda como la derecha. Porque fue el presidente de la República un liberal de izquierdas, más moderado que los socialistas Negrín, Indalecio Prieto o Largo Caballero, a quien tildaron de "el Lenin español". Quien soñaba con "una zona templada del espíritu, en la que no se acomodan la mística ni el fanatismo políticos, de donde está excluida toda aspiración a lo absoluto; en esa zona donde la razón y la experiencia incuban la sabiduría había yo asentado para mí la República", como escribió en sus Memorias.

Aquí un manual de citas del pensamiento de Azaña:

—"Es conforme a nuestros sentimientos más íntimos el desear que haya sonado la hora en que los españoles dejen de fusilarse los unos a los otros". Esto lo decía antes de que el país se arrojase a las trincheras.

—Una que no calará en los círculos independentistas: "Es un concepto incompatible con la Constitución que Cataluña sea un Estado… Las regiones, después que tengan la autonomía, no son el extranjero, son España… Cataluña es una parte del Estado español".

—Más Cataluña, y que hasta parece emanar del presente: "La desafección de Cataluña (porque no es menos) se ha hecho palpable. Los abusos, rapacerías, locuras y fracasos de la Generalitat y consortes, aunque no en todos sus detalles de insolencia, han pasado al dominio público".

—Una profecía cumplida: "Nuestro pueblo está condenado a que, con monarquía o con república, en paz o en guerra, bajo un régimen unitario o bajo un régimen autonómico, la cuestión catalana perdure, como un manantial de perturbaciones, de discordias apasionadas, de injusticias".

—Espíritu que hoy en día calificaríamos de constitucionalista: "La España venidera debe estar organizada en forma tal que nada pueda poner en conflicto dentro de nuestra conciencia lo que debemos a nuestra calidad de españoles con lo que nos exige la condición de hombres".

—"Votadas las autonomías, esta y las de más allá, y creados este y los de más allá Gobiernos autónomos, el organismo de gobierno de la región es una parte del Estado español, no es un organismo rival, ni defensivo ni agresivo, sino una parte integrante de la organización del Estado de la República española. Y mientras esto no se comprenda así, señores diputados, no entenderá nadie lo que es la autonomía".

—"El que quiero yo es un régimen donde los derechos de la conciencia y de la persona humana estén defendidos y consagrados por todo el aparato político del Estado, donde la libertad moral y política del hombre esté asegurada, donde el trabajo recupera en España lo que quiso hacer de él la República, la única categoría cualificativa del ciudadano español, y donde esté asegurada la libre disposición de los destinos del país por el pueblo español en masa, en su colectividad, en su representación total".

—No se mordía la lengua para calificar a la política republicana de izquierdas de "tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta".

—Otra que también se podría aplicar hoy en día: "No me importa que un político no sepa hablar, lo que me preocupa es que no sepa de lo que habla".

—"La libertad no hace ni más ni menos felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres".

—"Si los españoles habláramos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar."

—Y para acabar, una reflexión que todos deberíamos aplicarnos: "El enemigo de un español es siempre otro español. Al español le gusta tener libertad de decir y pensar lo que se le antoja, pero tolera difícilmente que otro español goce de la misma libertad, y piense y diga lo contrario de lo que él opinaba".