Son tiempos de soplar heridas, de hacer memoria espinosa. Ahora que el Gobierno quiere airear el Valle de los Caídos, es más propicio que nunca citar al escritor y periodista británico George Orwell: “Ver lo que tenemos delante de nuestras narices requiere de una lucha constante”. Él vivió y escribió así, con las antenas dolorosamente abiertas. Dicen que siempre andaba demacrado y pudo ser por el peso de la consciencia. Los menos románticos creen que se debía a su adicción al tabaco. En cualquier caso, Orwell se mató en nuestros campos de batalla, en nuestra Guerra Civil, donde surgió la semilla del que acabó siendo su gran libro distópico, 1984.

Fue hijo de una familia noble con grietas de decadencia, estudió en escuelas prestigiosas, mamó de Aldous Huxley, empezó a coquetear con la escritura, viajó a Birmania -ahí parte del Raj británico en la India- y allí asumió la realidad del colonialismo. Ese paisaje lo marcó ideológicamente. Cuando estalló la Guerra Civil española, Orwell se alistó en las Brigadas Internacionales para defender la República. Identificó la sublevación del llamado “bando nacional” con el virus fascista que se extendía por toda Europa. Cuentan que antes de llegar a España se reunió con su amigo Henrry Miller y, elevando el brindis, anunció: “Voy a matar fascistas porque alguien debe hacerlo”.

Sólo ahora, y gracias al estudio clínico de una de sus cartas, se ha descubierto que Orwell contrajo tuberculosis en un hospital español

Siempre se ha sabido que la causa de su muerte fue una hemorragia masiva, pero, ¿dónde contrajo esa infección? ¿Desde cuándo padecía Orwell tuberculosis? Este dato era difícil de concretar, dado que el escritor sufría desde niño una afección pulmonar, desarrollando bronquiectasia, que se caracteriza por tener los bronquios permanentemente dilatados y ataques de tos.

Orwell con su rifle.

“Nació en 1903 con los bronquios defectuosos. En su ensayo Such, Such Were The Joy, cuenta haber sufrido lo que en esos días se llamaba tos estomacal. Siempre lo regañaban en clase por toser y balbucear”, relata su biógrafo Taylor. “Su viaje a Birmania en 1922 le acercó al peor clima posible para cualquier persona con problemas respiratorios: volvió a su hogar después de contraer la fiebre del dengue”. Sólo ahora, y gracias al estudio clínico de una de sus cartas, se ha descubierto que Orwell contrajo tuberculosis en un hospital español.

Poca higiene, muchas infecciones

Los investigadores han estudiado los rastros de bacterias de una de sus misivas, que fue enviada poco después de su regreso a España en julio de 1937, tras luchar con las fuerzas comunistas en la Guerra Civil española. La carta está en poder el archivo estatal ruso de Literatura y Arte y ha sido escrutada por el equipo del Sr. Zilberstein, quien también identificó las bacterias de la tuberculosis en una camisa usada por el dramaturgo Chéjov y evidenció la enfermedad renal de Bulgakov gracias a un manuscrito del autor de El maestro y la margarita.

Cuando Orwell luchó en el frente de Aragón recibió un balazo en el cuello. Señalan los expertos que la tuberculosis la contrajo al estar recuperándose de esa herida en la clínica. “El nivel de infecciones era muy alto y los estándares de higiene de los hospitales eran muy pobres”, apunta la investigación. “La Guerra Civil en España fue la última guerra del siglo XX sin penicilina. La mayoría de las personas heridas sufrieron infecciones en los hospitales y la mortalidad creció por esta causa. Orwell contrajo tuberculosis justo en el período de la guerra en el que había mayor número de infecciones hospitalarias”.

Explican que existe una “probabilidad muy alta” de que Orwell fuera infectado durante su tratamiento médico, pero no descartan que el escritor enfermase por comida contaminada

Explican que existe una “probabilidad muy alta” de que Orwell fuera infectado durante su tratamiento médico, pero no descartan que el escritor enfermase por comida contaminada. Detallan, además, que la carta revela huellas de morfina: “Es probable que el autor estuviese tomando analgésicos para reducir el dolor del balazo”. En 1938 ya se referían a él como “tuberculoso”. El estado de salud del genio se fue deteriorando en la isla de Jura, al oeste de Escocia, donde se retiró a escribir 1984.

Insistió en su método de trabajo, y siguió agudizando sus esfuerzos literarios, aunque en 1947 le dijo estas palabras a su editor: “Llevo el peor año físico de mi vida. Es mi pecho, como de costumbre. Ya no puedo sacudirlo”. Sus temores se confirmaron ese mismo año, en la semana antes de navidad, cuando en el hospital Hairmyres, en East Kilbride, le confirmaron que no había cura. Sólo con la ayuda de medicamentos experimentales podía reducir sus males. Finalizó su obra maestra un año más tarde, la última antes de su muerte.

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