En 1984, la famosa novela distópica, aparece el concepto de neolengua (newspeak), un idioma que habría de ser hablado, a medio plazo, por todos los habitantes de la sociedad ficticia ideada por George Orwell. Esta neolengua tendría que sustituir, a su vez, a la viejalengua (oldspeak) basándose en varios principios que se resumen al final del libro en un apéndice titulado 'Principios de la neolengua'. Podríamos resumir estos principios, básicamente, emitiendo un único postulado: hay que acotar la lengua, haciéndole perder toda su riqueza, hasta prácticamente encorsetar al hablante en ciertos conceptos muy elementales, casi básicos, para convertirlo en un animal ajustado al redil.

Parecía que este concepto se había perdido con la llegada de aires democráticos a las grandes culturas occidentales, pero de un tiempo a esta parte, los políticos parecen empeñados en rememorar la célebre sociedad orwelliana de manos de una neolengua que, nos tememos, cada vez se aleja más de viejalengua que exhibieron los Cánovas, Sagasta, Maura, Azaña y otros tantos precursores del alto parlamentarismo. Los debates se llenan de expresiones 'ruices', de citas pedestres bajo el paraguas de un libro inexistente firmado por Kant, de alusiones a alcaldes que son los que quieren los vecinos que sean los alcaldes, y así un largo etcétera (utilicemos el término "etcétera" antes de que lo hagan desaparecer). El propio Orwell lo había sugerido: “El pensamiento corrompe el lenguaje, y el lenguaje también puede corromper el pensamiento”. Corrupción y lenguaje, la triste esencia democrática.

Pablo Iglesias e Íñigo Errejón se saludan con efusividad. Dani Pozo

HOSTIAS Y ACOJONE

Pablo Iglesias penetra en el salón de actos de la Universidad Complutense de Madrid con aire despreocupado. Al fondo, una granhermanesca publicidad del Banco Santander preside el acto. Pronto comienza la retahíla de conceptos dignos del Partido orwelliano: "crisis orgánica", "asalto a los cielos", "núcleo irradiador" (otro de los principios de la neolengua, por cierto, consiste en propagar expresiones huecas, vacías de contenido), "eje vertebrador" o "posiciones retardatarias". Todo transcurre con normalidad. En la neolengua no hay lugar para los sinónimos, por lo que Pablo recurre a términos venidos desde allende las fronteras. Así se pasean por el salón palabros como "blitz" (cambiamos de Orwell a Goethe sin necesitar un siglo) y "outsider" (éste sí que pasa por un término de la newspeak londinense).

La puesta en escena también es importante. Amargo rictus, tono pausado, escaso gesto. Las metáforas empiezan a asustar ligeramente. Pablo habla de "apuntar con el arco muy arriba", mientras Íñigo Errejón interrumpe añadiendo que "nosotros hemos contaminado, en el mejor sentido de la palabra, este país". ¿Contaminado tiene un buen sentido? El discurso se ha desatado de tal manera que Iglesias incluso reconoce que esto de la neolengua no es tan satírico como en este texto parece: "Se acabó la gramática que a nosotros nos permitía jugar con cierta soltura". ¿La gramática como instrumento político? ¿Es o no es un arma el lenguaje?

Pablo Iglesias en un acto del partido.

Con sus vaivenes, el acto continúa por los cauces establecidos. Pablo es incluso capaz de rememorar a la vieja policía del Pensamiento, aquella que rondaba las calles del Londres futurista de 1984, con expresiones como "hay que dejar de ser partisanos para ser un ejército regular". Pero, sin duda, el clímax distópico llega cuando el líder de la formación morada añade al discurso dos nuevos términos otrora inimaginables, el sustantivo "hostia" y el verbo "acojonar". Analicen los dos términos descontextualizados: hostia y acojonar. El Gran Hermano, desde su ojo que todo lo ve, aplaude con fuerza. La habitación 101 está lista para recibir a sus huéspedes.

DISTOPÍAS ESPAÑOLAS

Pero no sólo el acto de Pablo Iglesias en la Complutense recuerda a las viejas sociedades que fueron llevadas a la literatura. En España tenemos una caterva de políticos dispuesta a plasmar 1984, Fahrenheit 451, Utopía, Barataria, Lilliput y hasta Nunca Jamás en cada discurso. ¿Cómo se explica si no que Mariano Rajoy, actual presidente en funciones, recurra a expresiones como "Somos sentimientos y tenemos seres humanos"? ¿En qué novela de Isaac Asimov estaría pensando el líder del PP?

Es cierto, uno siempre espera que la nueva política venga a reformar el anquilosado discurso de las últimas décadas. Precisamente por eso, ese uno se sienta frente al televisor para comprobar cómo Pedro Sánchez escenifica el llamado "pacto del abrazo" con un discurso a la altura. Un discurso libertario, capaz de huir de la temida neolengua. Pero entonces, Pedro sorprende con una expresión digna de los enemigos de la sociedad abierta de Karl Popper: "Vamos a ampliar y reforzar las puertas giratorias". Los esclavos, las castas y las élites popperianas bailaron alrededor de la hoguera lingüística organizada por Sánchez.

Rajoy, en el balcón de Génova tras las elecciones del 26J. Efe

Y es que no hay candidato a la presidencia que no sea capaz de trasladarnos a la sociedad más resentida posible. Así, Albert Rivera llegó a decir que España necesitaba "venganza, y no justicia". ¿En qué país a medio camino entre la corte de "Hamlet" y la serranía de "Por quién doblan las campanas" estaba pensando el bueno de Albert?

¿Hasta cuándo vamos a caminar por la delgada línea del lapsus linguae? El propio Orwell da en el clavo al explicar la finalidad de su nuevo idioma: "La intención de la neolengua no es solamente proveer un medio de expresión a la cosmovisión y hábitos mentales propios de los devotos, sino también imposibilitar otras formas de pensamiento". Pues eso. Afinen, políticos españoles, de alguna manera su lenguaje. De hostias y acojones está lleno el mundo. Que las utopías, al menos, dejen de dar miedo.

Noticias relacionadas