Andrea coqueteando con 'el otro'.

Andrea coqueteando con 'el otro'. Mediaset

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La isla de las tentaciones y el amor, debate abierto: ¿sufren ellos más que ellas? ¡Me mojo!

A las 22:30 he bostezado y me he dicho que malo, malísimo. Que Ismael, de pronto, puede ser Gonzalo; que Fani puede ser Fiama. No hace falta refregarte con un desconocido para imponerte. Y se lo digo tanto a ella como a él.

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Se ha emitido el segundo capítulo de La isla de las tentaciones, esta vez en Cuatro. Juro que con la primera emisión sufría, ¡con esta más! Ay, Dios, se espolvorean tantas cosas. Y la confusión que arrastra. ¡Porque, oye, son muchos nombres los que bailan en esa pista del despropósito! Porque todos son bellísimos, rubísimos, estupendísimos, dotadísimos, libérrimos. Tanto ellas como ellos. Los entendía y comprendía a todos. A ellos y ellas. Que yo me he criado en eso, en la igualdad de género, ¡hombre ya! 

Pero lo que ya no me cuadraba desde el primer capítulo es... la barbarie. El amor, mezclado con la carne, estirado al límite. ¡Dónde queda el amor! Yo aseguraba hace unos días de que la diversidad reside en que cada cual haga con su vida lo que le venga en gana, pero con límites. Con cotos. ¡Gloriosas barreras! Porque si no existen, esto es Sodoma y Gomorra. ¿Alguien pretendía que los concursantes de La isla de las tentaciones iban a ir allí y que, al ver que sus pretendientes y pretendientas ronearían, iban a tirar de amor y empatía? ¿De comprensión, de arropo?

¡Vamos a ver! Aquí nadie se engaña. Ni el más íntegro para mí, mi Ismael querido, pasa la prueba. Qué va, quien pisa ese terreno infecto sabe por qué lo hace; nadie somos idiotas. Pero me preocupa una cuestión cuando lo he visto este martes de nuevo: la del feminismo. Es un tema harto complicado, dificilísimo, muy complejo, pero: ¿qué pasa con él? Ahí tenemos en la casa o isla, o como se llame, a un grupo de hombres y mujeres que se muestran en ropa interior y se lucen, encantados, con la misma. Delante de sus parejas, ¡se contonean ante sus pretendientes para que los vean los otros!.

Puntualización: ya dije que ninguno es liberal ni practica el amor libre. Para que nadie se me eche encima. ¿Entonces? Algunos hablan de avivar la llama del amor. Vamos, poner los cuernos. Ojo, solo en la tele. Puf, imagínese a su pareja -sea usted hombre o mujer, o su pareja sea uno de los sexos mencionados- que la ve tonteando o insinuándose. Ojo, ¡digo solo que se lo imagine! Ha de ser duro, ¿verdad? Hablaba del poliamor, pero remato: nadie se va a La isla de las tentaciones sin saber lo que es. Con lo cual, no me creo a nadie: ni a ellos, rotos mientras se controlaban el tupé; ni a ellas contoneándose y pensando que nada pasaría en su pareja. ¡Que somos muy viejos ya!

Que ya nada es lo mismo que antes. Que cuando se informaba de que algo novedoso llegaba al mundo catódico en todos se establecía cierto nerviosisimo: ahora solo se piensa 'a ver si llega algo que me sorprende'. El umbral de la sorpresa se ha ampliado a mal: somos más exigentes. Por eso este golferío no me lo creo, me aburre. Por eso a las 22:30 he bostezado y me he dicho que malo, malísimo. Veo demasiado despropósito. Que Ismael de pronto puede ser Gonzalo; que Fani puede ser Fiama. Veo belleza, pero ni distinción, ni personalidad. Veo morbo, carne, pero no valores.

Christofer junto a su pretendienta.

Christofer junto a su pretendienta. Mediaset

Solo tengo a dos hombres que me creo su sufrimiento por que sus féminas estén conviviendo con otros: mi Ismael y Christofer. Los más auténticos y tiernos. Lloran, sufren. Las extrañan, ¿más que ellas? Me llega un mensaje, juro que al nanosegundo de esto: "Oye, yo a ellos los veo llorando y a ellas perreando? No sé, sensación". Es la guerra, es la feminismo. Es la guerra feminista, y yo me alegro. Ojo, pero siempre con un equilibrio: si yo, Jesús Carmona, perreo, que también lo haga mi pareja, ¿no? Desterremos el embudo ancho y estreno. Creo que hace demasiado daño.

Ah, y no: todos sufren igual, hombres y mujeres. Por lo tanto, dejemos de escupirnos libertad y hagámosla. No hace falta refregarte con un desconocido para imponerte. Y se lo digo tanto a ella como a él. Lo mismo, oye, si yo fuera Ismael y viera cómo a mi pareja Andrea el bello Óscar le expande crema por los muslos y sube con el masajeo a su parte íntima... Oye, ¡lo mismo me cago en Dios! Llamadme susceptible. 

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