Pablo Raijenstein junto al maestro, Juan Tamariz.

Pablo Raijenstein junto al maestro, Juan Tamariz. Redes Sociales

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Juan Tamariz era una leyenda: consiguió que los demás volviésemos a sentirnos como niños ante sus trucos de magia

El mentalista Pablo Raijenstein hace una semblanza del célebre mago: "Tenía un aspecto rebelde para lo que se esperaba de un artista".

Pablo Raijenstein
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Juan Tamariz ha sido una influencia enorme no solo para los magos, sino también para humoristas e incluso para mentalistas como yo.

Su personalidad era icónica. Tenía un aspecto rebelde para lo que se esperaba de un artista que se subía a un escenario en aquella época.

Incluso, visto ahora, podría recordarnos un poco a lo que hizo después el grunge: mientras otros salían con traje y chaqueta, él aparecía con sus pantalones vaqueros, sus jerséis y chistera, esa imagen absolutamente suya.

Pero lo importante de Juan nunca fue la estética. Era cómo conseguía fascinarte con cosas que parecían imposibles.

Y, sobre todo, cómo te hacía sentir mientras las veías. Creo que ahí está una de las claves del arte de lo imposible y del misterio: durante unos minutos te permite pensar que, quizá, las cosas no son exactamente como creemos.

Que puede existir alguna posibilidad más.

Conocí a Juan cuando tenía 11 años, en la escuela de magia su hija Ana. Para entonces ya llevaba tiempo viéndolo en televisión, con Alaska en Chan-tatachán de Telemadrid , en el Un, dos, tres… y en todo lo que podía encontrar.

Para los chavales a los que nos gustaba el ilusionismo, Tamariz era una leyenda.

Lo curioso es que, con los años, te das cuenta de que aquello no era simplemente la admiración de un niño aficionado a la magia.

Entiendes la dimensión real del personaje: Juan Tamariz es una de las grandes figuras de la historia del ilusionismo a nivel mundial.

Y había algo que siempre me impresionó especialmente de él. Incluso después de toda una vida haciendo magia, sobre un escenario seguía funcionando como un reloj de precisión.

Recuerdo una de las últimas veces que lo vi actuar, en La Cripta Mágica. Hizo de manera impecable esos juegos de Tamariz que todos queríamos volver a ver.

Los que conocíamos, los que esperábamos y que, aun así, seguían engañándonos.

Pero recuerdo todavía más lo que ocurrió después. Nos fuimos a cenar y terminamos reunidos toda la noche.

Allí, sin escenario, sin focos y prácticamente sin público, Juan empezó a hacer magia con una baraja. Y aquello era todavía más imposible.

A su alrededor había magos profesionales, gente que llevaba toda su vida estudiando cartas y técnicas, mirando sus manos e intentando comprender qué estaba haciendo.

Y no podían.

Quizá esa sea una de las imágenes con las que más me gusta recordarlo: después de toda una vida dedicada a la magia, Juan Tamariz todavía podía sentarse frente a un grupo de magos y conseguir que volvieran a sentirse como niños ante algo imposible.