El restaurador Lucio Blázquez, en una fotografía tomada en 2023.

El restaurador Lucio Blázquez, en una fotografía tomada en 2023. Gtres

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Lucio, 52 años haciendo huevos estrellados a Reyes y famosos: la historia familiar del tabernero más célebre de la Cava Baja

El pasado 16 de abril, Blázquez inauguró una exposición en Madrid en la que se repasa la inabarcable lista de rostros conocidos que han pasado por 'Casa Lucio'.

Más información: Lucio se despide de su mujer: "Gracias a ella soy uno de los hombres más famosos de este país"

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Una vida de Lucio Blázquez (93 años) bien podría ser equiparable a dos o tres del común de los mortales. No en vano, el mesonero y tabernero más célebre de la Cava Baja de Madrid lleva desde 1974 haciendo historia, sirviendo huevos estrellados y almacenando historias.

Por Casa Lucio, toda una institución gastronómica en Madrid, ha pasado medio mundo. Desde Reyes, presidentes, artistas, futbolistas y escritores hasta turistas. Sí, Lucio vale más por lo que calla que por lo que cuenta, como entonó Jaime Peñafiel (93).

Y ahí, en su discreción, también radica su éxito. Casa Lucio es eso: casa, hogar. Así se han sentido -y siguen sintiéndose- todos los comensales sin excepción, tanto el anónimo como la estrella rutilante.

Lucio Blázquez, el pasado 16 de abril, el día de la inauguración de la exposición.

Lucio Blázquez, el pasado 16 de abril, el día de la inauguración de la exposición. Gtres

Hoy, a sus 93 años -los celebró el pasado 12 de febrero- Lucio ha vivido con gran emoción un homenaje que la ciudad de Madrid le ha rendido en forma de exposición. La Galería Nikon de la capital ha acogido Lucio Blázquez: Tabernero Mayor del Reino.

Se trata de una muestra que recorre su trayectoria vital y profesional y que reivindica su figura como uno de los grandes nombres de la hostelería española.

La exhibición reúne fotografías inéditas, objetos personales, recortes de prensa, cartas manuscritas de clientes ilustres y una reconstrucción del ambiente de su mítica casa de comidas de la Cava Baja. Pero para entender por qué Lucio merece una exposición hay que volver al principio.

A su infancia humilde, a su llegada a Madrid siendo apenas un adolescente y a la forma en que, con trabajo, intuición y una personalidad magnética, se convirtió en uno de los taberneros más célebres del país.

Lucio Blázquez nació en 1933 en Serranillos, un pequeño pueblo de Ávila. Su infancia estuvo marcada por la austeridad de la posguerra y por la necesidad de trabajar desde muy joven.

Lucio atendiendo a un cliente.

Lucio atendiendo a un cliente.

Con solo doce años llegó a Madrid para ganarse la vida. Entró como aprendiz en Casa Lucio, entonces llamada Mesón El Segoviano, donde empezó fregando platos y limpiando suelos.

Nadie podía imaginar que aquel muchacho tímido acabaría dando nombre al local y convirtiéndolo en un templo gastronómico. Su ascenso fue lento pero constante.

El empresario Enrique Cerezo junto a Lucio.

El empresario Enrique Cerezo junto a Lucio.

Aprendió el oficio observando, escuchando y, sobre todo, atendiendo. Lucio siempre ha dicho que la clave de su éxito no está en la cocina -aunque sus famosos huevos estrellados hayan dado la vuelta al mundo- sino en el trato.

"A la gente hay que mirarla a los ojos y hacerla sentir en casa", ha repetido en innumerables entrevistas.

Con el tiempo, se convirtió en encargado y, finalmente, en propietario. Rebautizó el local como Casa Lucio y mantuvo su esencia castiza: madera oscura, mesas apretadas, camareros veteranos y una carta breve pero infalible.

Allí, en ese espacio estrecho de la Cava Baja, empezó a escribirse una de las historias más singulares de la hostelería española. Si hay un plato asociado a Lucio, ese es el de los huevos estrellados.

Aunque la receta es sencilla -patatas fritas y huevos rotos encima-, en Casa Lucio adquirió categoría de mito.

Juan Carlos I y José María Aznar durante su visita a Casa Lucio, hace unos años.

Juan Carlos I y José María Aznar durante su visita a Casa Lucio, hace unos años. RRSS

La clave está en la calidad del producto, en el punto exacto de la patata y en la teatralidad del gesto final: Lucio o uno de sus camareros rompiendo los huevos con la cuchara ante el cliente.

Ese gesto lo han presenciado Reyes, presidentes, actores, cantantes, deportistas y escritores. La lista es interminable. Juan Carlos I (88) fue cliente habitual durante décadas.

Bill Clinton (79) cenó allí en una visita oficial. Penélope Cruz (51), Harrison Ford (83), Rafa Nadal (39), Plácido Domingo (85), Gabriel García Márquez, Joaquín Sabina (77), Mario Vargas Llosa o Pedro Almodóvar (76) han pasado por sus mesas.

Y todos, sin excepción, han posado con Lucio en la foto de rigor, esa que él guarda con orgullo en álbumes que ya forman parte de la historia del local.

Las anécdotas son innumerables. Una de las más recordadas es la visita de George Bush padre, que pidió repetir los huevos estrellados tras probarlos por primera vez.

Lucio posando con Rosa Valenty, el día de la inauguración de su exposición.

Lucio posando con Rosa Valenty, el día de la inauguración de su exposición.

O la ocasión en que Lola Flores, tras una cena memorable, le dijo: "Lucio, hijo, tú no tienes un restaurante: tú tienes un escenario". Pero quizá la anécdota que mejor define su carácter ocurrió con un cliente anónimo.

Un día, un hombre entró al local y pidió un plato que no estaba en la carta. Lucio, en lugar de negarse, fue a la cocina y lo preparó él mismo.

Cuando el cliente terminó, le confesó que había venido a Madrid para despedirse: estaba enfermo y quería comer por última vez su plato favorito. Lucio lo acompañó hasta la puerta y le dio un abrazo.

"Aquí no solo se viene a comer, se viene a vivir", dijo después. En la mencionada exposición que hoy se puede disfrutar en Madrid, amén de su faceta como empresario, Lucio muestra al hombre, a la persona: al marido y al padre. El Lucio más humano.

El golpe más duro

Detrás de un empresario de su magnitud, hay un hombre. Que ha construido una sólida familia, pero también ha padecido en el camino.

En 2020, en plena pandemia, Lucio sufrió uno de los momentos más difíciles de su vida: la muerte de su esposa, María del Carmen, con quien llevaba más de medio siglo casado. Fue un golpe devastador.

El empresario junto a su esposa, fallecida en 2020.

El empresario junto a su esposa, fallecida en 2020. Gtres

Él mismo lo contó entonces, tras la partida: "Se me ha ido mi compañera de vida. La que estaba en todo. La que me daba fuerza".

"Llevamos cuarenta y siete años casados y estamos tan enamorados como el primer día", manifestó Lucio aquel pandémico 2020. "Yo podía haberme separado 25 veces, pero me he sabido sujetar", agregó.

"Ha sido tía más guapa del mundo y la más trabajadora, la que ha hecho que yo tenga tres hijos maravillosos, guapos, con carrera y yo sea el hombre de los más famosos que ha dado este país", remachó ante la prensa en el último adiós a su razón de amor.

María del Carmen no era una figura pública, pero quienes la conocieron la describen como una mujer discreta, trabajadora y fundamental en el éxito de Casa Lucio.

Ella llevaba la administración, organizaba el personal, controlaba las cuentas y, sobre todo, sostenía el equilibrio familiar. Lucio siempre reconoció que sin ella nada habría sido igual. Tras su muerte, el restaurador se refugió en su trabajo y en el cariño de sus hijos.

"Mis hijos me han salvado", dijo en una entrevista. "Y la gente. La gente que entra por la puerta y me da un abrazo". Lucio y María del Carmen tuvieron tres hijos: María del Carmen, Fernando y Lucio.

Los tres crecieron entre mesas, fogones y camareros, y los tres han estado vinculados al negocio familiar. Con el paso del tiempo, se han convertido en los pilares que sostienen Casa Lucio y en los herederos naturales del legado de su padre.

María del Carmen, la mayor, ha estado siempre ligada a la gestión del restaurante y a la relación con proveedores y clientes habituales.

Fernando, por su parte, se ha ocupado de la parte más operativa, supervisando cocina y sala, y es uno de los responsables de mantener la calidad del servicio.

Lucio hijo, el menor, ha sido la cara más visible de la nueva generación, participando en entrevistas, eventos y proyectos de expansión.

La familia ha sabido mantener la esencia del local sin renunciar a la modernización necesaria para sobrevivir en un sector cada vez más competitivo.

Lucio junto a Pepa Muñoz, dueña de 'El cuenco de Pepa'.

Lucio junto a Pepa Muñoz, dueña de 'El cuenco de Pepa'. Gtres

Pero lo han hecho sin perder la filosofía que su padre repite como un mantra: "Aquí no se viene a comer rápido. Aquí se viene a disfrutar".

Pocos personajes de la hostelería han generado tanto cariño como Lucio Blázquez. Parte de ese afecto se debe a su carácter: cercano, bromista, atento, siempre dispuesto a escuchar. Otra parte, a su constancia.

Durante décadas, ha estado en la puerta del restaurante saludando a cada cliente, posando para fotos, preguntando por la familia y recordando nombres que otros habrían olvidado. Su figura se ha convertido en un símbolo de Madrid.

De un Madrid castizo, hospitalario y bullicioso. De un Madrid que mezcla lo popular con lo sofisticado. De un Madrid que se reconoce en sus bares tanto como en sus monumentos.

El futuro de Casa Lucio

Aunque la edad y los golpes personales han hecho mella, Lucio sigue apareciendo por el restaurante siempre que puede.

Se sienta en una mesa cercana a la entrada, observa el movimiento de los camareros, saluda a los clientes y, de vez en cuando, se levanta para romper unos huevos estrellados como en los viejos tiempos.

El futuro de Casa Lucio está asegurado en manos de sus hijos, pero el espíritu del local seguirá ligado para siempre a su fundador.