La infanta Cristina en el banquillo de los acusados por el caso Nóos.

La infanta Cristina en el banquillo de los acusados por el caso Nóos.

Casas Reales LA SENTENCIA DEL CASO NÓOS

Cristina, a la puerta de la cárcel: absuelta pero tendrá que visitar a su marido

A las 12 de la mañana de este viernes se ha conocido la sentencia. La infanta Cristina ha vivido el acto final de un drama, que comenzó sin saberlo el día de su boda.

"¡Venga, Cristina, mueve el culo!", le gritaba la profesora de aeróbic en el gimnasio Iradier, a donde acudía a diario. La infanta Cristina (51 años) siempre intentó hacer una vida normal en Barcelona, donde se instaló en 1992 en busca del mar y de la libertad que le proporcionaba estar lejos de su familia. Vivía en Sarrià y todos la conocían en el barrio, donde solía pasear por sus callejuelas, saludaba a los vecinos con una sincera sonrisa y disfrutaba de una vida sencilla. Hasta que se cruzó con Iñaki Urdangarin (49), un deportista olímpico, ambicioso y competitivo, que cambió su vida. Una vida convertida ahora en un drama que nadie intuyó el día en que se conocieron. El próximo 4 de octubre celebran 20 años de casados, una fecha que no podrán celebrar como pensaron.

Tomás Serrano

El drama que comenzó en 2011 con la imputación de Iñaki Urdangarin por el 'caso Nóos' ha alcanzado este viernes el acto final al conocerse la sentencia. La infanta Cristina ha sido absuelta, aunque sí tendrá que acudir a prisión para visitar a su marido, condenado a seis años y tres meses más 512.000 euros de multa. La exduquesa de Palma, hija segunda de los reyes eméritos, Juan Carlos (79) y Sofía (78), y la hermana del rey Felipe VI (49), está a la puerta de la cárcel. Cristina de Borbón tendrá que pagar una sanción de 265.000 euros por responsabilidad civil. La sentencia sea recurrible.

Fue ella quien llevó las riendas de la relación al principio, lo que abrumó a su ahora marido. Coincidieron en una fiesta en el restaurante El Pou, propiedad de Urdangarin y algunos amigos, y ella quedó deslumbrada. "Quiero el teléfono de ese", le dijo a uno de sus íntimos, un regatista que había organizado el encuentro en honor al equipo de balonmano español, oro olímpico en Atlanta '96.

Lo recuerdan algunos de los asistentes a la celebración: "Aquella noche ligaron en el sentido clásico; se gustaron, charlaron un rato, entre risas tontas y promesas de volverse a ver". Era septiembre, Iñaki Urdangarin era un campeón olímpico y a la infanta Cristina le gustó a primera vista aquel joven alto, guapo, rubio y simpático como pocos. Ahora, 21 años después, nada queda de aquella carismática sonrisa, ni siquiera el pelo dorado se mantiene, oculto tras un gran mechón blanco producto del estrés.

La Fiscalía Anticorrupción pedía para Iñaki Urdagarin una condena de 19 años y seis meses de prisión acusado de delitos de tráfico de influencias, prevaricación, malversación, estafa, fraude, falsedad, dos delitos contra Hacienda y blanqueo. A la infanta Cristina sólo la acusa el sindicato Manos Limpias, que pide una condena de ocho años de cárcel por colaboración en dos delitos fiscales. La Fiscalía, por su parte, la considera responsable a título lucrativo por un importe de 587.413 euros, una cantidad que ella abonó al juzgado durante el proceso judicial. Entre los 17 acusados se encuentra el exsocio de Urdangarin, Diego Torres, acusado de prevaricación, malversación, falsedad, fraude, tráfico de influencias, contra Hacienda, estafa, blanqueo y falsificación. La Fiscalía pide 16 años y medio de prisión mientras que Manos Limpias lo eleva hasta los 22 años y medio.

Cristina e Iñaki Urdangarin saliendo de los juzgados de Palma en noviembre.

Cristina e Iñaki Urdangarin saliendo de los juzgados de Palma en noviembre. Gtres

Alejados de su país, de su familia y de sus amigos, la pareja se enfrenta en estas horas a duras decisiones que irán tomando forma en los próximos días. Lo que diga Cristina será fundamental, como siempre ha sucedido en el matrimonio; su opinión siempre ha sido decisiva. Hasta en la primera cita en el otoño del 96: quedaron para ir al cine con Alexia de Grecia y Carlos Morales. Cuando Urdangarin recibió la llamada de la infanta, lo primero que hizo fue telefonear a algunos amigos para contarles lo que estaba pasando. "¡Me ha llamado la infanta! ¿Qué hago? Esto es una locura", les dijo a sus amigos. Tras aquel cine, Iñaki recibió una nueva llamada de Cristina, quien esta vez le pidió que se encargara él de invitarla a cenar. Directa, organizada y con todo bajo control. Así es la hermana de Felipe VI, una mujer educada en la disciplina y la tenacidad.

Todo funcionó y el deportista se enamoró muy rápido. "Se enamoró de ella y de todo lo que la envolvía", matizan desde su entorno cercano. La pareja se rodeó de íntimos que les protegían de las miradas ajenas, conscientes de que cualquier error podían convertirse en motivo de ruptura. Urdangarin, por ejemplo, tenía pareja en aquel entonces, una chica con la que compartía incluso vivienda en Barcelona. Carme Camí, se llama la exnovia, una mujer que supo de la ruptura de su relación al escuchar las noticias del compromiso real en Antena 3. Iñaki justificó su decisión por el miedo que tenía a que la infanta se cansara de él, de que no se tomara en serio su relación. Cuando todo se afianzó, cuando llegaron incluso los anillos y el compromiso oficial, ya no hubo vuelta atrás.

La prensa amiga se llenaba aquellos días la boca en elogios a Urdangarin. "El yerno perfecto", tituló uno de los periódicos con más tirada de la época. Nada de lo que hicieran era sospechoso y hasta la doble relación del novio de la infanta era tomada casi en broma. Se casaron en 1997, momento en el que el rey le entregó a ella el título de duquesa de Palma, y se mudaron de inmediato a un gran piso en la avenida Diagonal con Pedralbes, una de las zonas más nobles de la ciudad. En 1999 nacía su primer hijo, Juan, y Urdangarin comparecía ante los medios: “He vivido muchas cosas muy bonitas con la infanta, pero nunca nada como estos diez minutos que nos han cambiado la vida”. Llegaron después Pablo, Miguel y el cuarto embarazo, el de Irene, momento en el que la pareja decidió mudarse de casa.

En 2004, tras visitar varias casas, se decidían por la mansión situada en el número 13 de la calle Elisande Pinós, no sin antes recibir el visto bueno del rey Juan Carlos I, quien visitó la vivienda y hasta se tomó un whisky con el propietario y vendedor, el abogado y empresario Mario Herrera. La casa de más de 1.000 metros cuadrados (en un solar de 2.100 metros), el mal llamado palacete, costó 6,3 millones de euros, a los que se sumaron 2,9 para las reformas.

El día de la boda de Cristina de Borbón e Iñaki Urdangarin

El día de la boda de Cristina de Borbón e Iñaki Urdangarin Gtres

En total, más de 20.000 euros de hipoteca mensual -suscrita con La Caixa- a la que debían hacer frente con el sueldo de 200.000 euros anuales de la infanta como responsable del área internacional de la Obra Social de La Caixa y el de su marido como asesor deportivo y miembro del COE (de 2001 a 2005). En 2003 Urdangarin había emprendido una aventura empresarial junto al profesor de Esade Diego Torres, a quien conoció mientras estudiaba en la prestigiosa universidad. Crearon el Instituto Nóos, una entidad que debía operar sólo con fines sociales, sin ánimo lucro. En paralelo, Urdangarin fundaba Aizoon, empresa inmobiliaria en la que también participaba su mujer. Entonces empezó el infierno.

La frase se ha repetido mucho en esta historia: "Urdangarin no quería ser un florero, como Marichalar". Lo han contado sus amigos, tratando de hallar una explicación a los desmanes del ex deportista. La presidencia de Nóos duró poco tiempo en el currículum de Urdangarin. En 2006 abandona la gestión, apremiado por la Familia Real, y es nombrado consejero Telefónica.

EL FLORERO

Ningún sueldo podía emular la sensación de poder que le había ofrecido la presidencia de Nóos. Y el tren de vida de la pareja no era fácil de mantener. La situación económica pasó a ser insostenible para la pareja, que llegó a pedir ayuda a Felipe de Borbón para afrontar las deudas. En la fiesta sorpresa que la infanta organizó a su marido por su 40 cumpleaños, en 2008, Urdangarin buscó un momento para advertir al futuro rey de que los gastos de la familia eran demasiados. Pero lejos de encontrar la respuesta esperada, el entonces duque vio cómo no iba a encontrar apoyo en su cuñado.

No hubo apoyo económico y al poco tiempo el matrimonio se veía forzado a abandonar España. Más flores para el jarrón: Urdangarin era nombrado presidente de la Comisión de Asuntos Públicos de Telefónica Latinoamérica y Estados Unidos. La holgura económica se instaló en casa de la familia. Pese a que Urdangarin aseguró ante el juez que cobraba 350.000 euros anuales, la declaración de la renta presentada en Estados Unidos cifraba sus ingresos en 5,1 millones de euros. Daros que aparecerían en las pesquisas judiciales que ya habían tomado su camino y pesaban sobre la cabeza de la infanta como una espada.

La reunión de Felipe VI y Urdangarin en su fiesta de cumpleaños terminó en la marcha de la pareja a Estados Unidos. Así es como pudo ayudarle su familia política. Aunque aquella velada fue algo más, fue un capítulo casi definitivo en el alejamiento de don Felipe y doña Letizia de quienes habían sido además de hermanos, amigos. La actual reina nunca vio con buenos ojos a Urdangarin, a quien consideró un charlatán que había engatusado a la familia real con un lenguaje alejado de palacio. A ella, sin embargo, nunca la engañó.

Y eso que el exduque fue siempre un experto en sutilezas. Llegó incluso a escapar de su mujer y mantener relaciones de gran amistad con algunas mujeres. Algo que él quiso tapar con una demanda interpuesta en los juzgados de Barcelona para evitar que se publicaran unos correos que podrían revelar que no había sido aquel marido ejemplar del que hablaban algunos periodistas en el inicio de su matrimonio. “Yo he venido aquí a proteger los correos de carácter personal y íntimo, no le voy a reconocer si yo he cometido o no unas infidelidades”, declaró Urdangarin en 2013 en el juzgado de primera instancia número 46 de Barcelona. Sin quererlo, cayó en su propia trampa.

Iñaki Urdangarin y la infanta Cristina con sus hijos Juan Valentín, Pablo Nicolás y Miguel por las calles de Ginebra.

Iñaki Urdangarin y la infanta Cristina con sus hijos Juan Valentín, Pablo Nicolás y Miguel por las calles de Ginebra.

En plena tormenta judicial por el Caso Nóos, la infanta supo lo que había sucedido años atrás, que su marido la había traicionado. La amistad de Urdangarin con una exnovia sucedió en 2006, pero Cristina de Borbón fue informada en 2013, cuando acorralado por la prensa, su marido le contó que necesitaba poner una demanda para frenar la posible publicación de correos íntimos.

Ese ha sido el único momento de flaqueza de la infanta. Siempre ha considerado que su marido era una víctima a la que habían dejado caer para salvarse en el Palacio de la Zarzuela pero en aquel momento le dio la espalda. Urdangarin estaba en plena batalla judicial, con todos los bienes y cuentas embargados, así que no disponía de capital para poner una demanda. La infanta le negó ayuda y él tuvo que buscar en otros lugares. Todo indica que fue su abogado y amigo, Mario Pascual Vives, quien se hizo cargo de las costas.

Muchos pensaron que había llegado el momento de la separación. La Casa Real lo había intentado por todos los medios, aunque el resultado siempre fue el contrario. Cuanto más presionaban para separarlos, más unían al matrimonio. Lo mismo sucedió con la traición: al ver que su vida se desmoronaba, la infanta confirmó que debía trasladarse a Suiza. Con su marido y sus hijos. Juntos. Fue consciente de que en Barcelona ya no contaba con protección alguna; ni siquiera algo tan sagrado como la vida conyugal escapaba del ojo público.

Los cuatro hijos del matrimonio han sido, y siguen siendo, la principal preocupación de Cristina. Sobre todo Juan (17), el mayor, un chico muy sensible que ha sufrido lo indecible por la situación de sus padres. El desarrollo del Caso Nóos no permitió que la pareja se refugiara en Telefónica ni en Washington DC por mucho tiempo y en septiembre de 2012 volvían a Barcelona. En el Liceo Francés de la capital catalana los niños eran objeto de las burlas de los compañeros más crueles, que les insultaban por tener un “padre ladrón”. No era algo puntual: la situación de los Urdangarin de Borbón se volvió insostenible en la ciudad condal, donde Iñaki dejó de ser bienvenido hasta en la panadería (es literal, también le insultaban cuando iba a comprar el pan). El exduque de Palma vio como su imán social se daba la vuelta y pasó de atraer a todos a ahuyentarlos.

El palacete de Pedralbes en la zona alta de Barcelona.

El palacete de Pedralbes en la zona alta de Barcelona. Gtres

Fueron varios los motivos que llevaron al matrimonio a mudarse a Ginebra. La función navideña de los pequeños fue clave para abrirles los ojos. Muchos padres descubrieron a Iñaki en un rincón del auditorio del Liceo Francés, escondido en la oscuridad, viendo la función de sus hijos. Cristina se movió rápido y con la ayuda de su padre logró un nuevo empleo en la Fundación Aga Khan, un puesto que podía compaginar con el de La Caixa. Los niños estaban pasándolo mal en la escuela, Iñaki no podía salir de casa sin una cola de cámaras detrás, le insultaban en las tiendas del barrio, en el Real Club de Tenis y encima sus relaciones extramatrimoniales podían publicarse en cualquier momento… No había otra salida.

Y por mucho que ahora traten de buscar una luz allá a lo lejos, nada podrá alejarles de una realidad que les fue ajena durante tantos años. Desde la mudanza, Urdangarin ha ejercido de amo de casa: se encarga de los chicos, de cocinar, de los traslados a la escuela. Juan ya tiene edad para empezar la universidad el año que viene, el resto está feliz en la Ècole International (Ecolint), una escuela de élite en la que se refieren a Cristina como la princese, sin más. Partieron casi de cero -en lo social, en lo profesional y en lo personal- cuando imputaron a Iñaki en 2011 y su nueva vida también se desmorona. Como Sísifo, la infanta Cristina quizás tenga que volver a subir con su pesada carga hasta la cima. Y nadie le asegura que no vuelva a rodar montaña abajo.