La barra de la Cerveceria El Doble con salazones y 'laterío'.
Carta al bar de tapas o por qué la felicidad en este país siempre surge alrededor de una barra
España no sería España sin sus bares. No solo porque alimentan el cuerpo, sino porque sostienen una forma de estar juntos.
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Dice el escritor Juan Tallón que «un pueblo que pierde la capacidad para convocar una reunión alrededor de la barra de un bar es un pueblo muerto».
La frase aparece en la portada de Mientras haya bares, una obra del escritor ourensano que no trata exactamente sobre los bares, pero en la que estos funcionan como hilo conductor: refugio, espacio de evasión, laboratorio de ideas y mirador privilegiado desde el que observar el mundo. O, si se quiere, la perspectiva de quien ha aprendido a mirar la vida desde el lado correcto de una barra.
Ese título siempre ha resonado en mi cabeza como una suerte de consigna lanzada a pleno pulmón. Casi un manifiesto sentimental sobre una hostelería que, desde hace siglos, ha configurado buena parte del ADN de España. Hay países que se explican en sus monumentos, España, sin embargo, se entiende mejor apoyada en una barra.
Una barra de mármol, acero gastado o de madera pulida por generaciones de codos. Una barra donde se pide una caña, con servilletas en el suelo, se comparte una tapa y, sin darse cuenta, se comparte también una vida. Porque en este país la felicidad rara vez entra por la puerta grande: suele llegar en forma de vermú, aceitunas -no en mi caso- y conversación.
El bar español nunca fue únicamente un negocio. Es una institución civil, un refugio climático y emocional, una extensión del salón de casa. En él se celebran ascensos y derrotas, se cierran acuerdos, se remiendan corazones y se aprende el arte democrático de convivir.
En pocos lugares del mundo existe una arquitectura social tan sencilla y, al mismo tiempo, tan sofisticada: una barra a la altura exacta para que cualquiera pueda apoyarse y sentirse parte de algo.
La barra de La Dolores por donde circulan cientos de cañas y tapas diariamente.
No es casualidad que buena parte de nuestra literatura reciente haya encontrado en el bar un escenario privilegiado para narrar el país. En Una vida de bar en bar, José Ángel Mañas convierte las conversaciones entre Domingo Espinar y un escritor amigo en algo más que un ejercicio de memoria: son una biografía sentimental de España.
Entre barra y barra aparecen los primeros amores, los fracasos, los divorcios, las amistades perdidas, la política municipal, la corrupción o los movimientos sociales. Como si el país entero pudiera leerse en el reflejo de una copa.
Quizá por eso los bares nunca han sido únicamente un negocio de hostelería. Han funcionado como ágoras democráticas, oficinas improvisadas, consultorios sentimentales y archivos orales del barrio. Un espacio profundamente democrático donde coinciden el jubilado y el estudiante, el albañil y el abogado, el vecino de toda la vida y el recién llegado. La barra iguala lo que fuera de ella a menudo permanece separado.
La propia trayectoria de muchos escritores españoles ilustra hasta qué punto literatura y taberna han caminado juntas. De Cela a Umbral, de Mañas a Tallón, el bar ha sido oficina, refugio y laboratorio narrativo. Tal vez porque, como pocas instituciones, conserva algo esencial: la capacidad de reunir a desconocidos y convertirlos, aunque solo sea durante una ronda, en parte de una misma comunidad.
El bar, en peligro de extinción
Pero esa cultura del bar, que parecía eterna, atraviesa hoy una crisis silenciosa. El turismo masivo, la presión inmobiliaria y la gentrificación están transformando barrios enteros y expulsando a quienes les daban vida.
Allí donde antes había una casa de comidas con parroquia fija, aparecen locales diseñados para el visitante efímero; donde se servía un menú del día, surgen conceptos gastronómicos pensados más para el algoritmo y la fotografía que para la conversación.
De esa pérdida habla con lucidez Carles Armengol en Matar un bar, una mezcla de autobiografía, crónica costumbrista y ensayo político que denuncia cómo la precariedad laboral y la gentrificación disfrazada de modernidad están vaciando de alma nuestras barras. En sus páginas plantea la realidad incómoda que rodea a un bar cuando desaparece, no cierra únicamente un negocio; se extingue una forma de comunidad.
Armengol sabe de lo que habla. Creció correteando entre las mesas de la casa de comidas de sus padres en Collblanc y hoy sigue detrás de una barra en Barcelona. Desde allí reivindica el bar como un acto político: un espacio tangible, analógico y cercano frente a la homogeneización de las ciudades y el consumo acelerado.
Porque matar un bar es mucho más que bajar una persiana. Es borrar una pequeña biblioteca oral del barrio. Es perder al camarero que conoce tu nombre y tu desayuno antes incluso de preguntarlo. Es renunciar a ese raro milagro de la convivencia espontánea que convierte a desconocidos en parroquianos.
La defensa del bar tradicional no es un ejercicio de nostalgia. Es una apuesta por el futuro para no olvidar el pasado. Si Conservar (Cinto Tintas) es conseguir que algo no se pierda, ojalá encontrar entre las páginas del último libro de Robert Ruiz la receta para hacer que estos nuestros templos perduren con el tiempo.