A diario veo en mi consulta que cuando un hombre se siente inseguro acerca de sus erecciones puede hacer auténticas virguerías para evitar su problema. Muchas veces, ni siquiera tienen un problema como tal, sino que la autoexigencia que tienen al respecto sobre cómo debería funcionar su pene les bloquea.

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Pablo tiene 40 años, un trabajo muy interesante y es muy simpático y bastante atractivo. Le encantan las mujeres y liga con ellas con mucha facilidad. Siempre tiene a varias mujeres a su alrededor dispuestas a mantener relaciones sexuales –y sentimentales- con él. Cuando se acuesta con ellas, se lo pasan muy bien y les apetece volver a repetir. Incluso, algunas quieren involucrarse en una relación afectiva con él. Hasta aquí, todo parece fantástico, ¿verdad? Pero Pablo tiene un problema.

El problema es que Pablo cree que sus erecciones no son todo lo buenas que deberían ser. Cree que deberían ser más firmes, iniciarse más rápidamente y no aflojarse en ningún momento del encuentro sexual. Cuando le pregunto acerca de sus erecciones para evaluar su caso, descubro que su cuerpo funciona perfectamente bien: tiene erecciones cuando se excita, mantiene relaciones con penetración satisfactorias, cuando no está tan excitado su erección puede bajarse pero vuelve a recuperarse cuando vuelve a excitarse… Su pene funciona como cualquier otro pene sano, vaya.

Para Pablo, esto no es suficiente. A él le gustaría que sus erecciones fuesen muy rápidas, muy rígidas y que no se debilitasen nunca. Aunque él esté cansado, borracho, enfadado, estresado, con alguien de poca confianza o poco excitado. Quiere que su pene funcione como ningún pene del planeta funciona. Quiere que su pene funcione como una máquina, vamos. Y esto le genera muchísima frustración.

Tanto, que desde hace muchos años, su vida sexual y sentimental está condicionada por esto. Para evitar enfrentarse a lo que él considera un fracaso, da largas a las chicas para no acostarse con ellas, no les devuelve las llamadas si cuando se ha acostado con ellas su erección no ha funcionado como él quería, se sumerge en el trabajo y lo pone como excusa para no mantener relaciones sentimentales…

Cuando decide quedar con alguna chica, despliega minuciosamente una serie de estrategias que le permitan controlar la situación: no queda cerca de su casa ni de la de ella, tiene preparada una excusa para irse si la cosa se pone demasiado caliente y no se siente preparado para dar el paso, toma algo de alcohol para sentirse más seguro y desinhibido, queda únicamente cuando sabe que ella se va a tener que ir pronto…

Por supuesto, dedica una gran parte del día a pensar en este tema, centrando sus pensamientos en ello y organizando su vida en torno a esto. Agotador.

Lamentablemente, no es el único. La presión que sufren los hombres en nuestra cultura para que sus erecciones sean tremendamente potentes es demoledora. Muchos tienen tan metido en la cabeza que sus penes son el centro de las relaciones sexuales, la base de su masculinidad y el pilar de su autoestima, que viven con un miedo brutal a que sus erecciones fallen. Y lo peor es que, al estar centrados en su miedo, y no en su placer, lo más probable es que sufran el tan temido gatillazo.

Por favor, recordemos que las erecciones no son más que un reflejo del cuerpo. Un reflejo sobre el que no tenemos control. Para que se dé una erección tiene que haber mucha excitación y relajación. Nada más. Es en eso en lo que debemos centrarnos: en disfrutar, en pasárnoslo bien y en estar a gusto. El objetivo de un encuentro sexual es el del placer, ¿verdad? No el de tener una erección.

Por otro lado, cuanto más intentemos controlar una erección peor nos va a ir, pues no estaremos lo suficientemente excitados ni relajados. Vamos, que no hay nada que podamos hacer más que centrarnos en disfrutar.

Incluso, muchos hombres pueden excitarse muchísimo, a veces hasta el punto de tener un orgasmo sin tener una erección. Pero eso ya es para otro día.

*Ana Lombardía es psicóloga y sexóloga.