La popularidad del té rojo ha ido aumentando en los últimos años y ahora se trata de uno de los más consumidos en todo el mundo —con permiso del té verde— tanto por su agradable sabor como por sus múltiples bebeficios para la salud. De este superalimento destacan las propiedades que hacen de él un aliado perfecto para las dietas de adelgazamiento. Con el nombre original de Pu Erh, esta bebida procede de la región Pu'er de Yunnan (China) y ha sido consumida únicamente por la nobleza durante cientos de años. De hecho, al contrario que otros tés que se toman frescos, esta variedad de Camellia sinensis se fermenta un mímino de dos años y un máximo de 60 en barricas de bambú, de ahí su tonalidad rojiza.

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Entre sus beneficios más conocidos podemos destacar su poder antioxidante avalado por diversos estudios en los que se constata que es una fuente de antioxidantes naturales mayor incluso que la que ofrece la vitamina C. Además de prevenir el envejecimiento de las células al luchar contra los radicales libres, el té tiene efectos positivos en la salud cardiovacular. De hecho, la Fundación Española del Corazón (FEC) resaltar cualidades suyas como la prevención de la aterosclerosis (endurecimiento y estrechamiento de las arterias), la disminución de los niveles de colesterol y azúcar en sangre, la reducción del riesgo de infarto y su poder para mantener a raya la hipertensión.

Hay muchas razones para empezar el día con una taza puesto que el té rojo también está recomendado para cuidar la salud de los huesos. Su consumo se asocia con efectos positivos para prevenir la osteoporosis, especialmente en mujeres que han pasado la menopausia. Además, sus efectos también se notan en la piel, que se mantiene más hidratada, suave y tersa. Favorecer una correcta digestión es otro de sus beneficios. Tomarlo después de comer estimula la secreción de ácidos gástricos y regula el proceso digestivo, acelerando asimismo la metabolización de los alimentos y, por lo tanto, contribuyendo a que el organismo no llegue absorber tantas grasas y toxinas. 

Este último apunte nos lleva a enumerar una de las cualidades más populares del té rojo: sus efectos beneficiosos para adelgazar. Esto no supondrá ninguna novedad para las personas que hayan seguido alguna dieta de adelgazamiento porque los profesionales suelen recomendar su ingesta en la mayoría de ellas, no solo por su efecto saciante para ayudar a no picar entre horas, sino también por su acción quemagrasas. Ayuda a no absorberlas durante la digestión, pero también a eliminarlas. Esto se debe a que acelera el metabolismo del hígado y ejerce una acción diurética que contribuye a una pérdida de peso muy rápida.

Cómo tomar el té rojo

El microondas es muy cómodo, pero también le ha hecho mucho daño a las infusiones en general porque prácticamente nos hemos olvidado cómo preparar el té correctamente por la vagancia de calentar la bolsita dentro de un vaso con agua en un minuto. Sin embargo, lo cierto es que no todos los tés son iguales ni necesitan de los mismos tiempos de preparación y eso se nota en su sabor y también en sus propiedades. Así que vayámonos sacudiendo la pereza para aprovechar al máximo nuestra taza o tazas diarias. En el caso del té rojo en particular, la temperatura del agua tendrá que estar a unos 90 o 99 grados y debemos dejarlo infusionar en su interior de 2 a 3 minutos. 

Las personas que no disfrutan de las bebidas calientes no tienen por qué renunciar a las propiedades del té rojo y pueden consumirlo en Kombucha. Esta bebida es, en esencia, una infusión de té dulce fermentado con un cultivo simbiótico de bacterias y levaduras conocido como SCOBY que les aporta una textura gaseosa y añade sus propias cualidades probióticas. De hecho, en china a este brebaje se le llamaba también "el elixir de la vida". Además de comprarla en cualquier supermercado, se puede hacer en casa mezclando el té elegido con al menos un 25% de la variedad negra.

Preparamos la infusión mezclando 2 o 3 cucharadas soperas por cada litro, dejamos reposar 20 minutos y disolvemos 80 gramos de azúcar blanco por cada litro. Dejamos enfriar y metemos el líquido en un recipiente de cristal. Añadimos el fermento (si es la primera vez, tendremos que echar una cucharadita de vinagre y si ya lo hemos hecho, un chorrito de bebida fermentada) y tapamos con un paño del algodón atado para evitar que entre el polvo. Dejamos siete días mínimo lejos del sol, separamos el fermento del líquido con una cuchara de plástico o madera (nunca de metal) y lo colamos. Separamos un vaso para la siguiente ocasiones y guardamos el resto en botellas cerradas en la nevera durante 5 días antes de consumirlo.

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