Publicada
LO ESENCIAL
Exclusivo suscriptores

Pedir una cita médica, hablar con familiares, gestionar una cuenta bancaria o realizar un trámite administrativo implica cada vez con más frecuencia utilizar un teléfono móvil, una aplicación o internet. Para muchos mayores, quedarse atrás en ese proceso no supone únicamente una dificultad práctica. Un nuevo estudio realizado en España ha encontrado que los mayores de 65 años con problemas para adaptarse a las nuevas tecnologías presentan también una mayor probabilidad de sentirse solos.

La investigación, publicada en marzo de 2026 en BMC Public Health, analizó una muestra representativa de 1.003 personas de 65 años o más residentes en España y que no vivían institucionalizadas. Los investigadores realizaron entrevistas telefónicas y evaluaron la soledad mediante una versión abreviada de la conocida escala UCLA.

Además de preguntar por la situación familiar, económica y de salud de los participantes, el equipo quiso saber qué circunstancias podían hacerles sentirse solos. Entre ellas se encontraban la pérdida de un familiar, una enfermedad prolongada, la jubilación, que un hijo abandonase el hogar, vivir lejos de familiares y amigos y, especialmente, tener dificultades para adaptarse a las nuevas tecnologías.

Los resultados mostraron que este último problema aparecía con una frecuencia significativamente mayor entre quienes presentaban soledad. Las dificultades tecnológicas se sumaban así a otros factores relacionados con este sentimiento, como vivir solo, enviudar, disponer de bajos ingresos, sufrir ansiedad o depresión y tener una menor satisfacción con la vida.

La brecha digital también puede convertirse en una brecha social

La explicación no consiste simplemente en que utilizar un móvil haga desaparecer la soledad. En una sociedad cada vez más digitalizada, no manejar determinadas tecnologías puede limitar también las oportunidades de mantener relaciones y participar en actividades cotidianas.

Videollamadas, grupos de mensajería, redes sociales o aplicaciones permiten mantener contacto con hijos, nietos, amigos y familiares que viven lejos. Pero internet se ha convertido también en una puerta de entrada a servicios, actividades culturales, información sanitaria y numerosas gestiones.

Por eso, una persona que encuentra estas herramientas especialmente difíciles puede enfrentarse a una doble barrera: tener menos acceso a determinados servicios y quedar fuera de algunas formas de interacción social que para otras generaciones son ya rutinarias.

El estudio español no es el único que ha encontrado esta relación. Una investigación publicada también en 2026 analizó a 441 adultos suecos de entre 55 y 93 años y evaluó hasta qué punto habían incorporado la digitalización a su vida cotidiana. Quienes presentaban un nivel bajo de integración digital obtenían puntuaciones de soledad entre 3,3 y 4,1 puntos superiores a quienes tenían niveles medios o altos, incluso después de tener en cuenta otros factores conocidos relacionados con la soledad.

Otra gran investigación longitudinal publicada en 2025 analizó datos de 39.190 adultos mayores de China, Estados Unidos e Inglaterra. En los tres países, no utilizar internet estuvo asociado con una mayor probabilidad de sentirse solo. Tras ajustar por edad, sexo, educación, estado civil, ingresos, salud y otras características, la exclusión digital continuó mostrando una asociación significativa con la soledad.

La cuestión parece depender además no solo de tener un dispositivo, sino de saber utilizarlo.

Un estudio realizado con 315 adultos surcoreanos de entre 65 y 84 años diferenció varios perfiles de competencia digital. Las personas con pocas habilidades tecnológicas presentaban niveles de soledad superiores a quienes dominaban estas herramientas y participaban activamente en actividades digitales.

La evidencia más reciente apunta en la misma dirección. Un trabajo publicado en septiembre de 2026 encontró que las dificultades para utilizar aplicaciones eran uno de los principales factores relacionados con el aislamiento digital entre adultos mayores. En esa investigación, realizada en India, la exclusión digital mostró una correlación significativa con una mayor soledad.

Eso no significa que enseñar a utilizar WhatsApp o realizar videollamadas sea suficiente para resolver la soledad.

El propio estudio español recuerda que se trata de un fenómeno multifactorial. En su muestra, enviudar y vivir solo se asociaban también con una mayor probabilidad de sentirse solo. Los ingresos inferiores a 1.000 euros mensuales mostraban una relación especialmente importante con los niveles más intensos de soledad, mientras que la ansiedad o depresión y una baja satisfacción vital aparecían estrechamente vinculadas al problema.

Además, al ser un estudio transversal, no puede demostrar qué ocurre primero. Es posible que tener dificultades con la tecnología favorezca el aislamiento, pero también que una persona más sola disponga de menos familiares o amigos que puedan enseñarle a utilizar nuevos dispositivos.

Investigaciones experimentales ofrecen, no obstante, una pista interesante. Un ensayo aleatorizado publicado en 2026 proporcionó seis semanas de formación digital a residentes de dos centros de mayores en China. Frente al grupo de control, quienes recibieron el entrenamiento mejoraron sus competencias digitales y mostraron reducciones significativas del aislamiento social, además de una mayor percepción de apoyo.

La conclusión no es, por tanto, que los mayores necesiten pasar más horas delante de una pantalla. La tecnología funciona mejor como herramienta para mantener relaciones y conservar autonomía, no como sustituto del contacto humano.

Pero cuando citas médicas, conversaciones familiares, servicios públicos y actividades sociales pasan cada vez más por una pantalla, no saber utilizarlos puede significar quedar parcialmente fuera. Y los datos españoles muestran que, después de los 65, esa dificultad tecnológica aparece también relacionada con algo mucho menos visible: una mayor sensación de soledad.