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Los productos “high protein” o enriquecidos con proteína se han multiplicado en los supermercados durante los últimos años. Yogures, panes, cereales, barritas, helados o incluso conservas destacan ahora su contenido en proteína como si esa característica los convirtiera automáticamente en una opción más saludable. Sin embargo, el nutricionista Ismael Galancho advierte de que ese reclamo puede llevar al consumidor a pagar bastante más por una diferencia nutricional mucho menor de lo que imagina.

“Te han hecho creer que, si un producto es proteico, es más saludable y engorda menos”, explica Galancho al abordar este fenómeno en su libro Alto en proteína. El especialista señala además que existen productos enriquecidos cuya diferencia respecto a la versión convencional es de apenas dos o tres gramos de proteína, mientras que el precio puede aumentar entre un 20% y un 50%.

El nutricionista pone como ejemplo un producto tan cotidiano como el atún en conserva. Según explica, una versión comercializada como rica en proteínas aportaba alrededor de 26 gramos de proteína por cada 100 gramos, mientras que el producto convencional se quedaba cerca de 24. La diferencia era, por tanto, de únicamente dos gramos, pese a que el precio podía aumentar de manera considerable.

Su crítica no se dirige contra la proteína, un nutriente imprescindible para funciones como el mantenimiento de los tejidos y la masa muscular, sino contra la idea de que añadirla transforma automáticamente la calidad global de un alimento.

“Alto en proteína” no significa menos calorías

La legislación europea establece además un significado muy concreto para la expresión “alto contenido de proteínas”. Para que un fabricante pueda utilizarla, al menos el 20% del valor energético del alimento debe proceder de las proteínas. Para presentarlo únicamente como “fuente de proteínas”, el mínimo es del 12%.

Esa definición no dice nada, sin embargo, sobre cuántas calorías aporta en total el producto.

Un alimento puede cumplir perfectamente los requisitos para anunciarse como alto en proteínas y contener al mismo tiempo cantidades importantes de grasa, carbohidratos o azúcar. Por eso, la presencia de la palabra “proteína” en grande en la parte frontal del envase no equivale a decir que el producto engorda menos.

Para ganar o perder peso, el balance energético global continúa siendo determinante. Incorporar algunos gramos adicionales de proteína no elimina las calorías procedentes del resto de componentes del alimento.

La investigación realizada en supermercados españoles respalda además la necesidad de mirar más allá del reclamo. Un estudio publicado en Nutrients analizó 4.325 alimentos procesados de 12 categorías distintas disponibles en España. De ellos, 561, alrededor del 13%, incluían algún tipo de mención relacionada con la proteína.

Más de la mitad, concretamente el 60,4%, habían sido enriquecidos añadiendo ingredientes proteicos. Pero tener esa característica no garantizaba una mejor composición global.

Utilizando el modelo de perfil nutricional de la Organización Panamericana de la Salud, los investigadores clasificaron como menos saludables al 90,8% de los productos que incorporaban reclamos proteicos. Más de la mitad presentaban niveles elevados de grasa o sodio, aproximadamente una cuarta parte tenía niveles altos de azúcares libres o grasas saturadas y alrededor de uno de cada cinco contenía edulcorantes.

Eso tampoco significa que todos los productos enriquecidos sean perjudiciales. En algunas personas pueden resultar especialmente prácticos. Galancho señala, por ejemplo, a deportistas que necesitan soluciones fáciles cuando viajan, personas mayores con poco apetito o dificultades para masticar y determinados pacientes con necesidades nutricionales concretas.

El problema aparece cuando se interpreta el término “proteico” como un sinónimo de saludable.

Galancho denomina “protein washing” a la estrategia de añadir proteínas a productos como snacks, bollería, cereales o determinados ultraprocesados para otorgarles una imagen nutricionalmente más favorable aunque el conjunto de su composición apenas haya cambiado.

Algo parecido ocurre con el pan. El nutricionista recuerda que un pan convencional puede contener aproximadamente 9 o 10 gramos de proteína por cada 100 gramos, mientras que algunas versiones presentadas específicamente como proteicas alcanzan 12 o 13 gramos. El incremento existe, pero puede ser relativamente pequeño frente a la diferencia de precio.

La proteína, además, ya está presente en numerosos alimentos habituales: huevos, pescado, carnes, lácteos, legumbres, tofu o soja pueden contribuir a alcanzar las necesidades diarias sin necesidad de recurrir constantemente a versiones enriquecidas.

Por eso, antes de pagar más por un producto proteico, Galancho propone fijarse en dos datos sencillos: cuántos gramos adicionales aporta realmente y cuánto aumenta su precio.

Porque añadir dos gramos de proteína puede permitir diferenciar un producto en el lineal, pero no convierte automáticamente sus calorías en distintas ni garantiza que sea nutricionalmente superior. Y, en determinados casos, el consumidor puede terminar pagando alrededor de un 30% más por una diferencia que apenas se nota en la dieta completa.