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Las claves

Hay partidos que se recuerdan por el resultado y otros que quedan unidos al lugar donde se vieron, a la persona que estaba al lado o al abrazo que llegó con el gol. La final del Mundial de 2026 reúne todos esos ingredientes.

España venció a Argentina en la prórroga gracias a un gol de Ferran Torres en el minuto 106. Después llegó una de las imágenes que resumirán el campeonato durante años, con Rodri levantando la segunda Copa del Mundo de la Selección.

Según recoge la revista ¡HOLA!, la psicóloga Pilar Conde considera que esa escena representa algo más que el éxito de un grupo de futbolistas. Durante unas horas, millones de personas compartieron la tensión, el alivio, la alegría y el orgullo de sentirse parte del mismo grupo.

Conde considera que la fotografía del capitán con el trofeo terminará formando parte de la memoria colectiva del país. La celebración también puede elevar temporalmente la autoestima, fortalecer las relaciones y reforzar el sentimiento de pertenecer a un grupo.

La victoria no se vive igual en todas partes ni con la misma intensidad. Quienes se identifican con la Selección suelen experimentar el resultado como algo propio, mientras otras personas permanecen al margen. La unión que genera el fútbol es real, aunque también pasajera.

Memoria colectiva

Los jugadores disputan el partido, pero los aficionados hablan en primera persona del plural. Cuando Ferran Torres marcó, las calles y los bares se llenaron de un mismo grito. "Hemos ganado" expresa hasta qué punto el éxito del equipo se incorpora al grupo.

La psicología social estudia desde hace décadas esa identificación. Cuando alguien siente que pertenece a una selección, sus victorias y derrotas influyen en la imagen que tiene de su propio grupo y pueden cambiar durante un tiempo su estado de ánimo.

Una investigación publicada en Frontiers in Psychology siguió a 648 personas antes de la final de la Copa América de 2016 y volvió a preguntar a 409 de ellas después de la victoria de Chile.

Los participantes más identificados con la selección mostraron después un mayor orgullo por el equipo y por el país. Ese orgullo colectivo se relacionó con una mejor valoración del bienestar, especialmente entre quienes ya se sentían vinculados al combinado nacional.

El estudio ayuda a entender por qué un mismo gol provoca una euforia enorme en algunas personas y apenas interesa a otras. El resultado deportivo adquiere más peso cuando se interpreta como una conquista del grupo al que se pertenece.

La autoestima mencionada por Conde se parece, por tanto, a un impulso de orgullo compartido. La celebración mejora durante un tiempo la percepción del grupo y de lo que representa, aunque no transforma de manera permanente la autoestima personal.

Rodri reunía varios elementos para protagonizar esa imagen. Era el capitán, había dirigido el juego de España durante el torneo y acababa de recibir el Balón de Oro como mejor futbolista del Mundial.

Al levantar la Copa, toda la competición quedó concentrada en un solo gesto. Las ocasiones falladas, el gol en la prórroga y la tensión de la final encontraron una escena sencilla y reconocible con la que contar la victoria.

Las investigaciones sobre grandes acontecimientos deportivos muestran que los aficionados recuerdan mucho más que el marcador. Conservan dónde estaban, con quién vieron el partido y cómo reaccionaron cuando llegó el momento decisivo.

Un estudio publicado en Memory comprobó que los seguidores de un equipo tendían a coincidir en los detalles esenciales de una gran final. También conservaban recuerdos muy vivos de las circunstancias personales en las que la habían seguido.

Las repeticiones televisivas, las fotografías, las conversaciones y las celebraciones públicas terminan ordenando esos recuerdos. Con el tiempo, unas pocas imágenes se convierten en la forma común de contar lo sucedido.

La llegada de la Selección a Madrid reforzó ese proceso. Rodri fue uno de los primeros en bajar del avión y lo hizo llevando el trofeo junto al seleccionador Luis de la Fuente y al presidente de la RFEF.

Del sufrimiento del partido a la euforia

La final mantuvo la tensión durante más de cien minutos. España acumulaba ocasiones, el marcador seguía a cero y los penaltis parecían cada vez más cercanos. El gol de Ferran Torres llegó cuando la incertidumbre llevaba mucho tiempo creciendo.

La celebración fue tan intensa porque apareció después de una larga espera. El gol liberó de golpe buena parte de la frustración acumulada y convirtió el miedo a perder en la certeza de que el título estaba muy cerca.

Un estudio realizado con aficionados españoles durante la final del Mundial de 2010 mostró hasta qué punto el cuerpo participa en estos partidos. Los niveles de cortisol y testosterona fueron mayores durante el encuentro que en una jornada normal.

Cuando termina el partido, cantar, abrazarse o salir a celebrarlo permite compartir la emoción. Esos momentos pueden mejorar el ánimo y acercar a personas que, durante unas horas, sienten que forman parte de la misma historia.

Los efectos emocionales de una victoria deportiva suelen ser más intensos que duraderos. El orgullo y el optimismo crecen durante la celebración y van perdiendo fuerza cuando la vida cotidiana recupera su ritmo.

Eso no los vuelve irrelevantes. Las experiencias compartidas crean conversaciones, vínculos y recuerdos comunes. También ofrecen una pausa en una sociedad donde las diferencias políticas, territoriales y deportivas vuelven a aparecer al día siguiente.

La imagen de Rodri con la Copa no resolverá los problemas de España ni hará que toda la población sienta lo mismo. Sí puede convertirse en una referencia compartida para quienes vivieron la final y la incorporen a su historia personal.

Dentro de unos años, muchos quizá no recuerden todas las ocasiones ni el orden de los cambios. Seguirán recordando el gol de Ferran, el pitido final y al capitán levantando el trofeo. Así empieza a construirse una memoria colectiva.