P. G. Santos
Publicada
Las claves

España ha sufrido ya dos olas de calor en lo que llevamos de año y aún no se ha alcanzado el ecuador del mes de julio. Las altas temperaturas que se están registrando desde hace varias semanas en prácticamente todo el país están afectando a muchos oficios.

Uno de los que más se está viendo afectados es el de los agricultores, ya que el calor extremo está influyendo en el crecimiento normal de las plantas. En el caso del cultivo de trigo, el calor afecta al rendimiento final pues reduce el número y el peso de los granos.

Bien lo sabe Lorenzo, agricultor en Zamora y portavoz de COAC, que ha relatado cómo le está afectando las altas temperaturas: "He perdido alrededor de 2.500 kilos de producción por hectárea de trigo por la ola de calor".

Calcula que puede haber perdido unos 40.000 euros, una cifra que ilustra la fragilidad económica de unas explotaciones donde cada campaña se decide, cada vez más, por el comportamiento extremo del termómetro.

La pérdida de 2.500 kilos por hectárea implica, en la práctica, que las expectativas iniciales de Lorenzo se han visto recortadas en torno a un 40%, un porcentaje que coincide con las mermas que las organizaciones agrarias están detectando en numerosas explotaciones cerealistas de la comunidad.

Momento crítico del cultivo

La Unión de Campesinos de Castilla y León y otras asociaciones cifran ya la caída de la producción de cereal entre el 30% y el 45% en las zonas más afectadas por las olas de calor, que han acelerado la maduración del grano y han impedido su correcto llenado.

En el caso concreto de Zamora, los agricultores señalan que el calor ha llegado en el momento crítico del granado de los trigos, cuando el cultivo necesita noches frescas y cierta estabilidad térmica para ganar peso específico y consolidar una campaña que, sobre el papel, parecía histórica.

La situación de Lorenzo ejemplifica la paradoja que describen las cooperativas: tras una cosecha excepcional en 2025, las estimaciones para 2026 se han revisado a la baja por la sucesión de episodios de calor extremo, hasta situar la producción nacional de cereales de invierno casi un 29% por debajo del año anterior.

Ese descenso global se traduce, sobre el terreno, en pérdidas económicas que en muchas explotaciones oscilan entre 200 y 400 euros por hectárea, una horquilla que, según las organizaciones agrarias, compromete seriamente la viabilidad de los agricultores más endeudados o con menores márgenes.

Ante este escenario, organizaciones como Asaja reclaman incrementar las dotaciones de riego en la cuenca del Duero, recordando que los embalses se sitúan por encima de la media de la última década y que el agua disponible debería servir para amortiguar, al menos parcialmente, el impacto del calor sobre los cultivos.

Para Lorenzo, sin embargo, las soluciones llegan tarde: la ola de calor ha consolidado una campaña de corrección tras el espejismo del año pasado, y su cosecha de trigo, menguada en 2.500 kilos por hectárea, es ya la evidencia palpable de que la agricultura de secano se juega su futuro en cada nueva subida del termómetro.