Las investigaciones de Tal Ben-Shahar, conocido como el "profesor de la felicidad" de Harvard, apuntan a un factor clave para predecir quién será más feliz: la solidez de las relaciones personales que tengamos.
Esta idea se enlaza con una corriente creciente en psicología que reivindica también el papel de las emociones dolorosas en una vida plena. Cuando se analiza a las personas más felices, una de las constantes es que mantienen vínculos íntimos fuertes, ya sean de pareja, familiares o amistades.
No son relaciones perfectas, advierte, pero sí una prioridad cotidiana. Ese énfasis en los lazos sociales encaja con una visión de la felicidad como estado complejo, alejado del optimismo simplista o de la búsqueda obsesiva de placer.
En un análisis publicado en Forbes, Margie Warrell subraya que las vidas más satisfactorias combinan alegría con una disposición a atravesar el malestar emocional sin negarlo.
Una red de apoyo
En él también recupera la investigación de la psicóloga Maya Tamir, que muestra que las personas se sienten más felices cuando experimentan las emociones que consideran adecuadas a cada situación, incluso si son desagradables como la rabia.
Lo decisivo no es eliminar el dolor, sino integrarlo en una narrativa vital coherente, apoyada en relaciones que sostengan esos momentos difíciles. Ben-Shahar insiste en que la plenitud no implica una curva ascendente de bienestar, sino aceptar que habrá caídas, pérdidas, conflictos.
Lo que marca la diferencia es contar con una red de apoyo real cuando llegan esos episodios: amigos a los que llamar, parejas con las que hablar, familias que acompañan. Esa red es también el contexto donde resulta más fácil aplicar otras herramientas clásicas de la psicología positiva, como la gratitud.
Ben-Shahar cita estudios que indican que quienes expresan agradecimiento de manera regular no solo se sienten más optimistas, sino que muestran mejores indicadores de salud física y logros personales.
En la práctica, el mensaje cuestiona la cultura de la autoexigencia individualista, que reduce la felicidad a una cuestión de fuerza de voluntad o productividad.
El propio Ben-Shahar habla de elecciones personales, pero subraya que muchas pasan por dedicar tiempo deliberado a cultivar vínculos significativos, no a optimizar cada minuto de trabajo. Y es que puede producir un efecto paradójico: perseguir la felicidad como objetivo directo puede generar más frustración.
Cuando las personas se permiten sentir tristeza, miedo o enfado y comparten esas emociones en relaciones de confianza, tienden a reportar un bienestar más estable a largo plazo.
La propuesta combinada de este enfoque es pragmática: aceptar la gama completa de emociones, abandonar la tiranía del "pensamiento positivo" y apostar por vínculos profundos como mejor "seguro" frente a la adversidad.
No se trata de eliminar el sufrimiento, sino de atravesarlo acompañado y sin vergüenza, con espacio para la vulnerabilidad.
En un contexto de soledad creciente y sobreexposición a ideales de éxito inalcanzables, la receta de Ben-Shahar es menos espectacular que muchas promesas de autoayuda, pero más respaldada por los datos.
Quizá la mejor predicción de nuestra felicidad futura siga siendo algo tan aparentemente sencillo como con quién contamos cuando las cosas van mal.
