I. Sánchez
Publicada

Las claves

España ha vuelto a ser testigo de las auroras boreales. La pasada noche el cielo volvió a cubrirse de colores rojizos y verdes para hacer las delicias de los aficionados a la astronomía y la fotografía.

Durante la noche y esta madrugada, las redes sociales se han llenado de usuarios subiendo fotografías y vídeos del fenómeno desde el centro, norte y sureste de la península. La culpable ha sido la mayor tormenta solar en las últimas dos décadas, como ha contado Meteored.

Cuando el Sol entra en la fase álgida de su ciclo de once años, su campo magnético se retuerce, proliferan las manchas solares y se disparan las erupciones capaces de lanzar miles de millones de toneladas de plasma. Este fenómeno es el culpable de las tormentas solares que llegan a la Tierra.

Cuando ese plasma llega a nuestro planeta, choca contra la magnetosfera (el escudo magnético que nos protege de la radiación más dañina). Esa capa de la atmósfera, normalmente, canaliza como un embudo esa energía hacia las regiones polares, donde se pueden ver las auroras boreales habitualmente.

Sin embargo, cuando la tormenta solar es muy intensa "puede ‘empujar’ el óvalo auroral hacia latitudes más bajas de lo habitual", explican en Meteored. Así, estas luces que, generalmente, solo se ven en los polos, se hacen visibles mucho más cerca del ecuador de lo que marca la estadística.

En estos casos, la energía y las partículas penetran con más potencia en la alta atmósfera y "aumentan las probabilidades de observar auroras en latitudes medias, incluyendo el sur de Europa", dicen desde el medio meteorológico.

¿Por qué esos colores?

La paleta de colores que pinta las auroras boreales también tiene una explicación científica: dependen del gas atmosférico que se vea afectado por las partículas solares. El oxígeno emite principalmente verdes y rojos, mientras que el nitrógeno es responsable de tonos azulados y púrpuras, con variaciones según la altitud y la energía de las partículas.

En las imágenes compartidas desde España la pasada noche, predominan los tonos verdes y rojizos, una mezcla que puede "indicar episodios de importante actividad geomagnética", cuenta desde Meteored.

Las imágenes compartidas en redes sociales apuntan a que en el norte y el noroeste peninsular han gozado de una mejor visibilidad. Sobre todo en zonas rurales, más alejadas de los focos urbanos y la contaminación lumínica. En sitios en los que este problema sea muy notable, las auroras prácticamente pasan desapercibidas.

Además, desde Meteored indican que las nubes y la transparencia atmosférica también influyen en la visibilidad del fenómeno. Si hay niebla, aunque sea leve, puede afectar e impedir que se vean los detalles más sutiles. "Una ligera bruma puede reducir el contraste justo cuando el fenómeno es más débil", explican desde el medio meteorológico.

Un gran impacto energético

Aunque desde el suelo el fenómeno se perciba como un espectáculo casi silencioso, su impacto energético es gigantesco, con potencias que pueden superar el millón de megavatios durante los episodios más intensos.

No se trata de un capricho aislado de la naturaleza: a lo largo de la historia, grandes tormentas solares, como el célebre evento Carrington de 1859, llevaron auroras hasta latitudes tropicales, cubriendo medio mundo.

La diferencia es que hoy, a la fascinación estética, se suma la preocupación tecnológica, porque las mismas perturbaciones magnéticas que iluminan el cielo pueden alterar sistemas eléctricos, comunicaciones por radio y redes de satélites.

En observatorios de todo el planeta, científicos reconstruyen al detalle estos episodios de auroras de baja latitud, conscientes de que son un laboratorio natural para entender mejor la relación entre el Sol y la magnetosfera terrestre.​

La comunidad científica coincide en que, mientras dure el máximo solar, no se pueden descartar nuevas incursiones de luces del norte sobre el sur europeo, siempre que se alineen tormenta intensa, cielos despejados y oscuridad suficiente.