Tumba de Antonio Navarro en el cementerio de San Román de Hornija

Tumba de Antonio Navarro en el cementerio de San Román de Hornija

Valladolid

La historia secreta de Antonio Navarro, el piloto republicano 'perdonado' por Franco pero condenado a no volar

Nacido en San Román de Hornjija y formado en la Unión Soviética, es uno de los héroes anónimos de la Guerra Civil. "Lo vivimos en silencio, ser rojo y republicano no es fácil", señala su hija Gloria.

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El cementerio de San Román de Hornija (Valladolid) es pequeño, el típico castellano, pero lleno de la Historia más reciente de este país. Entre las muchas sepulturas llama la atención una sin cruz, pero con una foto de un piloto y una placa de avión.

“La familia y la asociación de aviadores de la República rinden homenaje al piloto republicano que combatió en la Guerra Civil española en pro de la libertad y de la democracia”, dice el epitafio que siempre luce con claveles rojos y la bandera tricolor. ¿Quién es?

Es la historia de Antonio Navarro Amigo (6 de diciembre de 1915), una de esas crónicas que merecen la pena ser contadas y no olvidadas.

Historias de una España en blanco y negro donde aquellos hombres jóvenes que volaron demasiado pronto, que crecieron demasiado rápido y que, al terminar la guerra, fueron condenados por lo que representaban.

Piloto de polimotores, miembro de la Aviación Republicana, formado en la Unión Soviética en plena Guerra Civil, Antonio Navarro fue, ante todo, uno de esos aviadores que sostuvieron en el aire una guerra que se libraba también en los cielos, pero que tuvo que renunciar a su gran pasión por sus ideales: volar.

No es un general de los que salen en los libros de historia, pero su nombre es un héroe, en este caso, un héroe anónimo más.

Aquí no solo se habla de técnicas militares, es, sobre todo, un legado profundamente humano. Una vida que puede reconstruirse hoy gracias a dos miradas que se unen, la del historiador Alberto Fuertes, y la de su hija Gloria Navarro que hablan con EL ESPAÑOL Castilla y León.

Sepultura de Antonio Navarro en el cementerio de San Román de Hornija

Sepultura de Antonio Navarro en el cementerio de San Román de Hornija Cedida

Alberto Fuertes, historiador e investigador vinculado a la Asociación de Aviadores de la República, llegó a la figura de Antonio Navarro casi por azar, mientras estudiaba unidades aéreas republicanas. Lo que encontró fue el retrato de un joven que encarna perfectamente el perfil de toda una generación.

“Antonio Navarro tenía apenas 20 años cuando estalla la guerra”, explica. “Ya estaba ligado al mundo de la aviación, pero desde tierra, como ayudante mecánico en las Líneas Aéreas Postales de España”. Aquella cercanía a los aviones, a los motores, al vuelo, marcaría su destino.

Con el golpe de Estado transformado ya en una guerra civil, la República necesitaba pilotos con urgencia. Se organizaron procesos de selección exigentes con pruebas teóricas, exámenes médicos muy estrictos y una condición clara, la juventud.

Menos de 21 años. Se buscaban cuerpos resistentes para un esfuerzo físico y psicológico extremo. Llegaba la Guerra.

Navarro supera el proceso y forma parte de la primera promoción enviada a la Unión Soviética dentro de la llamada Operación X.

Allí, en Kirovabad, una ciudad prácticamente aislada, hoy en Azerbayán, elegida por su discreción, se crea una escuela de pilotos desde cero. “El contraste fue brutal porque donde un piloto soviético se formaba en tres años, aquellos jóvenes españoles debían hacerlo en menos de seis meses”, apunta Fuertes.

“Fue un curso intensivo, durísimo”, añade. “Y no solo se valoraban las capacidades técnicas. También importaba la confianza política, porque iban a pilotar material soviético”.

Navarro consigue su título en abril de 1937 y se especializa como piloto de bombarderos Tupolev SB-2, conocidos como ‘Katyushka’, uno de los modelos más avanzados del momento. “Mientras la épica suele centrarse en los cazas y sus maniobras, el pilotaje de bombarderos exigía una precisión distinta, más técnica, más fría”, cuenta con detalle.

“Llevar un bombardero es mucho más complejo de lo que parece”, señala Fuentes. “Requiere temple, control, una capacidad de cálculo constante. Es otro tipo de habilidad”.

A su regreso a España, Navarro se incorpora a distintas unidades en un contexto complicado ya que había falta de aviones, escasez de recursos y una guerra en constante evolución tecnológica.

Los pilotos, muchos recién formados, se enfrentan a una realidad para la que no se habían preparado. “Pasaban de la escuela al frente en cuestión de semanas”, explica el historiador. “Y eso se notaba”.

Tras un periodo de adaptación y entrenamiento, Navarro termina integrándose en unidades que combinan misiones de bombardeo nocturno, reconocimiento y transporte.

Navarro cuando estaba de mecánico, no era piloto todavía.

Navarro cuando estaba de mecánico, no era piloto todavía. Cedida por la familia

En 1938, con la zona republicana partida en dos tras la llegada de las tropas sublevadas al Mediterráneo, la aviación adquiere un papel crucial, que era la de conectar territorios, sostener el frente, resistir.

Son los llamados “saltos de pulga”, apunta, que consisten en vuelos constantes, de un punto a otro, transportando suministros y aprovechando cada trayecto para realizar operaciones militares.

Pero la guerra también es desgaste. El material envejece rápidamente, los accidentes se multiplican y la presión es constante. En ese momento el de San Román de Hornija sufre uno de esos accidentes en agosto de 1938. Sobrevive, pero pasa meses de convalecencia antes de volver a volar.

A esas alturas, la guerra ya está perdida y Navarro siente que se le ha escapado la oportunidad.

Navarro, en su juventud

Navarro, en su juventud

El episodio final de su trayectoria como piloto resume bien el caos de los últimos días del conflicto. En marzo de 1939, en medio de los sucesos de Cartagena, una confusión lleva a su unidad a creer que la ciudad ha caído. La orden es clara, había que huir.

Al terminar la guerra, su última misión fue la de ayudar a exiliarse en Argelia a algunos compañeros y superiores. Después de aquello, el resto de la tripulación decidió volver a España.

Su decisión les costó ser encarcelados y condenados a muerte. Navarro aún tuvo suerte por ser liberado a condición de perder su oficio, y no volver a volar nunca más.

Días después, logra regresar a España, donde es sometido a juicio. Y aunque es absuelto, esa absolución es, en realidad, otra forma de condena que se llevaba ya en una España dominada por los sublevados.

“No fue condenado, pero tampoco tenía sitio en la España que vino después”, resume Fuentes. “No pudo seguir volando. Ni en el Ejército del Aire, ni en la aviación civil”.

Como tantos otros, quedó fuera de todo.

El orgullo y el silencio

Si la mirada del historiador reconstruye la trayectoria, la de su hija Gloria la llena de vida. Es el lado más humano de este protagonista.

“Mi padre siempre quiso ser piloto”, recuerda. “Y cuando estuvo en Rusia, siendo tan joven, todo le parecía maravilloso”.

Hay una frase que lo resume todo y que demuestra su condición: “Para él, la guerra fue de lo mejor del mundo”. No por la violencia, sino porque pudo volar. Porque cumplió su sueño.

Historiadores junto a la tumba de Antonio Navarro

Historiadores junto a la tumba de Antonio Navarro Cedida

Pero ese recuerdo convive con otro muy distinto, el del miedo constante por pensar diferente, el de las misiones imposibles y el de la precariedad de medios. “Decían que tenían los peores aviones, que eran muy pocos, que los otros estaban mucho más preparados”.

En casa, sin embargo, se hablaba poco. O, al menos, con cautela, algo que era muy habitual en esa época en los hogares españoles, más aún republicanos.

“No nos contaban demasiado, pero seguramente más que a otros”, dice Gloria. “Yo aprendí que había cosas que no podía decir fuera. Que mi padre había sido republicano era algo que se quedaba dentro de casa”.

Después de volar

El final de la guerra fue, para Antonio Navarro, el inicio de otra derrota, pero en este caso, la profesional.

Le negaron volver a volar. Intentó emprender proyectos relacionados con la aviación —como la fumigación aérea—, pero todos fueron bloqueados. La frustración fue acumulándose, relata su hija.

“Se dedicó a trabajar en los taxis de mis abuelos”, recuerda Gloria. “Y fue muy triste su vida. Estaba muy decepcionado, muy amargado para él volar lo era todo”.

A eso se sumaba el estigma. Ser un “rojo y republicano era una etiqueta política muy dura de llevar”, apunta. Una condena silenciosa que, como afirma su hija, afectaba a toda la familia.

Tanto Alberto Fuentes como Gloria coinciden en una idea: “Antonio Navarro fue uno de tantos héroes anónimos de la guerra”.

“No van a tener calles ni grandes reconocimientos”, reflexiona el historiador, “pero son los que sostuvieron todo. Los que cumplían con su deber cada día”.

Es una historia común en la historia de España, en la antigua y en la moderna, la de quienes no ocuparon los altos mandos, pero sin los cuales nada habría sido posible.

Un “río subterráneo”, como lo define Fuentes, que atraviesa la historia sin aparecer en los titulares.

En el caso de la aviación republicana, ese anonimato fue aún más profundo. Tras la guerra, su memoria quedó prácticamente borrada. Solo décadas después, con la democracia, comenzaron a recuperarse nombres, trayectorias, historias.

Antonio Navarro murió en 1981, concretamente el 12 de abril. Como curiosidad, el Día Internacional de los Vuelos Espaciales Tripulados.

Antonio apenas pudo ver ese reconocimiento tardío. Con el tiempo, se le restituyó su rango de manera simbólica.

También se reconoció su vínculo con la aviación civil. Pero nada de eso compensó lo perdido. “Ya era tarde y mi padre murió triste por ello”, afirma una de sus tres hijos.

Recuperar la memoria

El homenaje que su familia organizó en San Román de Hornija en 2023 fue, en cierto modo, un acto de reparación.

“Se me ocurrió que había que hacerle algo”, explica Gloria, “porque durante muchos años no se pudo hablar de esto. Y ya era hora”.

El acto, que fue sencillo, reunió a familiares, investigadores y miembros de asociaciones memorialistas. En su tumba quedó reflejada, por fin, su identidad: “piloto republicano”.

“Para nosotros fue muy importante”, dice su hija. “Es un orgullo”.

Pero, tras 46 años, quedó el recuerdo del hombre joven que volaba y de ese miedo que planeó siempre. Tanto es así que la sepultura, aunque situada en un rincón del Cementerio, en todo este tiempo no ha dejado de recibir flores, claveles rojos, por supuesto.