Alicia, alcaldesa de Villasdardo (Salamanca).
Alicia, alcaldesa de 34 años en un pueblo de 24 vecinos, contra el relato de la España Vaciada: "Aquí las casas están llenas"
De Villasdardo a Brincones, pasando por Espadaña o Ahigal de Villarino, un viaje por algunos de los pueblos más pequeños de España desmonta tópicos y reivindica una realidad más compleja que la de la 'España vaciada'.
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Hay carreteras en la provincia de Salamanca donde el tiempo parece haberse detenido. En apenas 45 kilómetros de recorrido por las comarcas de Ledesma y Vitigudino, el paisaje no solo cambia en lo geográfico: también en lo humano.
Pueblos donde la hierba empieza a comerse las aceras, donde el silencio pesa… pero donde, contra todo pronóstico, la vida resiste.
El dato es contundente. Según GeoComarcas, cuatro de las diez comarcas más despobladas de España están en la provincia de Salamanca. Pero las cifras, por sí solas, no cuentan toda la historia.
Para entenderla, hay que pisar el terreno.
Una alcaldesa de 34 años en un pueblo de 24 vecinos
En Villasdardo (Salamanca), uno de esos puntos casi invisibles en el mapa, la escena rompe cualquier cliché.
La alcaldesa, Alicia Pérez Sánchez de 34 años, aparece a lomos de su caballo. Joven, ingeniera agrícola y trabajadora en la delegación de la Junta de Castilla y León de Vitigudino, atiende sin prisa, como marca el ritmo del lugar.
Su pueblo tiene 24 empadronados. Uno de los menos poblados de la provincia, a la altura de otros como Cilleros de la Bastida. Pero a ella no le convence el relato dominante.
"Si aquí están todas las casas llenas", afirma con naturalidad e insiste, "siempre hemos sido pocos".
La frase desmonta, de un plumazo, el concepto de 'España vaciada' tal y como muchas veces se presenta. En Villasdardo no hay calles fantasmas ni viviendas abandonadas en masa. Hay pocos vecinos, sí, pero hay comunidad.
El último en llegar al padrón es un bebé nacido el 28 de noviembre. Hijo, precisamente, de la última persona en empadronarse en el municipio. Un pequeño dato que, en estos pueblos, adquiere dimensión de noticia.
También vive allí un niño de 11 años, hijo de una familia mexicana que decidió cambiar Estados Unidos por este rincón salmantino. Y dos jóvenes de unos 20 años completan una pirámide de población que, sorprendentemente, no está tan envejecida como cabría esperar: la vecina de mayor edad tiene 82 años.
El pueblo se sostiene, en parte, gracias al Plan de Apoyo Municipal de la Diputación de Salamanca. "Permite contar, de forma puntual, con algún trabajador", comenta la alcaldesa.
Con esos fondos, y la iniciativa de Alicia, se han recuperado una antigua fuente y unos pozos de lavar que habían quedado sepultados por las zarzas durante muchos años. Los más jóvenes solo conocían de su existencia por el relato de los más aventajados en edad y por antiguas fotografías.
Pequeñas victorias en un contexto difícil.
La hierba gana donde no hay hombre
La carretera continúa. Villasdardo queda atrás y aparecen otros nombres: Brincones, Espadaña, Ahigal de Villarino...
En todos ellos, una imagen se repite: la naturaleza avanzando lentamente sobre el asfalto, la hierba colonizando aceras que ya apenas pisan los vecinos.
Pero detenerse merece la pena.
En Brincones, nos encontramos con una abuela con su nieto agarrado de la mano, se pregunta si habrá llegado el panadero. Un panadero ambulante, procedente de Monleras (Salamanca), que llega y empieza a tocar la bocina para alertar a los escasos vecinos de su presencia.
La abuela compra dos barras de pan, una del tradicional de la zona de Ledesma y otra de pan de pico, además de unas napolitanas caseras con muy buena pinta.
Comprando el pan ambulante en Brincones (Salamanca).
Dos hombres sostienen la memoria del lugar. Germán, policía jubilado de 77 años, y Joaquín Salvador, albañil también retirado, conversan sin prisa. Han visto cambiar el pueblo, han trabajado por toda la comarca y acumulan historias que no aparecen en ninguna estadística.
Joaquín, además, tiene pedigrí. Es descendiente del ‘tío Veneno’, un conocido tamborilero de Aldeadávila de la Ribera. La tradición, aquí, no es un concepto abstracto: tiene nombres y apellidos.
Entre risas, recuerdan cómo el padre de Joaquín, cazador experimentado, abatió un lobo y se ganó fama en toda la zona. Son relatos de otra época, de cuando el campo era duro y la vida se medía de otra manera.
"Historias para tocar la rana y el cencerro", bromean.
Y en esa frase cabe todo: la identidad, la nostalgia y una forma de entender el mundo que se resiste a desaparecer.
Mucho más que cifras
El viaje termina, pero deja una sensación clara: la despoblación existe, los datos son innegables, pero la realidad es más compleja que el titular fácil.
En estos pueblos no hay multitudes, pero tampoco abandono total. No hay crecimiento, pero sí arraigo. No hay ruido, pero sí historias.
Y, sobre todo, hay algo que no aparece en los informes: la voluntad de quienes siguen allí.
Porque, en la Salamanca más vacía sobre el papel, aún queda mucha vida. Aunque solo sean 24 vecinos.