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Región

Adares

31 diciembre, 2017 20:37

Remigio González Martín, apodado Adares (nacido en Anaya de Alba en 1923 y fallecido en Salamanca en 2001), fue un eremita de la poesía. Un hombre de cándida barba, gorra de visera y versos cordiales, que para todos los salmantinos representó durante años un ejemplo de libertad y tesón literario.

Su figura hogareña brotó una lejana primavera en la plaza del Corrillo y allí permaneció durante lustros, silenciosa y fecunda, adosada a la Plaza Mayor como una escultura viva y luminosa.

Dieciséis años después de su muerte, no sabemos a instancias de quién, el Ayuntamiento de Salamanca le ha dedicado una escultura en la misma plaza en la que transcurrió su vida y con la que acabó fundiéndose. Una merecida escultura, obra del escultor Agustín Casillas, que lo inmortaliza en lo personal y, a buen seguro, desempolvará su poesía, recogida en los libros de pequeño formato que ponía a disposición de los transeúntes que iban y venían entre la Plaza Mayor, las catedrales y la Universidad.

Claro que habría sido mejor que esa escultura representara al poeta sentado en las escaleras de piedra de la plazoleta, que era su estampa habitual (igual que la de Torrente Ballester en la cafetería Novelty o la de Fernando Pessoa en la terraza de A Brasileira en Lisboa) en vez de un hombre erguido, caminante y como pensativo, que es pose que recuerda más a don Miguel de Unamuno.

Adares fue una isla extravagante en medio del océano utilitario y acomodado en que vivimos. Un quijote lírico que un buen día decidió dejarlo todo para andar los caminos inciertos de la poesía, esa pasión suya incandescente. Apenas quedan ya personas como él, sacerdotes de una vocación infinita, y por eso acabó convirtiéndose en una valiosa pieza de museo, de ese museo al aire libre que es El Corrillo y de Salamanca toda. Una estatua amable, cincelada día a día por la climatología salmantina, rodeada de esos libros suyos, frágiles y de colores, que eran como trémulas florecillas nacidas entre el asfalto plomizo y concurrido para alegrarnos la vista al pasar.

“Escribir es escribir distinto”, dijo una vez. Y aquellas palabras lejanas quedaron campanilleando en nuestro cerebro hasta hoy. Porque las palabras son maracas llenas de granos musicales que necesitan manos tiernas que sepan extraer todas sus notas. Y esas manos son sólo las de los poetas, músicos de las palabras grandes, de las palabras precisas, de las palabras de oro. Adares lo sabía y lo contaba sin engreimiento.

Y sabía asimismo que esa música no hay que buscarla, sino que brota espontánea, caprichosamente, como una brisa suave que de pronto llega y se marcha. Así era también su poesía: natural, desnuda, lírica, de resonancias becquerianas, un canto melancólico que sueña la niñez y deja en el alma, cascabeleando, un eco triste y solitario.

Aquel poeta callejero, en un homenaje que le tributó la Sociedad de Estudios Literarios y Humanísticos, declaró que ya tenía listo su epitafio. Y de ese modo volvió a sorprender a todos, porque era reincidir en su nostalgia de niño, idealista y libre en sus recuerdos.

Niño machadiano que nunca dejó de mirar en su interior hacia aquellos días azules y aquel sol de la infancia. Pero él no necesitaba epitafio, pues sabíamos que viviría siempre en El Corrillo, iluminando con sus libros de poesía el caminar apresurado de las gentes, regalándoles sus palabras amarillas de oro, sus barbas afables tremolando eternas al viento frío de Salamanca.

Adares, ay: A=Adelante, D=Dolor de la madre al dar a luz, A=Amor, R=Remigio, E=España, S=Salamanca.