Portugal

Zeus termina con la fiesta de Nossa Senhora da Menina en Lamegal

22 mayo, 2018 03:02

Sale el viajero de la ciudad de Lazarillo de Tormes al amanecer de una mañana fresca pero despejada. En el efluvio que emana del río se mezcla la humedad de la lluvia nocturna con los árboles en flor. Es el toque de una primavera extraña, a decir de los 'hombres del tiempo'. Es festivo en la freguesía de Lamegal, dentro del concejo de Pinhel, donde el viajero se encamina para disfrutar de su fiesta mayor y sus amigos, muchos y buenos.

Cuenta la leyenda que una niña huérfana o hija de una mala madre, era obligada por la ‘madastra’ a ir, todos los días, a cuidar las vacas de su padre en el ‘Cabeço da Menina'... El caso fue tomado como un milagro y desde entonces se realiza culto a la Señora con la invocación de Nossa Senhora da Menina en Lamegal.

Las gentes de Lamegal y su junta de freguesías se reúnen en el monte de la ermita de Nossa Senhora da Menina –pulmón de Lamegal y zona de pastos y monte bajo con robles y rebollos en un paraje de enorme belleza en la Beira- para convivir, rezar, pedir, dar gracias –los más religiosos- y divertirse y compartir una jornada de convivencia vecinal los demás.

El viajero llega al pueblo con la música de la banda de Gouveia que despierta a los vecinos en su alborada tras una noche de fiesta. Es la noche de 'la samba' para los jóvenes. Es el pueblo que luce los peculiares arcos que anuncian festividad. El sol cae furibundo, ya en estas primeras horas de la mañana. Un presagio que se hizo realidad.

El lugar, en pleno monte tras cruzar arroyos y puenticas, está engalanado con esos adornos tan peculiares por la abundancia de colores y formas que semejan a los encontrados por el viajero en algún viaje de antaño en tierras de Buda. Es el crucero que sale al encuentro en la mitad del camino. Son las cruces que guían y, cómo no, las casetas a modo de barra que jalonan el camino de acceso a la ermita donde se sirven refrigerios y también altramuces y aceitunas. Es el sitio, a decir, donde comienza la palabra.

La jornada, hasta mediodía, cuando se realiza la misa y la subasta de ofrendas –roscas, bollos, tartas, cajas de fresas y también de cerezas, y hasta un cordero lechal- es un continuo bullir de peregrinos, de coches, de caballos y, por desgracia, también de un atronador moto quark.

Cuando finaliza la eucaristía, con abundante comunión –las gentes de estos pueblos aún siguen sus creencias con respeto- llega el momento de las pantagruélicas comidas. En mesas de piedra y cemento, o en otras transportadas, lo cierto es que el viajero queda perplejo por la abundante cantidad de platos, de sabores, de colores, de olores, de gustos y también de paladares vitivinícolas. Es la abundancia de la mesa portuguesa que se comparte en familia y con los amigos. Nadie queda fuera de este festín gastronómico. Es la familia de Pedro Dos Santos la perfecta anfitriona en una comida campestre que evoca viejos recuerdos del pueblo de nacimiento y sus fiestas de San Cristóbal, como también las salidas al campo cuando padre cuidaba las cabras o, rendido por el dolor de la ciática, cavaba las viñas por el Rollo La Oliva... Tiempos aquellos

Y Zeus explotó los cielos

Pero nada es igual a otras ocasiones. El sol absorvido por la negrura de las nubes y Eolo, que comenzaba a levantar polvaredas, trae aromas de humedad en tierra mojada. Comienzan a caer fuertes gotas que impiden la celebración de los actos religiosos más populares, ya en la tarde. Según Homero, Zeus (Dios de Dioses, padre de la lluvia y el trueno) le dió a Eolo el poder de controlar los vientos. De esa manera el podía liberarlos juntos para provocar desastres en la tierra, el agua o el cielo; o liberarlos de a uno para bien. Los griegos le temían y lo respetaban. Los vecinos de Lamegal no sabemos si los temieron, lo que sí fue cierto que del cielo caía agua a mares. De por medio, Illapa, dios aymara del trueno, que revolvía el ambiente como terremotos en el aire... Los que aún seguían en el lugar se cobijaron en la ermita o bien en el chozo de comidas.

De pronto suenan unas esquilas. Un enorme rebaño de ovejas pasta en una cortizo de abundante hierba verde. Ni hubo carreras ni aplausos. Solo el frío del ambiente que intentó mitigar el grupo de Concertinas de Safurdão al que acompañaron varias parejas que se marcaban un baile mientras Zeus continuaba lanzando agua. En la tarde desangelada es el momento del regreso a Lamegal cuando ya escampaba en los cielos y, en la ribera, al cruzar el estrecho puente de piedra, dos grullas levantaban el vuelo al paso de los vehículos que se reflejaban en el espejo cristalino del agua.

Ya en la noche no queda más que la acogida de Luis y María y su hermana en su casa donde el viajero nunca es extraño, en el disfrute de una exquisita cena. El viajero emprende el regreso a la ciudad del Tormes cuando la noche está entrada y se percibe la humedad que cala la piel. Pero también con la creencia de que el tiempo viaja, suena a ciencia ficción, pero viajamos en el tiempo, todos los días. Un recuerdo de la infancia nos transporta al pasado, un deseo te lanza directamente al futuro, y lo que es realmente difícil es mantenerse en el presente. Estar aquí y ahora, cachis!

REPORTAJE GRÁFICO LUIS FALCÃO