Un grupo de jóvenes disfrutan de la final del Mundial 2026 entre España y Argentina en la Plaza Mayor de Valladolid, el pasado domingo

Un grupo de jóvenes disfrutan de la final del Mundial 2026 entre España y Argentina en la Plaza Mayor de Valladolid, el pasado domingo R. Valtero ICAL

Opinión Puntadas con hilo

Banderas de España y…

"Identificar la bandera española con el fascismo es pensamiento banal e iletrado e ignora más de dos siglos de historia constitucional, naval y representativa de España".

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Apenas han pasado cuarenta y ocho horas y las flamantes banderas de España que tiñeron de colores rojo y gualda las calles de Castilla y León –y las de España entera, con las excepciones de los territorios subyugados por el independentismo– y el símbolo de la nación española regresó al cajón del armario o a la intimidad de los hogares.

La victoria de España en el Mundial de fútbol se vivió con frenesí y euforia en las tierras adustas de Castilla y León, forjadoras en la historia del sentimiento de nación española. Miles de aficionados abarrotaron calles, plazas y alrededores de fuentes icónicas para festejar el triunfo español en un agónico partido que se dilucidó en la prórroga.

En Burgos, Salamanca, Soria, Valladolid y Zamora, sus plazas mayores albergaron multitudes desde horas antes del encuentro. Segovia eligió como fondo de escenario la Plaza Oriental, junto al incomparable marco del Acueducto. Ávila concentró el seguimiento del partido en el Recinto Ferial y Palencia en el elegante Parque del Salón. Los leoneses se aunaron en la emblemática Fuente de Santo Domingo.

Banderas de España, color rojo y gualda por doquier. Cánticos de “Yo soy español, español, español” solo por unas horas como una estrella fugaz, como la lluvia de las Perseidas, como flor de un día, como el rocío de la mañana, como un suspiro. Al día siguiente la bandera de España volvió al cajón. Algún mal profundo aqueja a esta gran nación española, cuando su bandera está "armarizada".

¿Existe una "disolución de la conciencia individual" cuando actuamos como masa y exhibimos sin rubor la bandera de España? Sigmund Freud ya estudió el fenómeno en el que la persona se percibe menos como individuo y actúa como grupo. Se genera un contagio emocional, en un contexto donde las personas comparten espacio y experiencia. La identidad social personal se convierte en compartida y nace una sincronización colectiva: cantar un himno, aplaudir u ondear una bandera.

No hay nada de perverso cuando ante determinados estímulos la conciencia individual se desvanece para integrarse en el “nosotros” de una comunidad. El pasado domingo la aparición de millones de banderas de España no puede entenderse claramente más que como una “expresión colectiva de identidad nacional” y acaso no solo una disolución de la conciencia individual.

La victoria de España en la final del Mundial generó una emoción compartida de gran intensidad: alegría, orgullo y percepción de éxito colectivo. El equipo de la Selección Española de Fútbol simbolizó a toda la comunidad de la nación, la bandera se convirtió en la gran seña de pertenencia y muchas personas que no utilizan en su vida cotidiana o escatiman el vínculo con esta insignia de España, decidieron hacerlo en un contexto deportivo de común orgullo y sin connotaciones políticas.

Tras el éxito español en el encuentro de Nueva York se produjo una activación intensa de la identidad nacional. Pero como titulaba un programa antañón de TV1 solo fue “Reina por un día”. España está socialmente muy enferma. En otros países del mundo y por supuesto en las grandes naciones de Occidente, la bandera nacional tiene una dimensión casi antropológica. Es la gran alegoría de pertenencia y conexión del grupo de ciudadanos del país.

La bandera de España está desgraciadamente politizada. Solo pierde esa connotación para aunar la alegría compartida, la celebración de un éxito y ante la necesidad casi imperiosa de expresar en público una identidad nacional.

Es una enorme falacia – y un socorrido pretexto- argumentar que la exhibición de la bandera nacional fue uno de los grandes emblemas del Régimen franquista. La enseña actual fue adoptada por la Constitución de 1978 y representa a un Estado plenamente democrático. La izquierda española ha renunciado frecuentemente a sentirse identificada con la bandera nacional y esgrime con escaso fuste que se ha producido una apropiación de la enseña por las fuerzas políticas o la ideología de la derecha. Injusto sambenito, porque la bandera pertenece a todos los españoles.

Necesitamos como colectividad acudir a sanar en el diván de Freud. Hay españoles que creen que la bandera de España es un símbolo “fascista”. Muchos otros piensan que es el emblema común de nuestra gran nación sin la que no puede entenderse la historia de la civilización occidental, ni la de América, ni de la evangelización cristiana.

Hemos olvidado que durante la Transición española la bandera nacional fue respaldada y firmada por partidos de todo el arco ideológico: PCE, PSOE, UCD, AP. Sin embargo, una parte de la pertinaz izquierda republicana y los nacionalismos periféricos no se sienten integrados por la enseña patria.

Identificar la bandera española con el fascismo es pensamiento banal e iletrado. Ignora más de dos siglos de historia constitucional, naval y representativa de España. La rojigualda representa hoy en día la soberanía, la unidad y a la vez la pluralidad del Estado español, reconocidas en la Constitución de 1978. Bajo la bandera de España cabemos todos. Vayamos haciendo sitio.