El ministro de Función Pública y Transformación Digital, Óscar López.

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Opinión Puntadas con hilo

La indigencia moral de Óscar López

"Sus declaraciones sobre el fallecido ex presidente socialista de Aragón, Javier Lambán, son nauseabundas".

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Óscar López es un político madrileño – sin que ello suponga desdoro alguno- que recaló en Castilla y León a dar el pego. Su vinculación con tierras segovianas se ancla en su familia materna donde su abuelo era guardia civil en la dictadura franquista. Es de suponer que no le agradará, preferiría descender de una ‘noble pierna’ del social-leninista Francisco Largo Caballero.

Como el PSOE castellano y leonés es una pertinaz máquina de perder elecciones desde la victoria de José María Aznar en 1987 – con la excepción del breve ‘espejismo’ de Tudanca en las elecciones de 2019- , el aparato de Ferraz trató de probar suerte con López. Su pedigrí no podía contar con peores avales, nada más y nada menos que con los de ‘Pepiño’ Blanco, a quien conoció a raíz de comenzar como asistente en el Grupo Parlamentario Socialista del Congreso de los Diputados.

El ex ministro socialista José Blanco ha demostrado a lo largo de su trayectoria pública que es capaz de dejar a la altura del barro a ‘El Principe’ que describiera Nicolas Maquiavelo. Las aventuras de Blanco lejos de finalizar, prometen pasar a la posteridad como los cómics de Ibáñez pero sin la gracia de ‘Mortadelo y Filemón’.

‘Pepiño’ como el ‘pez diablo’ – con perdón- pertenece a una especie de peje que medra en aguas turbias . Cuentan los oráculos informativos independientes – eso que el PSOE denomina con desparpajo la ‘fachosfera’, viendo la paja en el ojo ajeno- que José Blanco ha sido el ‘arquitecto’ de la trama corrupta del partido de los socialistas, cuya tela de araña operaba desde el Ministerio de Transportes.

Óscar López, criado en el regazo de ‘Pepiño’ Blanco, es de tal palo una buena astilla. López arribó a Castilla y León y perdió en 2011 las elecciones autonómicas, que ganó el candidato popular Juan Vicente Herrera. La debacle de López resultó antológica. El marcador señaló: PP-53 y PSOE-29. Herrera no lo contó, pero para meter tantos goles en la portería alguna patada tuvo que dar al balón el inolvidable Paco Gento.

Óscar López tiene artes de perdedor compulsivo de elecciones, pese alguno de sus logros al cobijo de las listas cerradas partitocráticas. Estuvo cómodamente refugiado en la dirección de gabinete de Pedro Sánchez en Moncloa, es decir chapoteando en las aguas cenagosas del sanchismo. López es un ‘apparatchik’ puro y duro, se maneja con holgura en los cenáculos de la ‘nomenklatura’ del PSOE, esa élite burocrática que trepa exitosamente en algunos regímenes políticos no precisamente democráticos, como el chavismo con el que es indulgente Sánchez y connivente Rodríguez Zapatero.

López se medirá con Isabel Díaz Ayuso en la próxima convocatoria autonómica de Madrid. No hace falta ser Rappel para barruntar que Ayuso infringirá a López una severa derrota. Como en las estrofillas del himno de Riego que tanto gusta canturrear a algunos socialistas que pretenden derrocar a Reyes de España, López puede terminar cantando en la noche electoral ese célebre estribillo ‘Libertad, libertad, libertad’, para travestirse de liberal.

Los perdedores desarrollan complejos y frustraciones. López ha ascendido en cohete al escalafón de la indigencia moral. Sus declaraciones sobre el fallecido ex presidente socialista de Aragón, Javier Lambán, son nauseabundas. En la cultura occidental de base cristiana sobre la que se han construido las democracias liberales, existe un principio universal, ético y humano que implica mantener con dignidad la memoria de los difuntos.

Óscar López ha cargado la responsabilidad del reciente desastre electoral socialista en Aragón sobre las espaldas del desaparecido ex presidente aragonés. Se cumple en López y hacía Lambán la máxima de que los ‘enemigos te persiguen hasta la muerte’ y en este caso aún más allá. Ni siquiera ha ablandado la insensible conciencia de López el que Javier Lambán sufriera la enfermedad del cáncer. Ni la más mínima muestra de empatía. Para los pacientes oncológicos de toda España, sea cual sea su ideología, es una durísima ofensa. No solo es que López tenga la mala uva de los perdedores, es que tiene que ir al psicólogo a ver si ordena sus ideas – entre ellas la capacidad de compasión– en el diván de Freud.