Jesús 'el Calahorra' con su acordeón

Jesús 'el Calahorra' con su acordeón

Opinión

Jesús 'el Calahorra': el acordeón que late en Aldeadávila

"Cuando se despliega entre sus manos, el tiempo parece aflojar el paso. Las notas recorren las calles empedradas, se cuelan por las puertas entreabiertas y se sientan un rato junto a quienes escuchan."

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En Aldeadávila de la Ribera hay músicas que no llegan de lejos ni necesitan escenario. Brotan de la vida diaria, del gesto sencillo de quien abre un acordeón y deja que el pueblo hable a través de él. Así suena Jesús, al que llaman ‘el Calahorra’, con su instrumento al pecho, como si llevara en él la respiración misma del lugar.

Jesús también es conocido en Barcelona, no deja de recordar, porque en la Ciudad Condal tocaba sus canciones en las “golondrinas” del puerto -barcos que hacen recorridos para turistas-. Donde dice, está mencionado en un libro. Pero nos interesa Jesús el aldeaviluco, al que conocí gracias al buen hacer de Manolo ‘Martinico’.

En Aldeadávila de la Ribera hay sonidos que no necesitan anuncio para ser reconocidos. Uno de ellos es el del acordeón de Jesús, que se abre y se cierra como un pulmón antiguo, marcando el ritmo invisible de la vida del pueblo. Cuando suena, algo cambia: las calles parecen detenerse un instante y la memoria colectiva despierta.

Cuando el acordeón se despliega entre sus manos, el tiempo parece aflojar el paso. Las notas recorren las calles empedradas, se cuelan por las puertas entreabiertas y se sientan un rato junto a quienes escuchan. No es música para impresionar, sino para acompañar, para hacer más cercana la conversación y más ligera la tarde.

Jesús toca como se viven las cosas importantes en los pueblos: sin prisa y sin ruido. Sus melodías recuerdan verbenas antiguas, bailes improvisados, domingos largos y fiestas que no necesitaban más que un instrumento y ganas de compartir. Cada canción guarda algo de quienes ya no están, pero también de quienes aprenden a escuchar y a quedarse.

En sus manos, el acordeón se convierte en un hilo que cose generaciones. Los mayores reconocen melodías que les devuelven nombres y rostros; los más jóvenes descubren, casi sin darse cuenta, que también les pertenecen. La música de Jesús no se impone: se desliza, se cuela por las esquinas, se queda flotando en el aire como una emoción compartida.

En Aldeadávila, su acordeón no es un adorno festivo, sino parte del paisaje humano. Aparece en celebraciones grandes y pequeñas, en encuentros espontáneos, en esos momentos donde la música surge casi por necesidad. Jesús no interpreta solo canciones: mantiene viva una forma de estar juntos, de reconocerse en lo común. En hacer pueblo, que es lo más esencial.

Jesús no toca solo un instrumento; conversa con el pasado. Cada nota arrastra ecos de bailes en la plaza, de fiestas que se alargaban hasta la madrugada, de voces que ya no están, pero siguen presentes en la música. Su acordeón no busca protagonismo, sino compañía, y por eso encuentra su lugar natural entre la gente, sin escenario ni distancia.

Hay músicos que pasan y otros que permanecen. Hay músicos que llenan teatros y otros que llenan recuerdos. Jesús pertenece a estos últimos. Mientras su acordeón siga sonando, Aldeadávila conservará una parte esencial de su memoria, esa que no se escribe en libros, pero se guarda intacta en el corazón del pueblo.

El acordeón de Jesús forma parte del pulso cotidiano de Aldeadávila, de esa manera silenciosa y profunda en la que los pueblos conservan su identidad. Mientras suene, el pueblo seguirá reconociéndose en sus propias notas, ¡ay!