Hay un aire de resignación, más tóxico que la ceniza. Una niebla funesta cubre Castilla y León de abatimiento y derrota. No permite ver en lontananza; oculta todos los horizontes, que se han vuelto, de repente, demasiado cercanos. Tan irremediables como la muerte, tan negros como son ahora las montañas de León, Zamora, Palencia y Salamanca. Nada es posible en esta tierra de conquistadores, soñadores y pioneros si el horizonte se alcanza con las manos. Nada.
No hay futuro sin habitar el presente. Y nuestros políticos, esos que fracasan cada vez que deben protegernos de una amenaza, siguen empeñados en escribir una carta a un futuro aún más chamuscado. Dando el presente por perdido. Desde casi el primer día de esta tragedia que todavía arde, nos hablan de un mañana que nada importa para quienes hoy se juegan la diferencia entre perderlo todo o salvar sus casas, sus fincas, sus negocios de las llamas. Solo de hoy depende su mañana.
Mientras, cientos desobedecen para evitar perder su identidad. Miles duermen en polideportivos convertidos sin querer en los primeros refugiados climáticos de esta región. Batallones de la UME y brigadas de bomberos mantienen exhausta su lucha heroica frente a gigantescas llamaradas. A la vez que todo eso ocurre, los políticos desalientan con mensajes de guerra perdida. Jugando a minarse entre administraciones con la táctica de tierra quemada.
Ellos están, como dicen los manuales snob de comunicación política, en la siguiente pantalla. Tan ajenos a la realidad como siempre. Lleva una semana el presidente de la Junta de Castilla y León repitiendo sin descanso ni empatía cómo se “reconstruirá cada casa” y “se repondrán los animales”. Con una violencia burocrática en el lenguaje que debe de resultar insoportable. Como si tu casa fuera cualquier casa, se pudieran tasar los recuerdos, peritar la historia y los animales cromos intercambiables. Equiparando bosques de plantones con castaños centenarios. Como si empezar de cero fuera un mero trámite para quien le ha arrasado la desgracia. También importan las palabras.
Ojalá el futuro hubiera sido solo tan siniestro como lo era hace una semana. Cuando todavía no había ardido El Bierzo, ni los Picos de Europa, ni parte de la Montaña Palentina, ni asediaba el fuego los Arribes del Duero y el Lago de Sanabria. Entonces ya daban la emergencia por terminada con aquellas palabras.
El presidente del Gobierno, cuando logró desperezarse de la tumbona de La Mareta, aterrizó también con un discurso vacío de día después, de misa funeral, de obituario en contraportada. Habló, en la era del desacuerdo, de un pacto de Estado contra las emergencias climáticas inhalando humo y con los pies en brasas. Les habló de futuro cuando todavía no existía mañana.
Mientras, ellos resisten. Ahora luchan agónicos para que no se pierda su memoria, que es ese patrimonio que no supimos custodiar. Y no se puede reponer, es irremplazable. Bomberos, vecinos y soldados aguantan. Abrazados a una desesperanza profunda que quema por dentro, más que las llamas.