Fernando Zóbel vuelve al Prado a pintar frente a los grandes maestros
Zobel ”el presente eterno del arte“
"Para saber pintar, primero hay que saber ver. Y a ver se aprende”
Esto creía Fernando Zobel (Manila, 1924-Roma, 1984) y así lo puso en práctica en su carrera pictórica desarrollada a lo largo de más de tres décadas. La pintura de Zobel, formado al mismo tiempo como pintor y como profesor; como creador y como coleccionista, constituye un caso singular dentro de la vanguardia, en el que la modernidad no significa la ruptura con la tradición sino su re-descubrimiento.
Nace en Manila, estudia Historia del Arte y Literatura comparada en Harvard, donde traduce a Federico Garcia Lorca y descubre a los maestros del Bauhaus antes de encontrarse en Nueva York con los del expresionismo abstracto (Pollock y Rothko).
Vuelve a su lugar de su origen, Filipinas, para ocuparse de los negocios familiares. Allí comienza su labor de mecenazgo con la creación de la Fundación de la Ateneo Art Gallery. Su viaje continúa en España donde estableció su residencia a principios de los años setenta y donde dejó una de sus más bellas creaciones, el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, que se adelantó a la eclosión de los museos de arte contemporáneo de la España democrática.
No es fácil determinar lo ocurrido el año pasado. Han pasado demasiadas cosas (...). España, en cambio, es una explosión de luz. Llena por completo el vacío (…)
Es en España donde Zobel se descubre de nuevo pintor: “A medida que conducimos, la tensión disminuye. Nueva York parece infinitamente remota. Empiezo a sentirme de nuevo yo mismo…(..). Árboles acampanados a ambos lados de la carretera esperan un ensanchamiento que tardará una década en producirse. Han caído las flores de los almendros y todavía no han llegado las amapolas; la primavera al borde de su segundo aliento. Lentamente, renace mi apetito por la forma y el color de la meseta y empiezo a sentirme de nuevo un pintor. En realidad, casi no he tocado un pincel en tres meses.”
Se hace amigo y mecenas de muchos de los pintores abstractos que, en aquel momento, eran minoría. Encuentra una extraña hermandad espiritual en Magaz, la humanidad de Antonio Lorenzo: “Me encuentro a mí mismo en la pintura de España; soy uno más. Aceptado como tal por los otros, que son, en general, mis amigos.”Se añadirán después Saura, Tápies, Feito, Canogar… y se une a ellos en el momento del descubrimiento, cuando empiezan a despertar interés.
En ellos, y con ellos, encuentra la posibilidad de aceptar un modo de vida que ya había intuido años antes durante su estancia en Estados Unidos en contacto con la Bauhaus y los expresionistas abstractos.
Zóbel bebe de los principios de la Bauhaus; sin embargo, añade algo más a ese trabajo intelectual de descomponer las figuras en sus formas geométricas fundamentales. No sólo estudia su composición geométrica sino que establece un diálogo crítico con las obras de arte con un nuevo enfoque que resume muy bien T.S. Eliot: “A la luz de lo nuevo descubrimos el pasado bajo una forma nueva”. Fruto de ello son las “conversaciones” del artista con los maestros del pasado, pinturas que son a la vez “diálogos” a través del tiempo.
Entre las colecciones que Zóbel estudió en profundidad, ninguna tiene tanta importancia como la del Museo del Prado. Sus cuadernos de apuntes contienen análisis sistemáticos que van encaminados a descubrir las razones últimas de las composiciones de artistas como Velázquez, Rubens o Goya. Esos cuadernos, que sólo unos pocos escogidos alcanzaban a ver, mostraban el intento de alcanzar en las obras de los maestros el presente eterno del arte.
En cuanto a su relación con los expresionistas abstractos americanos, que marcó definitivamente su rumbo como artista, Zobel se desmarcó del sentir general en el que la ruptura y el distanciamiento con el pasado eran el “must” de la modernidad. Las nuevos pintores americanos compartían una idea similar de ruptura con la tradición con la que Zobel no encajó.
Es ésta la singularidad de Zobel respecto a sus contemporáneos americanos: la modernidad no consiste en romper, sino en redescubrir; no en el olvido del pasado sino el descubrimiento del futuro que encierra la obra de los grandes maestros. Es quizá en este nuevo modo de ver donde se siente acogido y como uno más en España.
Zóbel supo poner en valor lo otro (España) y al otro (sus amigos) y con esa filosofía de “saber y aprender a ver” nos sigue ofreciendo hoy la posibilidad de acercarnos a la gran pintura clásica con los ojos nuevos de nuestro tiempo.