Opinión

La ocasión perdida (Balance taurino de 2020, parte 1ª)

27 diciembre, 2020 12:57

Hay muchas formas de auto engañarse, y una de las más habituales, consuelo de muchos, es la de ponerse estupendo y echar mano de las estadísticas: que si tantos encierros lidiados a pesar de la pandemia, que si el nivel altísimo de las ganaderías, que si los toros indultados o las orejas cortadas, que si patatín, que si patatán. Es un recurso que apasiona a los listos del taurineo y las retransmisiones, quienes solo hablan de nimiedades, que si el traje de luces de este toreo es azul pavo y el de aquel ceniza y oro. Cualquier cosa les sirve para gallear, mejor dicho:  cualquier cosa salvo denunciar el desastre sin paliativos que salta a la vista y cuya magnitud se impone si no se participa en el juego de los intereses creados, que entonces no.

            ¿Y cuál es ese desastre?

            Lo mejor para entenderse es poner un ejemplo, y en este caso además un ejemplo súper mayúsculo, innegable por evidente: el de Las Ventas, la primera plaza del mundo, rompeolas de inquietudes y expectativas, rompeolas también de postureos y fracasos.

            Verbigracia, el postureo de los mandamases y fracaso de los mandamenos.

            Sobre insostenible, la situación de Las Ventas clama al cielo. Y me refiero, por supuesto, a la necesidad de una reforma integral de las instalaciones, no de parches de cuatro tejas,  lo único que se ha hecho para hacer como que se hacía. Y en esto ni siquiera cabe consolarse con aquella dolora de Campoamor: “Y es que en el mundo traidor/ nada es verdad ni mentira:/ todo es según el color/ del cristal con que se mira”.

            Menos cristal y menos pamplinas, llamemos a las cosas por su nombre: un desastre absoluto y un desastre que desgraciadamente pasará factura a cortísimo plazo.

            Pero cómo es posible que de la mano de Florentino Pérez el Real Madrid haya aprovechado el año nefasto de la pandemia del maldito covid 19 para, ganando tiempo al tiempo, dar un impulso definitivo a la remodelación del Bernabéu, remodelación total y obra de muchísima envergadura, mientras la Comunidad de Madrid, titular de Las Ventas, dejaba pasar los meses en blanco, o sea: en negro, porque negro de funeral pinta su dejadez al respecto, indiferente la Sra. Díaz Ayuso, enfáticamente  auto proclamada taurina, de perfil la empresa del lenguaraz promotor Simón Casas, que no da ni deja de dar puntada sin hilo, y siempre con gafas de sol Miguel Abellán, torero valiente pero gestor al parecer únicamente comprometido con la causa del momio que le ha caído en suerte. Ojalá me equivocara, mas de momento esto es lo que hay: quien políticamente no hace, se auto retrata; quien empresarialmente no da un paso adelante, incurre en dos atrás; y  quien calla , otorga.

            Por no tocar,  no se han tocado ni las escaleras, que siguen siendo las del lejano día de la inauguración, mejor dicho, de las inauguraciones, porque la Monumental de Las Ventas del Espíritu Santo, además de la consabida puesta de largo oficial, conoció el anticipo de otra, extraoficial y solidaria: solidaria con los obreros en paro de la construcción, a cuyo beneficio los diestros Diego Mazquiarán “Fortuna», Marcial Lalanda, Nicanor Villalta, Fausto Barajas, Luis Fuentes Bejarano, Vicente Barrera, Fermín Espinosa «Armillita Chico» y Manolo Bienvenida se encerraron  el 17 de junio de 1931 con otros tantos astados de Juan Pedro Domecq, Julián Fernández, Manuel García-Aleas, Concepción de la Concha y Sierra, Graciliano Pérez-Tabernero, Andrés Sánchez (Coquilla), Indalecio Rincón y Agustín Mendoza, privado por la República del título de Conde de la Corte, aunque los morlacos de Aleas y Mendoza  fueran devueltos y  sustituidos por sobreros de Moreno López de Villena.

 Por cierto, la organización corrió a cargo del Ayuntamiento de la Villa y Corte, a dicha sazón regido por el socialista Pedro Rico, alcalde de la capital en dos ocasiones: en 1931-34, nominado por  la conjunción republicano-socialista, y 1936-39, elegido por el Frente Popular,  que al final de la guerra incivil salvó la vida  gracias a El Nili, banderillero de Juan Belmonte, quien se jugó la suya al llevarlo escondido en el maletero de su automóvil hasta Valencia, donde se embarcó hacía América, peripecia con  implicación progresista por partida triple: corrida en  solidaridad con los obreros en paro,  condición apasionadamente taurina de aquel alcalde socialista de Madrid y la valentía cívica de un banderillero. Aunque algunos lo silencian y   otros pretendan desconocerlo de ese tenor se muestra la realidad del toreo, arte del pueblo.   

A su vez, la inauguración oficial se retrasó un trienio, o sea, “vísteme despacio, que tengo prisa”, corriendo por fin de la mano de una terna de postín. La formada por el mismísimo Juan Belmonte, “el pasmo de Triana”, Manuel Lalanda y Joaquín Rodríguez, “Cagancho”, que se midieron con los murubes de Carmen de Federico, a uno de los cuales, concretamente a Desertor, cortaría Belmonte el primer rabo de la historia del coso.

Un poco de historia nunca está mal, pero ahora volvamos a lo nuestro: los aficionados que llenaron los tendidos aquella tarde y los que en 2019 seguimos sus pasos, ellos y nosotros, casi noventa años por medio, pisamos las mismas escaleras y entramos/salimos  de los tendidos por idénticos vomitorios. ¿En qué otros recintos  públicos, ya campos de futbol, ya teatros, no se han llevado a feliz término  las debidas y obligadas obras  de remodelación?

¿A dónde ha ido a parar el dineral que temporada tras temporada rinde Las Ventas a una administración que, hasta ahora, siempre se han proclamado taurinas? El canon de la plaza, el navajazo del IVA, los mil y un impuestos de cuanto se consume. Y nada de minucias, al contrario: se trata de millones y millones, de decenas de millones de euros, de los cuales solo una mínima parte, impura calderilla, ha revertido en la adecuación y mantenimiento de la gallina de los huevos de oro, abandonado el coso a  las circunstancias.

Yo he visto  goteras en la enfermería de Las Ventas, con cubos pare recoger el agua de la lluvia en el quirófano. Y no me remontó a 1920, ni a 1940, ni a 1960, ni a 1980, ni al año 2000. Me refiero a hace nada, concretamente al otoño de 2016, cuando Simón Casas ganó el concurso de Las Ventas. Por  circunstancias cuyos detalles no vienen a cuento, por aquel  entonces me moví a mis anchas por su interior. Tengo fotografías que cortan el aliento. En fin, mejor lo dejamos, que ya habrá (o no) ocasión de volver sobre ello. De momento, valga con el recordatorio del cubo de metal sobre la mesa de operaciones…, qué horror.

Aquello, vaya por delante, se arregló. Me consta como testigo de vista. Pero las escaleras de acceso, pero los vomitorios, pero un sinfín de cuestiones, ahí siguen,  como en 1931 y 1934, sin que en su estado haya repercutido la lluvia de millones que Las Ventas han reportado a las arcas públicas.  

Florentino Pérez ha sabido aprovechar el desastre de la pandemia, y ese es su gran mérito. Y los políticos de turno, arroyados por la contundencia de sus argumentos y por su capacidad de decisión, se han puesto en posición de saludo, facilitando todos los permisos y cuantas gestiones  ha sido menester. Es lo que sucede cuando el toro de las obras le sale al encuentro un empresario de verdad.

Que es justamente lo que falta en Las Ventas, porque Simón Casas, el “promotor”, solo parece versado en ocurrencias, apaños y pagarés, mientras a este respecto la muy taurina presidenta doña Isabel Díaz Ayuso mira a la luna y  torea al pobre  Abellán con el cargo y la nómina.

En Las Ventas, insisto: en la primera plaza del mundo, se ha perdido un año entero. Un año cerrada, un año  sin toros y, para colmo de todos los colmos, un año desaprovechado para sacar adelante una reforma ineludible, porque así como está es inviable para otros espectáculos, sin los cuales carece de viabilidad económica. 

Así pues, para empezar qué desastre el balance taurino de este 2020 que ya concluye. En los dos artículos siguientes abordaré lo que en los ruedos ha dado de sí, pero a mi juicio el principio era este, y no cabe engañarse: ni políticos ni empresarios han estado a la altura del reto. Y los aficionados tampoco, porque por fas o nefas lo único cierto es que lo hemos aceptado sin levantar demasiado la voz. Que cada palo aguante su vela.