Joaquín López Vela, presidente de la Comisión de Economía y Fiscal de la Cámara de Zaragoza
La economía española mantiene el pulso. Todas las previsiones apuntan a que cerraremos 2026 con un crecimiento en el entorno del 2,5 %, con la demanda interna como motor fundamental.
Unas proyecciones que apuntan en la misma dirección en el caso de Aragón, donde, además, la falta de perfiles profesionales es más acusada que a nivel nacional y provoca, entre otros efectos, que no podamos crecer al ritmo que permitiría nuestro potencial.
Estos datos macroeconómicos, no obstante, conviven con la sensación ampliamente expresada por las empresas de que la economía sigue bailando en una pista con demasiada incertidumbre. De hecho, tal y como se ha puesto de relieve en la Comisión de Economía y Fiscal de la Cámara de Comercio, la crisis de Oriente Medio hace que las oscilaciones del precio de la energía automáticamente modifiquen en una u otra dirección la tasa de crecimiento económico, sobre todo, en Europa.
La fragmentación geopolítica, las tensiones comerciales, las presiones regulatorias, la volatilidad energética o la transformación impulsada por la IA están redefiniendo los objetivos, estrategias y mapas de riesgos de las empresas, incluso para las compañías aragonesas.
Desde el punto de vista de las empresas, además, el incremento de los costes energéticos y su contagio al resto de la cesta de la compra ya han provocado la respuesta de los bancos centrales, elevando los tipos de interés.
Con otras palabras, las condiciones de financiación se están endureciendo y, por tanto, las empresas van a tener que ser más selectivas a la hora de poner en marcha proyectos de inversión, al tiempo que tratan de impulsar mejoras en su productividad para que el incremento de los costes no trastoque su viabilidad económica.
Lo sabemos bien en el sector del transporte por carretera. El alza en los costes tiene un impacto negativo no sólo en nuestros resultados, sino también en el efecto cascada que se traslada a los precios finales que pagan los consumidores.
Por ello, más allá de que las empresas estemos reforzando aún más el impulso de mejoras internas, contextos como el presente, donde se conjugan incertidumbre geopolítica e inflación derivada de un incremento sustancial en los costes energéticos, la política económica puede y debe jugar un papel fundamental. Es justamente el tiempo de aprobar reformas estructurales que permitan elevar el potencial de crecimiento de la economía, tanto en el caso de España como en el de Aragón.
Especialmente en nuestra región, la falta de perfiles profesionales antes mencionada, la correlativa escasez de vivienda en muchos núcleos urbanos o la falta de capacidad eléctrica para nuevos proyectos de inversión son tres consecuencias concatenadas del dinamismo del tejido empresarial aragonés.