Octavio Gómez Milián, profesor y escritor.

Octavio Gómez Milián, profesor y escritor. E. E.

Opinión

La doble cábala

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Tengo doble cábala: la foto de la bandera sobre la cama de la playa y una columna en EL ESPAÑOL. Gracias a Jorge por este hueco. Una cábala para hacerles mufa. Lo siento por el narigón y por el cabezón, pero estos caracteres son oro.

En estos días de corrupción y tristeza, el corazón de las Cinco Villas destrozado por el cuajo de ceniza que tanto me recuerda el verano de 2022, cuando Ateca fue devorada por una tristeza incontenible, me atrevo, hoy domingo, a buscar la sonrisa, la esperanza: ¿Qué dijiste al principio, Octavio? Hacía calor en las piscinas, leía poemas de Ángel Guinda, otra vez, recordando al tío Ángel. Y llovía, llovía el día de Cabo Verde. Y mi hijo me miraba, sin entender demasiado esa mezcla de felicidad e infortunio.

Al menos hemos empezado un verano sin hospitales. Sueño con canciones de Los Sencillos, de La Granja, sueño con Mau Mau y la vida tómbola, con John Barnes y Paul Gascoigne. Demasiadas canciones porteñas, cancheras, de milanesa y fernet. Mi amigo David Giménez se sabe alguna. No será hoy ese día, porque los españoles venimos con hambre atrasada.

Conforme pasan los días, me emborracho de un Mediterráneo extraño que es ahora el mío. Me escribe Enrique Cebrián desde Sol de España, la playa de los Capellanes conserva mi cubo, mi pala, el amarillo de plástico que conecta con esta otra playa, la de Vinaroz.

Las dos noches en Vinaroz, el aguante, los dientes apretados, agua sin filtrar, algún maíz, los kikos buenos, los Narváez, tú me entiendes. Contra Portugal y contra Bélgica. Acabo con mi hijo encima, saltando y haciendo un popurrí entre El himno de Riego, Suspiros de España y A Toro Bravo de Loquillo. Los hermanos Machado, Pemán y Alberti. Como haría Cretino, mi Luis Cebrián, capaz de juntar a Blas Piñar y Pilar Bardem en la misma mezcla.

No me bajo, yo soy de CR7 y de José Mourinho, pero aquí da igual, aquí hemos venido por El zapatones, del segundo no se acuerda nadie, hacemos fiesta si ganamos y como somos mejores vamos a ganar. ¿Qué ha pasado para que sea Luis y no Vicente? Lo mismo que en la barra de El Faro, mientras tomo café con el carro de la compra lleno hasta arriba, saben que si Pedro Sánchez acude a la final hay mufa.

Mufa porque entre los goles y la felicidad hay una sensación de tristeza. Fuego y recuerdos. Miguel Ángel Blanco y los guardias civiles de Sallent de Gallego. Pero las matemáticas mandan, pantallas gigantes, Sabadell y Vitoria. ¿Dónde lo veremos esta noche, hijo mío?

Escribo a mis antiguos alumnos, a mis chicos del Zaurín, les pregunto dónde es la rumba, que llevo mi propia bandera, la misma que me regalaron en 2002 cuando me marché a Buenos Aires para cambiar de vida y volví un poco porteño (poco, pero todavía me dura).

Vuelvo a amigo Luis y en mi amigo Juan Luis, en aquel tema de Nubosidad Variable, aquella frase, sentencia de final del siglo (pasado), que aseguraba que algún día ganaríamos el mundial. No encuentro la canción, pienso en llamar a Juan Luis, pero me doy cuenta de que está camino de Nueva York.

Es un español en Nueva York, como la canción de los Rebeldes, pero sin final. Tendrá que alquilar un bebé catorce minutos, como hizo un charca de la barra argentina. Así que llamo a Luis. Luis ya ha salido, primero como Cretino, ahora como Nubosidad Variable, luego como el ángel Lázarus, porque sin ángeles y sin Dios no se ganan mundiales.

Está ensayando y me dice que sí, que es una canción, no una broma privada. HOY. Así se llamaba la canción. Lo contrario que La Habitación Roja, que también tenían una canción que se llamaba "Nunca ganaremos el mundial", pero Jorge, que sabe lo que es la distancia, está dentro, como el resto de valencianos.

Sebas y Vinadé, cumpleaños total el 18 de julio, "1986" y La Costa Brava haciendo en directo un tema de Sr.Chinarro que dice: "Tengo que hablar seriamente con Santillana o con el furgón de monjas:"¿Qué tal, hermanas?" En autobús, parada en Amposta incluido, de Peñíscola a Zaragoza. Parecía Argelia del calor, sudé para comprar poesía en Antígona, hice parada en Santa Teresa buscando el fresco, también cumpleaños de Fernando Sanmartín.

Era martes, no estaba con mi hijo, estaba con mi padre. ¿Quién puede pensar en un regalo mejor que ver cómo España pasa a la final sentado junto a su padre? ¿Cuántas finales más veremos juntos, papá? Ahora me toca pasarle la rojigualda a Román, seguro que lo entenderás. Gracias a mi España querida, dentro de mi alma te llevo metida. Ese bombo, Manolo, que no falte. Bombo a negras, que diría el presidente Rajoy.