Francisco Pellicer, geógrafo y presidente de Legado Expo
Zaragoza aprendió en las últimas décadas que sus ríos podían dejar de ser una frontera para convertirse en un espacio de encuentro. El ejemplo más visible es el Ebro. Con gran acierto y con inevitables errores, la ciudad consiguió reconciliarse con su gran río mediante operaciones urbanas que integraron parques, recorridos peatonales, espacios culturales y nuevas conexiones entre barrios históricamente separados.
Aquel proceso demostró que un río urbano no es un vacío residual ni una cloaca a ocultar, sino una infraestructura ecológica, social y paisajística capaz de generar identidad y calidad de vida.
Sin embargo, mientras el Ebro concentraba inversiones y atención política, el Huerva permanecía olvidado. Enterrado en algunos tramos, encajonado en otros y reducido a un espacio marginal para la mayoría de los ciudadanos, el pequeño río que atraviesa Zaragoza de sur a norte continuó siendo tratado como un problema técnico más que como una oportunidad urbana.
Hoy, cuando por fin se ha emprendido su regeneración, existe una mezcla inevitable de esperanza y preocupación. Esperanza porque el Huerva merece renacer. Preocupación porque el proyecto que actualmente se desarrolla corre el riesgo de repetir viejos errores bajo un lenguaje aparentemente moderno.
La historia del Huerva resume buena parte de la relación conflictiva entre ciudad y naturaleza. Durante siglos, sus aguas abastecieron huertas y acompañaron el crecimiento de Zaragoza y el cauce encajado jugó un papel defensivo. Pero el urbanismo higienista del siglo XX decidió que los ríos urbanos eran focos de suciedad, inundaciones y obstáculos para el tráfico.
La solución fue contundente: cubrir, canalizar, endurecer y domesticar. Así ocurrió en la Gran Vía y en tramos donde el cauce quedó reducido a un foso y una cicatriz de hormigón. Aquella lógica podía entenderse en su contexto histórico.
El Plan Director del Huerva de 2010 planteó criterios razonables y ampliamente compartidos: un río verde, continuo, accesible, diverso, flexible y conectado con la trama urbana. Quince años después, las actuaciones en curso parecen alejarse de algunos de esos principios fundamentales.
Uno de los aspectos más discutibles es el mantenimiento de los actuales muros verticales y la creación de nuevos muros interiores construidos con modernas técnicas de bioingeniería. Aunque se presenten con acabados vegetales o soluciones “verdes”, siguen respondiendo a una idea desde mi punto de vista obsoleta: la de constreñir el cauce, acentuar la verticalidad de las riberas y reducir la escasa accesibilidad al agua.
Un río urbano no puede tratarse exclusivamente como un canal hidráulico. La seguridad frente a inundaciones es irrenunciable, pero las defensas modernas deben cumplir más funciones que la puramente hidráulica.
La recuperación de un río urbano tampoco puede consistir en un cauce “renaturalizado” en un cajón enmarcado por muros (tipo Manzanares en Madrid). Deben servir también y sobre todo para crear espacios de estancia, permitir el acceso al agua, favorecer la biodiversidad y conectar barrios.
El éxito de muchas operaciones fluviales europeas como el río Isar en Munich, el Manzanares en Madrid y del propio Ebro zaragozano no se explica por la espectacularidad de sus obras, sino por la capacidad de integrar usos diversos y generar continuidad urbana.
El ciudadano no se apropia de un muro, sino de un espacio habitable. Y aquí aparece una de las grandes carencias del proyecto actual del Huerva: la accesibilidad real.
Resulta sorprendente que una actuación que pretende reconciliar a la ciudad con su río apenas contemple rampas y gradas -sí escaleras- que permitan la accesibilidad universal a la lámina de agua y los parques. El acceso no puede reducirse a mirar el río desde arriba, detrás de una barandilla o desde senderos elevados.
Un río accesible es aquel al que se puede descender, tocar y recorrer de manera cómoda y segura. El caso del río Isar en Munich, donde el ciudadano puede bañarse, es ejemplar aunque difícilmente replicable en nuestro Huerva en Zaragoza. El urbanismo contemporáneo lleva años insistiendo en esta idea: las riberas no deben funcionar como corredores aislados, sino como espacios plenamente integrados en la vida cotidiana.
Falta mucho por ejecutar en el Huerva zaragozano. Sin embargo, ya observamos una preocupante desconexión con las calles y equipamientos de su entorno. En demasiados puntos, el río sigue funcionando como un fondo trasero urbano y no como una centralidad.
Faltan conexiones transversales claras, accesos naturales desde los barrios y continuidad peatonal efectiva. El riesgo es construir un corredor lineal aparentemente atractivo sobre planos y recreaciones digitales, pero poco utilizado en la práctica porque no dialoga con la ciudad real.
Los proyectos verdaderamente transformadores son aquellos que incorporan las necesidades cotidianas de quienes viven junto al río: mayores que necesitan recorridos accesibles, jóvenes que demandan espacios deportivos y culturales, familias que buscan lugares de estancia y ciudadanos que quieren atravesar la ciudad caminando o en bicicleta en condiciones agradables o simplemente “estarse sin hacer nada” en la orilla del río.
El Huerva no necesita un escaparate urbano, sino un proyecto integral y humilde capaz de entender el río como una infraestructura viva. Hay que apostar por soluciones más abiertas, polivalentes y conectadas. Menos muros y más accesos. Menos barreras y más continuidad. Menos renderizados y más vida urbana.
Porque el verdadero renacimiento del Huerva no llegará cuando el río aparezca más bonito, sino cuando deje de ser un límite olvidado y se convierta en un espacio compartido, cotidiano y democrático.
Un río que no se contemple a distancia, sino que forme parte de la experiencia diaria de la ciudad. Ese debería ser el objetivo. Y también la exigencia ciudadana.
Francisco Pellicer, geógrafo y presidente de Legado Expo