Javier Oquendo e Ivo Inigo
Años de anuncios grandilocuentes. Transición ecológica, justa, verde. Miles y miles de puestos de trabajo, resurrección del medio rural, progreso… «España es la locomotora de la transición energética a nivel global», «Aragón imparable», «Aragón va de cojón»… Las fotos con políticos (no con todos) y políticos a tope (no todos). Ayer seis detenidos por una trama de corrupción y en adelante puede haber más. El Señor «E», presunta pieza indispensable que revelamos en primicia, en cabeza. Con él, el presunto corruptor: el amo de Forestalia. Pero no solo ha sido Forestalia, que quede claro.
Las asociaciones de defensa del territorio y del medioambiente, como la nuestra, Paisajes de Teruel, advertimos primero de las incongruencias. Después, de las sospechas. Finalmente, de las evidencias del penúltimo pelotazo nacional. Y aquí está el retoño, el niño bonito de los últimos gobiernos de Aragón y de España: «Desarticulada una presunta trama de corrupción medioambiental relacionada con parques eólicos y fotovoltaicos en Teruel», según rezaba la nota de prensa del Seprona.
Sociedades pantalla, testaferros, cohecho, prevaricación, blanqueo de capitales. Una colección de (presuntas) inmundicias porque unos fulanos del quinto pino necesitan mantener, o ansían, mansiones e hípicas, un lujo desquiciado, insostenible, depredador. Y el precio de su estilo de vida hortera son nuestros montes con su agua, animales, plantas, árboles, cultivos y eriales. También la convivencia en decenas de pueblos, envenenada por sus promesas.
Los mesías con traje y corbata que nos venían a salvar en el último tren de nuestras vidas dejan un rastro de enemistades en los vecindarios, de personas que ni se miran. Es seguro que nada de eso se les pasó por la cabeza a los «presuntos» cuando hacían sus tratos. Nunca nos han visto ni necesitan hacerlo. Les basta presuponer que necesitamos dinero (y es verdad), pero para ellos está de más pensar qué siente esa poca gente que ronda allá lejos, en esos montes, como si su destino fuera la nada, la nada que ellos se afanaron en garantizar.
Hemos invertido noches, días, la jubilación, vacaciones y lo que ha hecho falta por el paisaje de nuestra vida, nuestro mismo ser como colectivo: son los montes que labramos, podamos o pastoreamos, o los que labraron, podaron y pastorearon quienes conocimos. No parece que esta sea una dimensión que tengan en gran consideración muchos compañeros del ecologismo institucionalizado o de la progresía, para quienes somos retardistas, negacionistas, paletos. Ni entienden ni han querido entender que hemos luchado contra el extractivismo, contra el turbocapitalismo que tritura el planeta. ¿Qué parte no han entendido de «renovables sí, pero no así»?
Las macrocentrales de renovables en el medio rural son en su mayoría imposibles de aprobar desde el punto de vista medioambiental por una simple cuestión de magnitudes, y esa es la causa primera de la trama de corrupción de la que ayer informó el Seprona. Hay una incomprensión, real o fingida, por parte de demasiada gente: las renovables son para que las tengamos en las azoteas, en pequeños huertos, en los polígonos industriales, sin embargo, en el país del pelotazo, se ha pretendido que una central fotovoltaica o eólica sea como una térmica o una nuclear. ¿Por qué? Para mantener el control: un modelo centralizado en un puñado de empresas que tienen en los partidos del régimen a sus criaturas.
Las asociaciones y los pueblos nos rebelamos espoleados por las promesas absurdas y los insultos. Ayer los pequeños ganamos una batalla, una victoria imposible sin el Seprona. Simplemente, gracias. Ahora, la disputa pasa por los juzgados y por las compañías que han comprado proyectos a Forestalia: Copenhagen Infrastructure Partners (CIP), Bruc o Repsol. La danesa CIP, por ejemplo, ha tratado de desvincularse de Forestalia y así mantener la intangibilidad de sus compras. Quiere ejecutar proyectos cuya autorización ambiental es fruto de la corrupción, es decir, cuyos impactos ambientales nunca fueron evaluados.
La revelación de toda esta porquería ofrece suficiente perspectiva para que cualquiera perciba la ley de hierro que se ha aplicado a las asociaciones del territorio y a los territorios con pocos votos. Que se entienda con claridad que los esfuerzos de los partidos y de las empresas implicadas por estigmatizarnos y expoliarnos son la demostración de que la lucha contra el cambio climático o la despoblación era propaganda vendida como una transición de los mil nombres. Todo ha sido desde el principio un asunto de dinero, de conseguirlo mediante unas relaciones de dominio y de explotación concretas. De momento, la ley de hierro de la transición justa se carcome por la corrupción.
Ivo Inigo y Javier Oquendo, representantes de la Plataforma a Favor de los Paisajes de Teruel