Francisco Pellicer, presidente de Legado Expo.
Zaragoza siempre ha tenido una relación intensa con su clima. El cierzo que corta la respiración, los veranos largos y abrasadores, la escasez de lluvia que marca el paisaje y la vida cotidiana. Durante décadas, estos rasgos se han asumido como parte del carácter local, casi como una seña de identidad inevitable. La ciudad ha crecido compacta y se ha extendido modificando las condiciones del medio natural.
Además, hoy sabemos que el clima no es solo un telón de fondo: es un factor que condiciona de manera directa la salud, el bienestar y la calidad de vida de quienes habitan la ciudad. Y, lo que es más importante, sus efectos no se reparten de forma equitativa.
La exposición «Zaragoza, mapa a mapa. Los efectos del clima en la ciudad y sus habitantes», que puede visitarse en la Sala de Exposiciones de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza hasta el 18 de febrero de 2026, nos invita precisamente a mirar de frente esa realidad.
Lo hace con una herramienta tan poderosa como a menudo infravalorada en el debate público: la cartografía. Mapear es hacer visible lo que normalmente se diluye en estadísticas abstractas o en percepciones individuales. Es poner rostro —y barrio— a los impactos del clima.
La muestra, desarrollada en el marco del proyecto USAGE por la Cátedra Territorio, Sociedad y Visualización Geográfica, en colaboración con el Ayuntamiento de Zaragoza, el Grupo de Estudios de Ordenación del Territorio (GEOT) y el grupo Clima, Agua, Cambio Global y Sistemas Naturales (IUCA-Unizar), combina rigor científico y vocación social.
No se limita a describir fenómenos físicos, sino que conecta variables ambientales con realidades urbanas y sociales concretas. El resultado es incómodo y revelador a partes iguales.
Uno de los conceptos clave que atraviesan la exposición es el de isla de calor urbana. Zaragoza no es ajena a este fenómeno, por el cual determinadas zonas de la ciudad registran temperaturas significativamente más altas que su entorno, especialmente durante las noches de verano.
Los mapas muestran con claridad cómo esta carga térmica se concentra en áreas como el Casco Histórico, y barrios tradicionales como Delicias, San José o Las Fuentes, donde la alta densidad edificatoria, la escasez de zonas verdes y el predominio de superficies duras dificultan la disipación del calor. Más de un tercio de la población zaragozana sufre estos incrementos térmicos de forma recurrente.
Pero el problema no es solo físico. Es profundamente social. El calor excesivo no afecta por igual a todas las personas. Las personas mayores, quienes viven solas, quienes tienen menos recursos para climatizar sus viviendas o quienes residen en edificios antiguos mal aislados son más vulnerables.
El calor interrumpe el descanso nocturno, agrava enfermedades cardiovasculares y respiratorias, reduce la capacidad de concentración y limita la movilidad cotidiana. En otras palabras, erosiona la calidad de vida de manera silenciosa pero persistente.
Los mapas de Zaragoza, mapa a mapa también evidencian la importancia de la proximidad a zonas verdes y a equipamientos básicos. No se trata únicamente de tener parques "bonitos", sino de contar con infraestructuras verdes distribuidas de forma estratégica y equitativa, capaces de mitigar temperaturas, mejorar la calidad del aire y ofrecer refugios climáticos accesibles.
En una ciudad cada vez más envejecida, esta dimensión adquiere un valor estratégico. El urbanismo, queda claro, es también una política de salud pública.
La exposición plantea, de fondo, una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto el modelo urbano de Zaragoza ha tenido en cuenta el clima y la vulnerabilidad de su población?
Durante años, el crecimiento urbano ha priorizado otros criterios —económicos, funcionales, estéticos— relegando el confort térmico y la resiliencia climática a un segundo plano. Hoy, en un contexto de cambio climático acelerado, esas decisiones pasadas pasan factura.
Sin embargo, la muestra no se instala en el derrotismo. Al contrario, propone conocimiento como punto de partida para la acción. Visualizar el problema es el primer paso para abordarlo de manera justa y eficaz. La cartografía temática que se presenta permite identificar áreas prioritarias de intervención, evaluar desigualdades territoriales y diseñar políticas más ajustadas a la realidad.
Desde la renaturalización del espacio urbano hasta la adaptación del parque de vivienda o la planificación de servicios públicos sensibles al clima, las posibilidades son múltiples.
El acto de inauguración, con visita guiada y mesa redonda entre expertos y responsables institucionales, reforzó esta idea de diálogo y corresponsabilidad. El reto climático no se resuelve desde un solo nivel de gobierno ni desde una sola disciplina. Exige cooperación entre administraciones, universidad y ciudadanía. Exige, también, asumir que el clima ya no es una variable externa, sino un eje central de la planificación territorial y social.
En ese sentido, Zaragoza, mapa a mapa cumple una función esencial: acercar el conocimiento científico a la ciudadanía y fomentar una reflexión colectiva sobre el futuro de la ciudad. Porque el clima no solo moldea el paisaje urbano; moldea nuestras rutinas, nuestra salud y nuestras oportunidades.
Mirar esos mapas es, en el fondo, mirarnos como sociedad y preguntarnos qué tipo de ciudad queremos habitar.
Zaragoza tiene ante sí el desafío —y la oportunidad— de repensarse desde el clima. Esta exposición no da respuestas cerradas, pero sí ofrece algo imprescindible: datos, contexto y conciencia. Y en tiempos de incertidumbre climática, eso ya es un acto profundamente político.