Elena y Enrique.
Elena y Enrique, detrás del restaurante familiar con más de 100 años de historia: "Lo que más se pide son las migas"
Fonda Rubio es un restaurante de carretera recomendado por la Guía Repsol y ubicado en la localidad de Muel.
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Los restaurantes de carretera esconden auténticos tesoros. Uno de ellos está en Muel.
En este pequeño municipio aragonés resiste Fonda Rubio, un restaurante familiar decorado como si fuera la casa de tu abuela y con un comedor excavado en una cueva auténtica.
Un tesoro con más de un siglo de historia. La primera Fonda Rubio abrió sus puertas en 1908 como una posada para viajeros. El negocio fue pasando de padres a hijos y hoy, Enrique y Elena son la cuarta generación que se encarga de dar de comer a trabajadores, vecinos y viajeros que hacen un alto en el camino.
Enrique y Elena de Fonda Rubio.
"Todo empezó con Santiago Rubio, que abrió una posada y casa de viajeros. Después, Benigno tuvo una pensión. Leopoldo y Pilar también llevaron una pensión y creo que ya daban comidas. Mi bisabuelo, mi abuelo, mis padres... y luego nosotros, que ya funcionamos solo como restaurante. Nos dedicamos a la hostelería", explica Enrique en una entrevista con El Español de Aragón.
Son las cinco de la tarde. El comedor está vacío, la cocina limpia y recogida.
A la velocidad de las comandas le sucede el silencio. Con la calma que dejan unos fogones apagados, Enrique atiende la llamada desde el otro lado del teléfono.
"Esto empezó en 1908. Nosotros estamos aquí desde el 68. Hace poco celebramos los 50 años como Fonda Rubio, pero la historia de este lugar supera ya los cien años", reconoce con orgullo.
"Ahora se jubila uno que ya venía a comer aquí cuando yo era crío", cuenta entre risas.
Le pregunto si ha crecido allí, detrás de la barra. "Sí... y no. Yo nací aquí, en la fonda, pero nunca hemos tenido barra, solo restaurante. Por eso, cuando dicen lo de 'bar de carretera' me sienta un poco mal... Manías mías", responde entre risas.
No es un bar, es un restaurante; que quede claro.
Lleva ya 35 años al frente del negocio familiar. Creció entre fogones (no detrás de una barra), aunque durante un tiempo tomó otro camino. Se marchó a estudiar fuera y parecía que su vida iba a ir por otro lado. Sin embargo, cuando sus padres se jubilaron, no dudó en volver para tomar el relevo junto a su mujer, Elena.
"Yo crecí aquí, pero me marché y estudié otra cosa. Hace unos 30 años, cuando mis padres se jubilaron, me pasaron el relevo", recuerda.
En Fonda Rubio se come bien porque se cocina como siempre: comida casera, de la de toda la vida. Aunque también preparan platos más creativos. Lo tradicional no está reñido con lo moderno.
Hay clientes que llevan comiendo allí toda una vida.
"Ahora se jubila uno que ya venía a comer aquí cuando yo era crío", cuenta entre risas.
Anécdotas no le faltan.
Fonda Rubio recibe mucha clientela de paso, pero, sobre todo, es una casa de comidas que cuida de los suyos.
"Hay clientes de toda la vida que tienen problemas de salud y hasta me han traído los informes médicos con una dieta estricta. Al final es como si cuidaras de tu hijo o de tu padre. Si tienen colesterol, diabetes o cualquier otra cosa, intentas adaptarte."
Porque mantener la persiana levantada y la puerta abierta va mucho más allá de servir platos. Un plato de comida nunca es solo un plato de comida.
Pero para hacerlo durante tantos años, la cocina tiene que gustarte de verdad.
"Después de 35 años, esto me sigue encantando. Lo que me gusta es cocinar. Llevar un negocio ya sabes cómo es... tiene muchas complicaciones. Me encanta salir a comer y ver lo que hacen en otros sitios. Eso es muy distinto a gestionar un restaurante", reconoce.
O te gusta, o no metes las manos en harina.
Enrique tiene 58 años y admite que la hostelería es un sector duro y cada vez más complicado. Pero no está solo. Junto a su mujer, Elena, y cuatro trabajadores más hacen que este rincón de Muel siga siendo un lugar delicioso.
"Ella también cocina y prepara platos, se encarga además del teléfono y de los encargos. Yo hago un poco de todo y luego tenemos tres personas más en el equipo."
Ahora la incógnita está en la quinta generación. "Mis hijos ya han terminado sus estudios y espero que no elija la hostelería, porque ya sabes cómo está esto...", comenta con sinceridad.
¿Y cuál es el plato que más se pide? "La brasa funciona muy bien. Pero el plato más característico son las migas."
Un clásico aragonés que no puede faltar en una buena fonda.
"Hace años intenté quitarlas de la carta cuando cambiamos el servicio de cenas. Pensé que era el momento y eso fue... fue un error ¡Todo el mundo seguía pidiéndolas! Al final estoy encasillado, pero la verdad es que estoy muy orgulloso de mis migas", comenta.
Cambian los coches que paran en la puerta, cambian los tiempos y cambian las generaciones, pero las migas siguen saliendo de la cocina. Y es que hay lugares que entienden que la hostelería es cuidado. Mientras los fogones de Fonda Rubio continúen encendidos, siempre habrá un motivo para desviarse unos kilómetros y sentarse a la mesa.